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25/02/2019 07:31 CET | Actualizado 25/02/2019 16:05 CET

Artistas visionarias (2)

'El árbol de la vida', de Seraphine Louis.

En la Francia de principios del siglo XX llegó a la pintura Séraphine Louise. Una mujer casi analfabeta, sin ninguna formación en arte y de vida semimonacal, pintaba en una especie de trance extraños frutos, ramilletes de flores y vegetación imaginaria, y todo ello formando parte de complicadísimas composiciones, en las cuales mostraba su personal interpretación sobre lo sagrado. Cuando trabajaba como sirvienta, fue descubierta por el coleccionista y crítico de arte Wilhelm Uhde – también descubridor de Picasso, Braque y Rosseau – que quedó francamente sorprendido. Dispuesto a mostrar su hallazgo ante el mundo, facilitó a Séraphine una importante exposición que la crítica calificó dentro del movimiento "modernos primitivos" tan en boga en aquellos momentos, el final de la historia no es tan feliz como prometía, los avatares políticos de la época marcaron definitivamente la vida y la obra de la singular artista. En el 2008 el director de cine Martin Provost convirtió en película la biografía de esta singular artista.

Dando un salto en el tiempo, hay que recordar que en la sociedad victoriana el mundo de los espíritus y los mensajes ocultos eran percibidos de una forma completamente distinta a como podamos imaginar actualmente, el espiritismo era aceptado como una posibilidad de entretenimiento y los médiums tenían especial prestigio por ser capaces de ponerse en contacto con familiares o seres queridos fallecidos.

En 1851 murió la hermana de Georgina Hougthon, una pintora autodidacta nacida en Las Palmas de Gran Canaria pero que se crió y vivió en Londres toda su vida. Ambas hermanas se sentían muy unidas, hasta el punto de haber llegado a contactarse desde otra dimensión, Georgina, desde entonces, adquirió fama como clarividente y en sesiones privadas comenzó a realizar dibujos y acuarelas abstractas guiadas por el espíritu de su hermana, un mecanismo similar al de la escritura automática, al dictado de la sensaciones que comunicaba la muerta. Algunos críticos consideran que su pintura, de haber sido conocida y difundida, se hubiese adelantado en más de 60 años a las teorías sobre el arte abstracto que recoge Wassily Kandinsky en el libro De lo Espiritual en el Arte, en el que se habla de una nueva época de gran espiritualidad y de la contribución que la pintura podrá aportar.

Unos años más tarde en la misma ciudad, nació Madge Gill, hija de madre soltera. Se recuerda a Madge como una mujer solitaria que desde niña sufrió la discriminación que la recatada época victoriana imponía, pero lo que le hace verdadera especial es su producción artística. Después de un problema grave de salud a los 38 años, fue "poseída" por primera vez por un espíritu-guía que ella se afanó en llamar Myrinerest (Mi paz interior), nombre con el que firmó todas sus obras en reconocimiento a su autoría y la negación de ella misma.

Con el tiempo también adquirió fama como médium, pero su vida interior iba mucho más allá, en delirantes estados de trance, producía incansablemente toda una serie de labores creativas: dibujaba, bordaba, hacía ganchillo, tejía, cantaba o tocaba el piano. Cuando su salud empezó a preocupar por sus desequilibrios emocionales, fue ingresada en una clínica, allí entregó un paquete de dibujos a una psiquiatra que, valorando la obra, dio a conocer públicamente el talento de una gran artista. Se conserva obra plástica de enormes dimensiones, soportes en los que llenaba incansablemente toda la superficie con formas y rostros femeninos pálidos e inexpresivos, que recuerdan los fragmentos que devuelven las imágenes de los espejos rotos.

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