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El fútbol ha conquistado Estados Unidos: qué está cambiando de verdad con la llegada de Messi y otras estrellas a la MLS y qué sigue siendo postureo

El fútbol ha conquistado Estados Unidos: qué está cambiando de verdad con la llegada de Messi y otras estrellas a la MLS y qué sigue siendo postureo

Leo Messi fichó por el Inter Miami pocos meses después de convertirse en campeón del mundo y ahora, con la tercera estrella cosida a su pecho, llega a su último baile convertido en leyenda y en icono de un país que poco a poco se va enamorando del fútbol.

El futbolista Leo Messi, alzando la Copa del Mundo con la albiceleste.
El futbolista Leo Messi, alzando la Copa del Mundo con la albiceleste.Simon Bruty/Anychance/Getty Images

El 17 de julio de 1955, Walt Disney inauguró Disneyland en Anaheim, California. Hasta entonces, muchos habían considerado una extravagancia aquella idea de construir un gigantesco parque temático en unos terrenos donde la mayoría solo veía espacio vacío. Disney, sin embargo, veía algo diferente. Veía el futuro. Décadas después, resulta imposible entender la cultura popular estadounidense sin aquel proyecto que muchos consideraron una locura.

Setenta años más tarde, el fútbol vive una situación parecida en Estados Unidos. No porque vaya a convertirse de la noche a la mañana en el deporte rey del país, ni porque vaya a desbancar a la NFL, la NBA o el béisbol. Pero sí porque, por primera vez, existe la sensación de que algo está cambiando de verdad.

Y en el centro de esa transformación aparece una figura imposible de ignorar: Lionel Messi.

Cuando el argentino aterrizó en Miami durante el verano de 2023, apenas unos meses después de levantar la Copa del Mundo en Qatar, muchos interpretaron el movimiento como el último capítulo de una carrera irrepetible. Después de ocho Balones de Oro, cuatro Champions League, una trayectoria legendaria en el Barcelona y el título que más había perseguido durante toda su vida, parecía lógico pensar que el mejor futbolista de su generación había elegido Estados Unidos para disfrutar tranquilamente de los últimos años de su carrera.

La realidad ha sido muy distinta.

Messi no ha llegado a la MLS para poner un broche dorado a su trayectoria. Ha terminado convirtiéndose en el rostro de una revolución silenciosa que llevaba décadas cocinándose. Una revolución que no empezó con él, pero que probablemente necesitaba una figura de su tamaño para dar el salto definitivo.

Treinta años esperando este momento

Estados Unidos lleva décadas intentando conquistar el fútbol. La historia comenzó mucho antes de Messi, incluso mucho antes de David Beckham. En realidad, el punto de partida moderno puede situarse en el Mundial de 1994. La FIFA otorgó entonces la organización del torneo a un país donde el fútbol ocupaba un papel secundario, casi residual, pero donde existía una promesa gigantesca: un mercado de cientos de millones de personas y una capacidad económica incomparable.

Aquel Mundial fue un éxito de asistencia y organización. Los estadios se llenaron y las audiencias sorprendieron. Pero el verdadero objetivo estaba en el día después.

Dos años más tarde nacía la Major League Soccer, la MLS, una competición que durante mucho tiempo fue vista con cierto paternalismo desde Europa. Era una liga joven, modesta y todavía muy alejada del nivel competitivo de las grandes potencias futbolísticas. Sin embargo, nunca dejó de crecer.

Año tras año fueron apareciendo nuevas franquicias, nuevos estadios y nuevas inversiones. La selección masculina comenzó a exportar jugadores a Europa y la femenina se convirtió en una referencia mundial. Las academias juveniles multiplicaron su presencia por todo el país y millones de niños empezaron a jugar al fútbol cada fin de semana.

El problema era que el deporte seguía sin ocupar un lugar central en la conversación nacional. Es decir, Estados Unidos respetaba el fútbol, pero todavía no se había enamorado de él. Faltaba el último empujón. 

Beckham abrió la puerta, Messi la derribó

Antes de Messi hubo otros intentos. Pelé ya había revolucionado la antigua NASL en los años setenta. Después llegaron figuras como Franz Beckenbauer o Johan Cruyff. Más tarde fue David Beckham quien entendió mejor que nadie el potencial del mercado estadounidense.

Su llegada a Los Ángeles Galaxy en 2007 marcó un antes y un después para la MLS. Beckham aportó glamour, visibilidad internacional y credibilidad. Demostró que Estados Unidos podía ser un destino atractivo para grandes estrellas. Pero ni siquiera él logró lo que ha conseguido Messi.

Porque el argentino llegó siendo todavía una figura central del fútbol mundial. No aterrizó como una vieja gloria. Llegó como campeón del mundo y después de protagonizar uno de los Mundiales más memorables de la historia. Llegó cuando todavía era considerado por muchos el mejor futbolista del planeta.

Las entradas para ver al Inter Miami se dispararon. Los partidos del equipo comenzaron a venderse como si fueran conciertos de una estrella internacional, las camisetas rosas inundaron las calles, las celebridades acudieron en masa a los estadios y millones de personas que jamás habían seguido la MLS empezaron a prestar atención.

Dicho de otra forma, Messi transformó al Inter Miami en una marca global y, de paso, ayudó a transformar la percepción del fútbol en Estados Unidos.

Lo que sí ha cambiado de verdad

Aún con todo, sería injusto atribuir todo el mérito a Messi. La realidad es que el fútbol estadounidense ya estaba creciendo antes de su llegada, por tanto, lo que hizo el argentino fue acelerar un proceso que llevaba años en marcha. Hoy existen más academias, más inversión privada, más patrocinadores y más presencia mediática que nunca.

La Premier League registra cifras de seguimiento récord en territorio estadounidense, la Champions forma parte de la programación habitual de millones de aficionados y las nuevas generaciones consumen fútbol europeo con una naturalidad que habría resultado impensable hace veinte años.

También ha cambiado el perfil del aficionado porque durante mucho tiempo el fútbol fue percibido como un deporte asociado a comunidades inmigrantes o a determinados sectores sociales. Esa barrera prácticamente ha desaparecido.

Hoy es normal encontrar seguidores del Real Madrid, del Barça, del Manchester City o del Inter Miami en cualquier rincón del país. La comunidad latina ha sido fundamental en este proceso, pero ya no es la única protagonista porque el fútbol ya no es un deporte que actúa como telonero de ningún otro.

Lo que sigue siendo postureo

Pero tampoco conviene exagerar en algunas cuestiones porque una parte importante del fenómeno actual sigue dependiendo de la presencia de Messi.

La NFL continúa siendo una máquina cultural incomparable, con la Super Bowl manteniéndose como uno de los mayores acontecimientos del planeta. Luego está la NBA, que conserva una influencia enorme dentro y fuera del país, mientras que el béisbol mantiene una profundidad histórica que el fútbol todavía está lejos de alcanzar. Ni con Messi.

Así que no es difícil imaginar que muchos aficionados que compran la camiseta del campeón del mundo lo hacen sin seguir realmente la MLS. Acuden a los estadios para ver al argentino y no necesariamente para ver fútbol e incluso en algunos casos, el espectáculo sigue pareciéndose más a un gran evento social que a una cultura futbolística plenamente consolidada.

Porque, hay que ser claros, enamorarse de Messi no siempre significa enamorarse del fútbol y ahí es donde aparece la gran pregunta que rodea este Mundial.

El examen definitivo

Este campeonato representa mucho más que una Copa del Mundo. Es la prueba definitiva para comprobar hasta qué punto el fútbol ha logrado echar raíces en Estados Unidos o si es una moda pasajera impulsada por el fenómeno Messi. 

El torneo llega en el mejor contexto posible: la MLS atraviesa el momento de mayor visibilidad de su historia, los estadios están preparados, las marcas han apostado más fuerte que nunca, las televisiones han invertido millones y existe una generación entera que ha crecido viendo fútbol de manera habitual.

También existe un elemento emocional imposible de ignorar y es que, de alguna manera, este Mundial es "la despedida" de Messi. No es ni oficial ni se le parece, pero parece evidente que su adiós definitivo al fútbol está acercándose y que este va a ser su último Mundial.

El futbolista que conquistó Qatar llega ahora a la gran fiesta organizada por el país que más se ha beneficiado de su presencia durante los últimos años. El argentino ya no necesita demostrar nada porque su legado está asegurado desde hace mucho tiempo.

Sin embargo, existe una cierta ironía en todo esto. Estados Unidos llevaba tres décadas preparando este Mundial. Construyendo infraestructuras, creando una liga, formando jugadores y tratando de convencer al país de que el fútbol merecía un lugar entre los grandes deportes nacionales.

Y entonces apareció Messi para lograr que millones de personas miraran hacia un balón diferente, el balón que emociona a millones de personas en todo el mundo. 

Porque si dentro de diez años Estados Unidos puede considerarse definitivamente una nación futbolística, probablemente habrá que señalar dos momentos clave. El primero será el Mundial de 2026 y el segundo, aquella tarde de julio de 2023 en la que el mejor futbolista del planeta apareció vestido de rosa en Miami y ayudó a completar una transformación que llevaba treinta años esperando su oportunidad.

Igual que Walt Disney vio algo donde otros solo veían un terreno vacío, Messi llegó a un país que todavía estaba buscando su relación definitiva con el fútbol. La diferencia es que el argentino no construyó un parque temático, pero cambió la percepción de una potencia sobre el deporte rey. 

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Creo que soy periodista desde que nací, o eso dice mi madre. Desde ese momento hasta ahora han pasado muchas cosas. Soy de Azuébar, un pueblecito de apenas 300 personas del interior de Castellón y, aunque estudié, entre en mi querida ‘terreta’ (Grado en Periodismo por la Universitat Jaume I) y Salamanca (Máster en Comunicación e Información Deportiva por la Universidad Pontificia de Salamanca), aprendí la profesión en la Agencia EFE, donde cubrí los Juegos de Río 2016, los de Tokio 2020, los de París 2024, así como también los Juegos Olímpicos de Invierno de Pieongchang 2018 y de Pekín 2022. Además, cubrí los Mundiales de fútbol de Rusia 2018 y Qatar 2022.

 

Por otra parte, abrí una extensa etapa como autónomo en la que he colaborado con ‘El Independiente’, el ‘Playas de Castellón, la ‘Revista Volata’, ‘Súper Deporte’, ‘Yo Soy Noticia’ o ‘Ciclo 21’, antes de aterrizar en el Huffington Post. 

 

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