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27/09/2015 10:23 CEST | Actualizado 27/09/2016 11:12 CEST

¿Quien contamina paga?

volkswagen La multa al grupo Volkswagen tiene que ser ejemplarizante y pasar directamente al ranking de las mayores de la historia. No puede ser que cualquier banco sufra una pena mayor por, por ejemplo, mantener prácticas de discutible legalidad -lo que no es defendible-, que un gigante de la industria del automóvil por contaminar masivamente a espaldas de las autoridades ambientales.

EFE

Las automovilísticas se derrumban en bolsa y se llenan las portadas de los periódicos del mundo entero. El gigante, con letras doradas, de los fabricantes de coches europeos, el grupo Volkswagen, se convierte en el protagonista de una de las mayores estafas de la historia. Se habla de más de diez millones de coches vendidos que contaminaban no un poco, sino nada menos que cuarenta veces más de lo permitido; y no con un gas con remotos efectos sobre el clima global, sino con efectos directos e inmediatos sobre la salud de las personas. El caso no puede ser uno más: Volkswagen es un símbolo de la cultura del automóvil y de Alemania, uno de los hitos del siglo XX. Es la única empresa que no decidió establecer su sede en una ciudad cualquiera, sino que fundó una ciudad para ser su sede. El fabricante del 'coche del pueblo' no es un cualquiera.

Parece claro que el escándalo ambiental no convertirá a la Volkswagen en, salvando las distancias, una nueva Union Carbide, desaparecida poco después del desastre de Bhopal, pero sí que ha demostrado que tenemos una nueva forma de percibir las cosas. La reacción de la gente, en las redes sociales de Internet, en la calle, es muy elocuente. La preocupación por la salud y por el medio ambiente ha convertido esta noticia, propia de las páginas económicas, en portadas y debates. No se trata de que 'mi coche' ha sido trucado o no, de si me han vendido algo diferente de lo que yo compré, de si quiero ser indemnizado por sus vicios ocultos -innegables, por otro lado-, sino de que nos vendieron unos coches que, todos juntos, han contribuido a incrementar la presión sobre el medio ambiente y, especialmente, el peligro para la salud, para nuestra salud. Eso no se tolera, no se perdona. Ya no vale todo.

¿Pero están nuestras empresas, nuestros países y nuestras leyes -sobre todo, estas últimas- a la altura de la sociedad? Que los coches de Wolfsburg se hayan podido vender en medio mundo sin que durante años nos hayamos dado cuenta de la estafa habla mal de nuestra capacidad de prevenir los potenciales daños ambientales, pero la reacción -airada del gobierno estadounidense, pero más que tibia en Europa- tampoco dice mucho de nuestra capacidad de hacer respetar las normas, de sancionar a quienes las incumplen y de exigir la restauración, cuando es posible, del mal causado.

Un principio básico del Derecho Ambiental Internacional dice que 'quien contamina paga'. La multa al grupo Volkswagen tiene que ser ejemplarizante y pasar directamente al ranking de las mayores de la historia. No puede ser que cualquier banco (pienso en BNP Paribas) sufra una pena mayor por, por ejemplo, mantener prácticas de discutible legalidad -lo que no es defendible-, que un gigante de la industria del automóvil por contaminar masivamente a espaldas de las autoridades ambientales. Pero más allá de eso, lo que observamos de este caso es que nuestras normas son insuficientes para la realidad que regulan y nuestros controles son tan escasos como nuestra capacidad de reacción.

En Europa somos adalides de la protección y la preservación del medio ambiente y de la salud. No en vano, inventamos el Estado del Bienestar y contribuimos, sin ningún respaldo, a los grandes avances en la protección ambiental a nivel internacional, aun mientras los Estados Unidos -y, por supuesto, los países subdesarrollados-, han puesto palos en las ruedas durante años a acuerdos de la relevancia de los de Kyoto. Pero es evidente que, estas semanas, los Estados Unidos -que son uno en política ambiental, a diferencia de la Unión Europea, donde una potente autoridad ambiental común no acaba de cuajar- nos han ganado la partida, y de largo (supongo que el hecho de que el estafador sea alemán y no de Michigan ha contribuido notablemente a ello). Deberíamos reflexionar con urgencia sobre si nuestras políticas e instituciones ambientales son suficientes para afrontar los desafíos a los que se enfrentan. Mientras tanto, yo, que conduzco un coche firmado por Volkswagen, ya me he comprometido a no volver a comprar. Los errores se deben pagar.