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22/12/2012 09:18 CET | Actualizado 20/02/2013 11:12 CET

Carrera contra el tiempo en Europa

Parece que los expertos han dejado de quejarse de la no existente política exterior europea. Incluso la falta de consenso en un tema tan relevante como el voto para reconocer el estatus de Estado observador de Palestina en la ONU ha suscitado menos críticas esta última vez que en septiembre de 2011, cuando la propuesta fue rechazada inicialmente.

Durante los últimos tres años hemos asistido a una ola anti-Ashton, pues sobre su figura se han volcado las decepciones y frustraciones por el menguante papel internacional de la Unión Europea y por las fallidas expectativas de convertirse, algún día, en un actor global. Ya no; al menos no con la misma virulencia. A pesar de la nostalgia por lo que hizo Javier Solana, sin siquiera tener el mandato; a pesar de las cábalas sobre el auténtico significado del rimbombante título de Alta Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad que le otorga el Tratado de Lisboa, existe la creencia generalizada de que nada se moverá en este terreno hasta que no se resuelva la crisis económica, del euro e institucional.

Sin embargo, la lista de frustraciones es larga, y cada uno de sus puntos no ha hecho sino agudizar el sentido de irrelevancia entre los europeos. De regreso al pasado, posiblemente el caso que mejor simboliza los problemas de la política exterior fue la Cumbre del Clima de Copenhague, de diciembre de 2009. El campeón de las políticas medioambientales globales, el líder indiscutible en la lucha por la sostenibilidad, la UE, se quedó fuera del acuerdo final. El presidente americano, Barack Obama, y el primer ministro chino, Wen Jiabao, habían acordado el texto cuando los otros BRICS -Brasil, India y Rusia- se colaron en la sala; pero a la Unión, ni siquiera la invitaron a entrar. Catherine Ashton y Herman Van Rompuy acababan de ser nombrados, así que el resultado de la cumbre no tuvo que ver con sus habilidades negociadoras ni con sus capacidades de liderazgo. De Copenhague a Doha, la semana pasada, no se ha conseguido nada realmente significativo en la batalla contra el cambio climático, y la Estrategia 2020 de la Unión Europea, el conjunto de políticas más avanzado del mundo en este campo, no está sirviendo de ejemplo para nadie más.

La división ha sido la característica más relevante de algo que una vez quiso ser una Política Exterior Común. La imposibilidad de alcanzar una postura conjunta sobre la petición palestina ante la ONU; las discrepancias sobre la intervención en Libia bajo el paraguas de la OTAN -con Alemania en su papel estelar de potencia reticente-; o, más recientemente, el repentino fracaso a la hora de crear el mayor grupo aeroespacial y de defensa de Europa, con la fusión de EADS y BAE Systems, son sólo algunos ejemplos de la fragmentación entre los Estados miembros a la hora de tratar con el resto del mundo.

De hecho, ha sido una pena que la construcción de su nuevo servicio diplomático, el Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE), coincidiera con la sucesión de acontecimientos más relevante de la última década: la Primavera árabe. La repentina transformación de la vecindad Sur del Mediterráneo era la oportunidad perfecta para que Europa acompañara el cambio en una región tan estratégica para ella; pero a pesar de toda la retórica, la respuesta en general ha sido tímida, fragmentada y tardía. Hoy, Siria es todavía el escenario de una terrible guerra civil ante la que una impasible comunidad internacional, incluida la UE, ha sido incapaz de responder adecuadamente.

El mismo SEAE ha tenido sus problemas. No es que nadie pensara que crear un nuevo instrumento europeo fuera a ser fácil, pero las cuestiones burocráticas y técnicas y, para variar, la lucha para colocar nombres nacionales en los cargos más destacados han ocupado buena parte del proceso inicial, al que Lady Ashton ha dedicado mucho tiempo y esfuerzo. Lo que no ha evitado que los recursos destinados al SEAE previstos en el presupuesto europeo que entrará en vigor en 2014 contemple una reducción del cinco por ciento. Sería injusto en cualquier caso culpar a un solo organismo o a una sola persona de la percepción de parálisis que transmite la política exterior de la Unión.

En medio de la incertidumbre general agudizada por la crisis, el Premio Nobel de la Paz ha venido a recordar lo que la Unión representa: el mejor ejemplo de la Historia del éxito de una integración en busca de la paz. Dadas las circunstancias actuales, es difícil creer que el Premio vaya a generar complacencia entre los Estados miembros, aunque también está por ver si puede servir de incentivo para dar pasos más decididos, de una vez, hacia más Europa.

Siguen siendo muchos los desafíos de una política exterior europea. Para empezar, la nueva conquista de la soberanía que la crisis económica ha reflotado. Cuando las cosas empezaron a ir mal, la solidaridad, el principio sobre el que se había construido el proyecto europeo, fue sustituida rápidamente por el interés nacional. Si la brecha entre Norte y Sur, entre ricos y pobres dentro de la Unión sigue creciendo será cada vez más difícil encontrar puntos de encuentro para lanzar una acción coordinada. Por desgracia, no está entre las principales preocupaciones o prioridades de los ciudadanos: según el Eurobarómetro de la pasada primavera, solo un siete por ciento de los europeos incluye la política exterior entre los retos más importantes de la UE, mientras que un 54 por ciento mencionó la situación económica, un 34 por ciento la situación de las finanzas de los Estados miembros y un 32 por ciento el paro.

La evidente falta de voluntad política está detrás de muchos de los problemas actuales. Y aunque en los últimos meses se han tomado importantes decisiones para fortalecer la unión económica y monetaria, la sensación generalizada, dentro y fuera de la Unión, es que hay una constante reticencia a la hora de tomar decisiones fundamentales. Hoy la UE está ligeramente mejor que hace un año, cuando parecía que el proyecto europeo estaba a punto de desaparecer. Pero los líderes europeos no han hecho sino comprar tiempo, sin atacar con determinación las raíces del problema. La repentina inestabilidad provocada por el nebuloso panorama político en Italia es una muestra de los cimientos tan frágiles de esta tensa calma en la que estamos viviendo.

Otro desafío es el Reino Unido. A pesar de su creciente tendencia al aislamiento y de su auto-exclusión de decisiones como el Pacto Fiscal, la posibilidad de una salida británica de la Unión abre la puerta de un escenario completamente diferente. Una política exterior europea sin ellos se vería seriamente disminuida.

Siguen siendo muchos los desafíos, pero también las oportunidades. Teniendo que elegir entre la disolución o una mayor integración, la inmensa mayoría de los líderes prefieren sin duda la última; lo mismo ocurriría con los ciudadanos si se les pusiera ante la tesitura de irse o quedarse -como se ha visto en Grecia-, incluso si la imagen de la UE continúa deteriorándose. No sólo eso: cada vez hay más voces que abogan por una unión política, empezando por el propio presidente de la Comisión, José Manuel Durao Barroso. Y la creciente brecha entre ciudadanía y política en toda Europa está aumentando la presión por mejorar las prácticas democráticas.

El documento que bajo el título El futuro de Europa firmaron el pasado septiembre once ministros de Asuntos Exteriores -de Suecia, España, Italia, Francia, Alemania, Polonia, Austria, Bélgica, Dinamarca, Luxemburgo y Holanda- fue un intento de llamar la atención sobre la política exterior. Resulta interesante comprobar el reciente protagonismo de países y de personas que antes no tenían mayor papel, como Suecia y Polonia, y sus respectivos ministros, Carld Bilt y Radek Sikorski. El discurso de éste último el año pasado en Berlín sigue siendo considerado el mejor manifiesto de lo que debería ser una política exterior europea. Además, en el entorno académico, de think tanks e incluso de funcionarios europeos es ya habitual oír hablar de la necesidad de contar con una auténtica estrategia exterior; incluso si la luz al final del túnel es aún muy tenue, algunos están empezando a pensar en cómo podría ser la UE tras la crisis.

La experiencia europea a la hora de conseguir consensos y de utilizar su poder blando es también una oportunidad en este nuevo mundo multipolar. A lo largo de su historia, la Unión ha demostrado tener un alto grado de resiliencia (ese palabro científico que sirve para indicar la capacidad de adaptarse al cambio), sin dejar de garantizar la paz y la prosperidad a sus Estados miembros. No cabe duda de que Europa podría lograrlo una vez más, pero tal como indican los acontecimientos en Grecia, Italia, Reino Unido o España, el tiempo se está agotando.

Este artículo fue publicado originalmente, en inglés, en OpenDemocracy.

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