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16/12/2015 07:05 CET | Actualizado 16/12/2016 11:12 CET

La agresividad le salió cara a Pedro Sánchez

debateA veces, el cara a cara parecía una discusión entre un padre y su hijo en plena cena; ambos totalmente convencidos de llevar la razón. Ninguno conectó con el otro, excepto por el hecho de que los dos candidatos parecían enfadados. El programa parecía más un evento deportivo que una discusión civilizada.

AFP

En los debates se necesita un plan, y Pedro Sánchez llegó al cara a cara de la Academia de la Televisión justo con eso: una carga de ataque incesante contra su rival que se volvió en su contra. No se puede decir que Mariano Rajoy sea el mejor debatiendo, pero gracias a la excesiva agresividad e insistencia de su oponente, que no dejó de litigar sobre el pasado, el presidente ganó este debate.

En cierto modo, Sánchez puede ser considerado como víctima de la sobrepreparación. El reto de prepararse para cualquier debate consiste en asegurarse de que dicha preparación pase desapercibida durante el propio debate. Cuando el público se da cuenta de la mecánica que hay detrás de una intervención, es como descubrir el truco de un mago o ver los hilos de una marioneta. Al ver a Sánchez, es como si estuviéramos escuchando todo el rato la voz de sus consejeros: las preguntas del guión, los insultos del guión, la estrategia del guión.

Se puede entender por qué Sánchez trató de hacerse con el control y pasar al ataque desde el primer minuto. ¿Cómo no aprovecharse de esta última y definitiva oportunidad para desplegar todas las armas de tu arsenal? Y, sin embargo, en este caso la estrategia fracasó. La agresividad degeneró en grosería. La interminable confrontación pasó a ser molesta, y más dañina para Sánchez que para Rajoy.

Las campañas presidenciales deben centrarse en el futuro, pero Sánchez parecía obsesionado con el pasado. Sin duda, los casos de corrupción merecen formar parte de la discusión, pero no en este escenario, que es una plataforma para tratar las preocupaciones de los votantes. Los contrincantes deben centrar su mensaje en cómo van a gobernar si son elegidos. Repitiendo de forma machacona el historial de Rajoy, Sánchez perdió la oportunidad de venderse a sí mismo como la clave para el futuro de España.

Además, al no dejar de atacar a lo largo del debate, Sánchez mostró una intervención sin variaciones. Un debate de dos horas se puede comparar con una larga obra musical: tiene que haber pausas, cambios en el tempo, momentos de mayor y menor volumen. En cambio, Sánchez mantuvo una única y disonante nota a lo largo de toda la emisión.

Cabe mencionar que en el debate de la semana pasada de Atresmedia, Sánchez salió mucho mejor parado. Ganó el debate al ser la persona más presidencial del escenario. Resultaba fácil imaginarse esa versión de Pedro Sánchez reunido con Barack Obama -o Hillary Clinton- en la Casa Blanca. Pero en el cara a cara, el Sánchez de la semana pasada -el hombre de las mil sonrisas- se desvaneció.

Resulta interesante que, aunque Sánchez perdiese el debate, fue también él quien lo dominó. Mariano Rajoy, un hombre que sabe ser agresivo cuando tiene que serlo, se vio obligado a mantener una postura defensiva desde el principio hasta el final. Pero Rajoy fue al debate con una ventaja: la de las bajas expectativas. Nadie pensaba que su intervención sería estelar. Así que, aunque no lo fuera, no sorprendió a nadie.

También me gustaría añadir algo sobre el formato. Antes del debate, hubo muchas quejas sobre lo aburrido que sería el cara a cara. Y ocurrió justo lo contrario. La intensidad de este cara a cara se produjo por un formato que se centraba en los participantes del debate, con una intervención mínima por parte del moderador. Con los primeros planos que destacaban la tensa relación entre los candidatos, los votantes vieron un debate clásico, quizá no del gusto de todo el mundo, pero ante todo bastante revelador.

El contraste generacional de este debate llamaba mucho la atención. A veces, la interacción parecía una discusión entre un padre y su hijo en plena cena, cada uno de ellos totalmente convencido de llevar la razón. Ninguno conectó con el otro, excepto por el hecho de que los dos parecían enfadados. En televisión, el programa parecía más un evento deportivo que una discusión civilizada.

La intensidad de este debate supuso un enorme reto para el moderador, Manuel Campo Vidal, que llevó a cabo su tarea con la neutralidad y elegancia que le caracterizan. Desde la década de los 90, Campo Vidal ha actuado como motor clave en la institucionalización de los debates electorales en España; además, es la única persona en el mundo que produce y modera los debates televisivos de su país. Este cara a cara no hubiera sido posible sin los esfuerzos de Campo Vidal y sus compañeros de la Academia de Televisión, que se han ganado la confianza de los principales partidos políticos durante un largo período de tiempo.

¿Habría sido mejor ver juntos a los cuatro candidatos favoritos? Por supuesto. Pero los políticos siempre harán lo que más les interese, y lo importante es que los votantes españoles al final pudieron ver a su presidente en un debate en directo. Sin la Academia, Rajoy habría eludido la confrontación directa con sus rivales en toda la campaña.

Por último, me gustaría sugerir algo como observador americano: en Estados Unidos, los candidatos a la presidencia tienen prohibido llevar papeles o cualquier objeto físico al debate. ¿Sería posible prohibir algo así en España? Si bien los candidatos adoran la seguridad que les proporcionan sus bártulos, mostrar papeles y gráficos a la cámara crea una distracción enorme durante un debate en directo. Mucho mejor que, la próxima vez, el candidato se dedique simplemente a hablar a los votantes... y se deje los malditos papeles en casa.

Traducción de Marina Velasco Serrano