Tom, 24 años, regenta el único minisupermercado de su pueblo: "Perdimos entre 6.000 y 7.000 euros en ingresos"
“No quiero dejar a la gente sin nada”, asegura sobre el futuro de la tienda.

En muchos pueblos, las tiendas de conveniencia son mucho más que un lugar donde hacer la compra: funcionan como punto de encuentro, servicio esencial para los vecinos y último bastión frente a la despoblación. En este contexto, con 24 años y una sonrisa tras la caja, Tom dirige la única tienda de conveniencia del pequeño municipio francés de Saint-Gervasy, a las afueras de Nîmes, sosteniendo no solo un negocio, sino también parte de la vida cotidiana del pueblo.
El joven llegó a esta comuna rural en 2024 desde La Rochelle junto a su madre Caroline, codirectora del establecimiento, y su abuela, y desde entonces trabaja para que el local siga siendo un punto de encuentro para el vecindario. La tienda se trata de una Vival, marca de proximidad vinculada al grupo Casino, y aunque arrancó con buen pulso comercial, en 2025 sufrió un giro inesperado.
Según Tom, tras varios meses de facturación prometedora, el cierre definitivo del estanco contiguo alejó a muchos clientes habituales, provocando un desplome en las ventas. “De enero a julio de 2025 todo iba increíblemente bien. Luego el estanco empezó a funcionar con horarios raros y acabó cerrando en noviembre”, relata en declaraciones recogidas por Actu Nîmes. Un golpe devastador para el empresario, que vio cómo muchos clientes no volvían tras el cierre del negocio vecino.
“No quiero decepcionar”
A pesar de la pérdida, no guarda resentimiento y sigue buscando fórmulas para mantener viva la actividad. Eso sí, el golpe en la caja es más que evidente. “Entre noviembre de 2024 y noviembre de 2025, perdimos entre 6.000 y 7.000 euros en ingresos”, lamenta Tom. Sus palabras reflejan la contradicción cotidiana de muchos pequeños negocios: la preocupación por la viabilidad económica y, al mismo tiempo, el compromiso social con la comunidad.
Frente a la adversidad, Tom y su familia han tratado de diversificar los servicios para mantenerse a flote. En este contexto, el minisupermercado incorporó hace poco una zona de asadores que funciona como punto de recogida de paquetería. “Gestionamos 70 paquetes al día y hasta 130 en temporada alta”, cuenta el joven. Además ofrece fotocopias, vende prensa local y reparte snacks a domicilio.
También dispone de autorización para vender bebidas alcohólicas, lo que les permite montar una pequeña terraza y animar la vida del lugar. “Tomamos café con los clientes mayores, comemos con ellos… es como una gran familia”, dice con entusiasmo. A pesar de la posibilidad de cerrar en seis meses si los ingresos no mejoran, Tom y su madre han decidido aplazar decisiones drásticas hasta julio con la esperanza de que el estanco reabra o que otros negocios cercanos hagan volver a los clientes habituales.
“No me voy a rendir. No quiero dejar a la gente sin nada: esta tienda es todo lo que les queda”, afirma el joven, que antes de convertirse en tendero fue jefe de pastelería con apenas 17 años y tiene titulaciones profesionales en panadería y pastelería. “No quiero decepcionar a la gente”, asegura Tom, que adelanta que si la tienda tuviera que cerrar, intentará abrir otra cosa en el pueblo ya que su voluntad es seguir formando parte del día a día de sus vecinos.
