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02/02/2014 09:49 CET | Actualizado 04/04/2014 11:12 CEST

Reconstruyendo vidas en Filipinas: Jasper Oliva, el héroe del tifón que se hizo logista

Es bajito pero un fortachón de brazos robustos. Apoyado sobre un tronco de palmera que había caído, fue uno a uno sacando a su parentela. Durante aquellos primeros días tras el tifón, fue una pieza clave para que el equipo de Acción contra el Hambre en el distrito 68 de Tacloban. Se levanta todos los días a las cinco, como aquella fatídica mañana del 8 de noviembre de 2013, y mientras trabaja sigue reconstruyendo día a día su casa.

La víspera de la catástrofe de Filipinas, Armando Arce, de 62 años, fue designado por el Gobierno local de Tacloban para informar a sus vecinos de los centros de evacuación más próximos y dar indicaciones para que abandonasen sus casas. Pero el señor Arce, un antiguo vendedor de pescado, superviviente de varios desastres naturales y ayudante de la capitana de este distrito 68 -una especie de alcaldesa de barrio-, no dio ejemplo. Fue uno de los testarudos que decidió quedarse en casa. La noche anterior todo estaba en calma. Pese a que en la televisión no dejaban de advertir la desmesurada violencia de la tormenta que se aproximaba apenas había nubes, ni viento. Es por eso que muchos de los vecinos de este barrio costero, acostumbrados a los tifones, decidieron desoír las recomendaciones de refugiarse en lugares más seguros y permanecieron en sus hogares. Ni siquiera soplaba brisa.

Pasadas las cinco de la mañana, el señor Arce preparaba café y escuchaba la radio junto a su yerno, Jasper Oliva, de 36 años. "De pronto sopló un viento fuerte desde el suroeste, muy extraño, porque la tormenta debía llegar justo en la dirección contraria. El cielo se oscureció y comenzó la tempestad", narra Jasper. Era Yolanda. Se aproximaba a toda velocidad y estaba succionando aire hacia el ojo del tifón. A las siete de la mañana del 8 de noviembre de 2013, la tormenta tropical más violenta de la historia, que se tenga constancia, tocaba tierra en las isla de Samar.

Entre esa isla y la de Leyte, se abre la bahía de San Pedro que apenas es una palangana, una bañera de aguas poco profundas y cálidas que protege a la ciudad de Tacloban antes de abrirse al océano. El lugar idóneo para que Yolanda lejos de debilitarse ganase más ímpetu y provocase una marejada ciclónica: un fenómeno que elevó el nivel del mar hasta cinco metros. Tacloban quedó absolutamente destruida. Durante tres agónicas horas, la ciudad sufrió vientos con rachas de hasta 316 kilómetros a la hora y olas gigantescas.

"Desde nuestra casa vimos cómo el mar retrocedió de pronto casi 15 metros, la playa quedó desnuda pero apenas unos segundos más tarde el agua regresó con mucha más fuerza", prosigue Jasper. "Vimos cómo una ola gigante venía hacia nuestras casas. Y vimos los barcos, los barcos que venían hacia nosotros".

Aquella mañana, media docena de grandes cargueros permanecían anclados por seguridad en mitad de la bahía, cerca del estrecho de San Juanico, a un kilómetro y medio de la costa. La fuerza del tifón fue tal que arrastró los barcos por toda la bahía hasta empotrarlos contra las casas del distrito 68 de Tacloban. En su errática deriva, las naves aplastaron las viviendas y mataron a decenas de personas.

Delante de la casa de Jasper Oliva y la familia Arce, de milagro se detuvo uno de estos gigantescos barcos, el Tomy Elegance. "Salvamos la vida porque mi yerno rompió el tejado de la casa y nos quedamos sobre él, sino hubiésemos muerto ahogados", explica el señor Arce.

Jasper muestra una herida en su brazo, un corte que se hizo al reventar el tejado de su casa. Jasper Oliva es bajito pero un fortachón de brazos robustos. Apoyado sobre un tronco de palmera que había caído, fue uno a uno sacando a su parentela: su mujer, Isa Arce -de 26 años-, sus suegros Armando y Elisa, ambos de 62 años, su cuñado Mervin Arce y su sobrina Lorianne Arce, de 8 años, a la que llaman la chinita.

"Mi suegro estaba en shock, permanecía abajo agarrando un gallo que tenemos y no lo soltaba, estaba como ido", cuenta. Sobre ese tejado de chapa permanecieron las horas que duró el tifón, viendo pasar volando trozos de uralita de otras casas, cocos disparados como proyectiles por el viento y palmeras arrancadas de cuajo.

También vieron cómo algunos de los contenedores que transportaban estos barcos, esos enormes rectángulos de chapa de colorines, caían sobre las gentes y las casas: rodaron como dados en el tapete de un casino.

Pasada una semana del tifón, aún recuperaban cadáveres extraviados entre los escombros y bajo los containers. Algunos de estos contenedores fueron aprovechados por algunas familias supervivientes para resguardarse de los diluvios que caían casi a diario y tener un techo bajo el que dormir.

"Cuando pasó todo no sabíamos qué hacer, al rato los marineros que estaban en el barco que paró frente a nuestra casa, arrojaron unas cuerdas y nos invitaron a subir a la cubierta, parecía el único lugar seguro", narra Jasper. "Tuvimos suerte, si se puede decir así, de que el tifón llegó por la mañana, al menos había luz y la marea no estaba alta, si lo mismo llega a ocurrir por la noche, no hubiese habido ni siquiera ni un superviviente", dice Arnel Gaspán, un vecino de la familia Arce.

Este barrio fue uno de los más devastados en toda la ciudad de Tacloban. Durante varios días, permaneció aislado y desconectado del resto de la ciudad: tal era la montaña de escombros que hasta pasados nueve días, el 17 de noviembre, no pudo abrirse del todo la carretera en la que el Eva Jocelyn, un enorme buque de 3.000 toneladas quedó varado. Pasaron hasta tres días sin comida y sin agua. María Rosario Bactol, la capitana de este distrito, recuerda que aquí vivían cerca de 2.800 personas, la mayoría de esas 650 familias eran humildes vendedores de pescado, pequeños comerciantes y gente sin muchos recursos. Antes del tifón tampoco era una de las mejores zonas, muchas de las casas fueron construidas de forma irregular. Un barrio que salía adelante como buenamente podía.

"Era sin duda uno de los lugares más vulnerables de la ciudad", cuenta Claire Allard, experta en seguridad alimentaria de Acción contra el Hambre. "Antes de que llegase el tifón, esta ya era una barriada muy necesitada, y ahora tienen unos enormes barcos delante de sus narices, todas sus casas han sido destruidas y algunas autoridades no desean que las familias se reasienten aquí", explica la cooperante. Es por eso que Acción contra el Hambre comenzó a trabajar en esta zona de forma prioritaria y fue una de las primeras oenegés en llegar. Incluso cuando el barrio aún permanecía asilado.

"La emergencia en este barrio no era de nutrición, pero debíamos y debemos trabajar en la prevención. Van pasando las semanas y si no actuamos, si no mejoramos la dieta de los niños y las madres y, sobre todo, si no ofrecemos formas de reconstruir las vidas de esta gente, será la perdición", explica Allard.

Jasper Oliva.

Durante aquellos primeros cuatro días después del tifón nos encontramos con Jasper Oliva, bajo lo que parecía una montaña de escombros. Era la casa de la familia de su suegro. Antes de que Yolanda devastase Tacloban y dejase más de 7.000 muertos, Jasper era supervisor de cuentas en una empresa de repuestos para automóviles y caminos, conocía a todos los proveedores de la región y trabajaba con clientes de todo tipo. Pero su jefe, que además hacía meses que les debía dinero, una vez el tifón destruyó el almacén, se marchó con el negocio a otra parte. Ni tiene intención de reabrir el negocio en Tacloban ni saldar sus deudas con sus empleados. "Es un desastre, otras empresas no solo están deseando reabrir sus negocios si no que están ayudando a los empleados damnificados", contaba Oliva mientras martilleaba una pequeña viga de madera bajo una lona de plástico. "Ahora esta es nuestra casa, lo que quedó por encima de nuestro antiguo hogar".

Jasper habla perfecto inglés, varias lenguas locales e incluso japonés. "Sí, viví un par de años en Japón, trabajando para una empresa informática. Pero no me gusta decirlo mucho en el barrio, allí ahorré algo de dinero, pero ahora todos nuestros ahorros se los ha llevado el tifón. No tenemos nada, ni ropa que ponernos. Nada. Los primeros días nos los pasamos lavando prendas que encontrábamos entre los escombros. Tampoco llegaba la comida ni el agua", narra Jasper.

Durante aquellos primeros días tras el tifón, Jasper fue una pieza clave para que el equipo de Acción contra el Hambre en el distrito 68 de Tacloban, ayudando en todo momento como muchos otros de sus vecinos de forma desinteresada, en un momento en el que el conocimiento de las personas locales y su colaboración puede ser la clave del éxito de la misión.

El griego Anastasios Graikos que durante aquellos complicados días era el encargado de organizar la logística de la base de Acción contra el Hambre el Tacloban, lo recuerda así: "En seguida vimos el tremendo potencial de una persona como Jasper, un hombre que habla idiomas, conoce a las personas clave, los proveedores, los negocios de la zona, es organizado y eficaz. Un excelente trabajador". Y sentencia rotundo: "No lo dudamos, teníamos que incorporarlo a nuestro equipo".

Así es como Jasper Oliva se convirtió en una pieza clave en la base y a día de hoy sigue siendo el asistente de logística en Tacloban. "Con el equipo local, ganamos eficiencia. La primera semana con Jasper ahorramos mucho dinero: sabiendo mejor a dónde ir, cómo evitar viajes innecesarios con los coches o consiguiendo mejores ofertas y materiales", explica Graikos. Jasper organiza los coches de la misión, ordena a los chóferes, es el encargado de proveer lo materiales, del mantenimiento, del buen funcionamiento de la base, saber quién entra y quién sale, de que los trabajadores de Acción contra el Hambre tengan lo necesario para poder llevar a cabo su trabajo, que nunca falten las piezas y materiales que se necesitan y de organizar parte de los almacenes; siempre en coordinación con el jefe de logística de la base.

"La primera semana estaba asustado, era mucha responsabilidad y mucha gente yendo y viniendo, pero no es nada que no haya hecho antes, la verdad es que estoy feliz y encantado de poder trabajar de nuevo, de sacar adelante a mi familia y ayudar a mi pueblo y a mi ciudad. Ha sido una oportunidad excelente. Aunque llevemos más de diez días de trabajo sin descanso", cuenta entre risas Jasper.

Jasper Oliva se levanta todos los días a las cinco, como aquella fatídica mañana del 8 de noviembre de 2013, y mientras trabaja como asistente de logística en la base de Acción contra el Hambre sigue reconstruyendo día a día su casa.

Daniel Burgui es periodista de Acción contra el Hambre | www.accioncontraelhambre.org | Tel: +34 900 100 822.

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