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01/11/2013 09:45 CET | Actualizado 01/01/2014 11:12 CET

Murió en la pobreza: solo tenía dinero

Hay una diferencia notable entre nuestros millonarios y muchos otros que figuran en la lista de las 100 primeras fortunas españolas. En España no destaca ninguno por su actividad filantrópica. Cuando lo hacen se dedican a apoyar centros o cátedras de investigación en medicina para promover avances que permitan alargar sus propias vidas y con ello el dinero que pueden ser capaces de gastar, o se instalan en las obras de caridad no para el beneficio social, sino para salvar sus almas.

El avance de la publicación de la lista Forbes de las 100 primeras fortunas españolas nos trae la gran noticia de que los tres primeros acaparan una fortuna de más de 11.200 millones de euros y que el primero, Amancio Ortega, es el tercero más rico del mundo, tras Bill Gates y Carlos Slim. Me alegro por ellos.

Sin embargo, hay una diferencia notable entre nuestros millonarios y muchos otros que figuran en esa lista por otros países, que incluye a algunos de los filántropos más generosos del mundo. En la lista de las fortunas españolas no destaca ninguno por su actividad filantrópica. La única que tenía esa distinción era la fallecida Rosalía Mera, cofundadora de Inditex, conocida por su obra para impulsar la educación, particularmente de mujeres desfavorecidas.

Las dos fortunas que preceden a nuestro Amancio Ortega son sobradamente conocidas por sus donaciones filantrópicas. La fundación Bill y Melinda Gates tiene, entre sus muchas actuaciones, un programa para la curación de la malaria, y Carlos Slim, cuyo perfil como filántropo es más reciente, ha hecho donaciones importantes para paliar los daños causados por huracanes.

Hace 10 días participaba en una cena de celebración del 100 aniversario de la Universidad de Western Australia, donde trabajo parte del año y en la que se anunció el plan de esta universidad de recaudar 400 millones de dolares entre benefactores para seguir progresando en el nivel de excelencia de su investigación. En esta cena, a la que asistió el primer ministro de Australia, Tony Abbott, el matrimonio Forrester anunció la donación de 65 millones de dólares para crear un programa de atracción de excelencia a la Universidad de Western Australia. Se trata de la donación filantrópica más importante de Australia.

En su alocución, los Forrester animaron a otros millonarios presentes en la cena a contribuir con fondos para apoyar la investigación científica y hacer del estado de Western Australia la California del siglo XXI, porque todos ellos tenían ya más dinero del que ellos o sus hijos podían llegar a gastar y su obligación era emplear su fortuna en beneficio del progreso social. Desafiaron a sus colegas de negocios a competir no por ver quién construye el buque más grande o la casa más ostentosa, sino quién hace la donación más generosa para el progreso de la sociedad que les ayudó a triunfar en sus negocios. En esa noche se comprometieron donaciones por valor de más de 140 millones de dólares.

Mi mujer, tambien presente, y yo nos preguntábamos si algo así sería posible en España, y por qué será que nuestras grandes fortunas no parecen mostrar interes alguno en usar sus fortunas en beneficio de la sociedad. Cuando lo hacen se dedican a apoyar centros o cátedras de investigación en medicina para promover avances que permitan alargar sus propias vidas y con ello el dinero que pueden ser capaces de gastar, o se instalan en las obras de caridad no para el beneficio social, sino para salvar sus almas del adelgazamiento necesario para pasar por el ojo de la aguja que da acceso al cielo.

Hace muchos años que vengo oyendo hablar de una ley de filantropía en España, supongo que con el fin de ofrecer mejores ventajas fiscales a los potenciales filántropos. Como si ese fuese el único impedimiento.

El impedimento para la filantropía no es de ventajas fiscales, ya que precisamente nuestro sistema tiene enormes opciones para que las grandes fortunas apenas paguen impuestos, como las llamadas SICAB, que permiten el pago de un 1% de impuestos. Nuestro problema es uno más profundo, uno cultural, en el que no se aprecian suficientemente ni el valor de la educación ni el de la investigación científica. Ni tan siquiera se siente ningún compromiso moral para devolver a la sociedad parte de lo que de ella hemos recibido.

Cuando pase el terremoto de la crisis y tengamos que levantar de nuevo una sociedad solidaria será necesario cimentarla con una base de valores sólidos que permitan soportar mejor la siguiente turbulencia. Los pilares de estos cimientos no pueden ser otros que la educación, la ciencia y la cultura, que tan rápidamente hemos dejado caer en los últimos dos años y en los que reside la verdadera riqueza.

A los señores de la Lista Forbes española les dejo la siguiente línea de Pobre Cristina de Joaquín Sabina: "Era tan pobre que no tenía más que dinero..."