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15/04/2018 10:00 CEST | Actualizado 15/04/2018 10:02 CEST

Manuel Rivas: "Nuestro problema ahora mismo es la obediencia"

El escritor publica 'Contra todo esto', un manifiesto rebelde nacido de la vergüenza ante tanta "avalancha de mierda" en un "gobierno de la canallocracia".

CARLOS PINA
El escritor y periodista Manuel Rivas.

El tiempo pasa demasiado rápido cuando reúnes a Manuel Rivas (A Coruña, 1957) en torno a una taza de té para hablar de su último libro, Contra todo esto(Alfaguara). Con el subtítulo "un manifiesto rebelde", este alegato es —en boca del propio autor— un "lugar insurgente" donde "las palabras se levantan" porque "quieren decir". Es más, a él le habría gustado escribirlo "en muros y en paredes", pero le quedó un poco largo.

Suena casi a lema de Mayo del 68, y quizá la idea no va tan desencaminada ahora que se conmemora el 50 aniversario de esta revolución. "Se luchaba los mismos días en diferentes calles: en Praga y en Madrid", recuerda Rivas. Por eso le marcó tanto que lo que él vio como "una lucha por la democracia en regímenes totalitarios" fuera descrito por el establishment como "un exceso de democracia"en una cumbre internacional de 1975. "Desde aquel dictamen, comienza el gran retroceso, se empiezan a mover todas las fichas posibles para que no haya otro exceso de democracia", sostiene el escritor.

Feminista, ecologista y defensor acérrimo de lo público, Manuel Rivas ha ido acumulando en este tiempo una "vergüenza" de la que muchos políticos carecen (esos que están empantanados bajo "avalanchas de mierda"), así que tuvo que dejar la novela que tenía entre manos para escupir Contra todo esto.

¿Cuál fue el detonante o el punto de inflexión para que frenases la novela que estabas escribiendo para ponerte con este "manifiesto rebelde"?

Desde luego, no me levanté de un día para otro diciendo que iba a escribir un alegato contra el mundo. Pero hay una especie de acumulación de acontecimientos, de reflexiones, y llega un momento en el que las palabras, esas palabras escondidas con las que trabajas, quieren decir. Lo que realmente articula un compromiso es la relación que tienes con las palabras. El camino convencional sería pensar que tienes una idea o una elaboración teórica en mente y la quieres expresar, así que buscas las palabras adecuadas, pero el proceso en mí es más bien al contrario. Estás trabajando con las palabras, como por ejemplo "luciérnaga". Describes un bosque, hablas de las luciérnagas, y entonces piensas en el tiempo que llevas sin ver una luciérnaga, que están prácticamente extinguidas, porque son seres muy sensibles. Así que dejas de pensar en la luciérnaga de la novela y empiezas a pensar en qué está pasando con las luciérnagas de verdad. Es la palabra la que te activa ese compromiso. Este fue el proceso. Me puse a pensar en las luciérnagas, en la caza del tiburón, en la caza contra los ecologistas, en mujeres protagonistas... Este libro es como un lugar insurgente, donde las cosas se ponen de pie, y aquí las palabras se ponen de pie, se levantan y buscan alegremente la boca y la punta de los dedos. Las palabras querían expresarse. Este libro debería estar escrito en muros y en paredes, pero es un poco largo, necesitaba mucha superficie.

Tenemos que custodiar el sentido de las palabras para que no les roben la médula y se conviertan en fantasmas de sí mismas.

CARLOS PINA
Manuel Rivas, en Madrid.

"No nos engañemos a estas alturas. No es que estemos en un sistema machista. El machismo es el sistema", dices. ¿Cómo hay que explicárselo, por ejemplo, a Mariano Rajoy, que responde "No nos metamos en eso" cuando se le pregunta por la brecha salarial?

(Pausa) Cuando hablamos de retroceso, no sólo hay que pensar en términos de precariedad, de condiciones de vida... También hay un retroceso en el estado mental. Cuando hablas una hora con algunas personas tienes la sensación de que estás volviendo atrás un siglo o incluso tres o cuatro. Se está operando una distopía, un modernismo reaccionario. Hay gente que utiliza mucho la palabra libertad, pero es una libertad en la que se piensa exclusivamente en las mercancías y en el dinero, no en las personas. España fue un lugar más de utopía que de distopía en la sociedad. De hecho, la palabra "liberal" nació en España. La exportaron los exiliados que se fueron en el siglo XIX a Inglaterra, por eso en el mundo anglosajón significa "izquierda". Cuando ellos hablaban de libertad en absoluto pensaban en lo que hoy es el liberalismo o el neoliberalismo. Dentro del estado de cosas que vivimos, hay una usurpación, una sustracción del sentido de las palabras. Realmente escribo esto no como un ideólogo ni como un pensador, sino como un escritor que trabaja con las palabras. Como decía Elias Canetti, tenemos que custodiar el sentido de las palabras para que no les roben la médula y se conviertan en fantasmas de sí mismas, que es lo que está pasando.

Estos días estamos viendo un escenario de avalanchas de mierda y de ausencia de vergüenza completa.

Ahora estamos en una situación de gobierno de la canallocracia. Es una expresión del poeta Rubén Darío, cuando define ese estamento que se ha hecho con el poder, que se ha apoltronado en el poder, y que no actúa al servicio de la gente, sino que más bien provoca malestar. Son productores de desasosiego. Para mí lo importante no es tanto poner adjetivos políticos o ideológicos —si son de derechas, ultraconservadores o de izquierda adulterada—; el gran problema político en España, y creo que en el mundo, es cultural. No hay más que ver las mesas de mandatarios. Juntas a Putin, con Trump, con el emperador chino y con Erdogan y dices: "¡Vaya grupo de capos!". Es un problema de desinteligencia, acompañada de la ausencia de vergüenza. La gente normal, con sentido común, somos más o menos conscientes de nuestras capacidades y tratamos de mantener una decencia ordinaria, que para mí es la mejor forma de definir la heroicidad. En cambio, hay gente en el puente de mando del buque que no tiene noción de la vergüenza. Estos días estamos viendo un escenario de avalanchas de mierda y de ausencia de vergüenza completa.

¿Te refieres al caso de Cristina Cifuentes?

Claro. Lo de Cifuentes, el quién iba a sustituir a Cifuentes... Ves que no hay esa decencia ordinaria. En una democracia es imprescindible una confianza básica. Es decir: cada uno tiene sus ideas, pero lo que sostiene a una democracia fundamentalmente es esa confianza básica. Aunque pienses diferente, confío en que si gobiernas no me vas a hacer daño, no vas a abusar. Vale, vas a hacer tu programa, pero eso no significa que me expolies, que crees una ley ad hoc para fastidiarme la vida porque soy ecologista. Eso es romper la confianza básica. Intuyes que determinada gente quiere estar en el poder para lucrarse y eso no es un partido, es una facción, sin entrar en otros calificativos de organización criminal, que se emplea a veces desde la propia justicia. Como explicaba Edmund Burke, el partido político agrupa, tiene una ideología, pero trata de representar los intereses de toda la nación. La facción representa intereses particulares, se empotra en el poder para lucrarse. Y creo que ahora estamos en un Gobierno de facción.

Cuando esta canallocracia no asume sus responsabilidades, es necesaria la desobediencia.​​​​​​

Siguiendo con el tema Cifuentes, ¿crees que esa falta de confianza básica de los ciudadanos puede traducirse también en una desconfianza hacia las universidades públicas, por ejemplo?

Hasta que empezaron a precarizarse y a corroerse, los sistemas públicos en España funcionaban bastante bien. Tanto en la sanidad como en la educación se produjeron una modernización y un avance que en gran parte fueron mérito de los propios profesionales.

Cuando nací yo, se rompió la puerta del quirófano y tuvo que ir mi padre, con un destornillador, para conseguir abrirla. Ahí ves los avances, y también en el mundo de la enseñanza, teniendo en cuenta de dónde veníamos. Veníamos de un mundo muy pobre y muy miserable, muy destartalado. Pero ahora la gente que gobierna y que tiene que gestionar los servicios públicos realmente no cree en el concepto de servicio público. A la menor oportunidad, están privatizando esto y lo otro, y ha habido un cierto deterioro.

En el caso de la universidad [de Cifuentes], se ve ese momento en el que el estercolero se desborda. Crisis va a haber siempre, pero para mí lo importante es cómo se resuelven. Una crisis puede tener un efecto creativo, crisis también significa que una sociedad está viva. Si las crisis se resuelven para tapar esa avalancha de mierda, pero luego todo sigue funcionando igual, si no hay un reconocimiento de responsabilidades, si se teje una red de complicidades, vamos hacia una degradación todavía mayor.

Cuando esta canallocracia no asume sus responsabilidades, es necesaria la desobediencia. Nuestro problema ahora mismo no es la desobediencia, es la obediencia.

CARLOS PINA

Estás muy comprometido con el movimiento feminista. ¿Crees que llegaremos a ver una igualdad real de hombres y mujeres?

A mí me parece que es imparable. La mujer está sufriendo muchísimo en todos los órdenes. Hablo de una guerra contra la mujer y creo que no es una exageración. No sólo se trata de feminicidios y de maltrato de género, sino también de esclavismo, de trata, de venta... Las mujeres en muchas partes del mundo tienen miedo simplemente a salir a la calle, viven en un clima de intimidación porque, efectivamente, el sistema es el machismo. Pero, ¿qué es el machismo? Cuando el poder se vale más de la fuerza y el músculo, de eso que llaman virilidad, que es una palabra horrible. Es un concepto muy peligroso, porque se valoriza la fuerza frente al entendimiento, frente al diálogo, frente a la cooperación, frente al valor.

Creo que el feminismo es la gran esperanza del mundo. Las personas más creativas que están cambiando la realidad y creando otra forma de vida tienen esa doble condición de feministas y ecologistas. Son aquellas que realmente sacuden el sistema de sus peores aristas, trazos y arquitecturas. Esas personas ponen en cuestión lo más feo del mundo y por eso incomodan tanto. Tenemos el ejemplo de Berta Cáceres, cuando la asesinan porque es feminista, porque es ecologista, porque defiende los intereses de los pueblos originarios y eso pone en cuestión el gran capital, la violencia sobre la tierra, el dominio de la fuerza del músculo sobre la inteligencia...

El feminismo es la gran esperanza del mundo. Esas personas ponen en cuestión lo más feo y por eso incomodan tanto.

Tú has escrito mucho sobre el narcotráfico en Galicia, y ahora parece que ha vuelto a resurgir el interés sobre el tema.

Sí, es un asunto bastante viejo, pero se puso de moda ahora (risas).

En una entrevista para La Voz de Galicia tras la publicación de Todo es silencio comentabas que "Galicia estuvo a punto de ser Sicilia". ¿Sufriste algún tipo de amenaza o intimidación por retratar la realidad del contrabando?

Hubo algún momento en el que el poder de las redes del narcotráfico pudo alcanzar las propias instituciones del poder político. De hecho, hubo municipios, cámaras de comercio, donde tenían ese poder, sin contar con otro tipo de complicidades con instituciones, incluso con las que debían perseguir esas actuaciones. Eso es así y hubo momentos muy delicados porque mucha gente que tenía responsabilidad miró hacia otro lado. En ese incremento de la influencia del narcotráfico en Galicia hubo un punto de inflexión cuando se abre por primera vez un gran sumario anterior al Nécora, el 11/84, y ahí aparecen todos los grandes nombres de capos y de las personas con más relevancia en las redes del narcotráfico. Pues bien, pasan los años e, inexplicablemente, ese sumario nunca se culmina, nunca se celebra ese juicio. Desde el año 83 hasta que pasa la Operación Nécora, en los años 90-91, no se hace nada. Y ese es el momento en el que se formaliza la estructura de colaboración con los cárteles colombianos y de otras partes. Hay ese extraño impasse que, evidentemente, ellos interpretan como impunidad. Ese fue un momento decisivo, muy peligroso. Se produjeron afiliaciones masivas a un determinado partido, dieron dinero para las campañas electorales... Estoy hablando de la entonces Alianza Popular, además de algunas coaliciones independientes que se complementan.

Yo, como periodista, sí tuve algún problema, pero quedó sólo en un incidente. Estaba intentando entrevistar a estos capos que estaban en Portugal huidos, después del 83, y uno de ellos me agarró y me amenazó con tirarme por un barranco. El hombre falleció años después y en ese aspecto no hubo más. Evidentemente, te intimida, te crea cautelas. Sé de compañeros que tuvieron problemas. Después, cuando publiqué la novela Todo es silencio, la hija de Marcial Dorado —este personaje que sale fotografiado con nuestro, entre comillas, presidente [Alberto Núñez Feijóo]— mandó dos cartas a la editorial Xerais en tono amenazador, interpretando que el protagonista de la novela aludía a su padre. Así que no debí contar mal lo que pasaba si se identificó (risas). Es curioso, porque hubo algún crítico literario que dijo que la figura del capo era inverosímil. Estuve a punto de escribirle para decirle que hablara con el capo y viera si era inverosímil o no.

***

El tiempo de la entrevista llega a su fin y quedan muchos temas en el tintero. Así que Cataluña (a la que Rivas dedica el capítulo Yo no quiero tener un enemigo), la memoria ("no hay libertad sin ese líquido amniótico que es la memoria", dice), los malos tiempos que vive la libertad de expresión o la importancia de pararse a escuchar quedarán, a lo mejor, para la próxima. Él, por su parte, se despide con un "¡Ata máis ver!".

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