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05/04/2013 08:19 CEST | Actualizado 04/06/2013 11:12 CEST

Chávez: el vibrador de una Latinoamérica que necesita placer

Hay algo que me gusta definir como El efecto vibrador. Este efecto no es más que las ganas extendidas de no querer trabajar por algo, en el caso del vibrador por el placer; en el caso de Latinoamérica por ganarse algún favor que beneficie a su propio país a costa de otro.

Mis seguidores dirán que he perdido la razón, el norte o hasta el amor por uno de los artilugios que salva más matrimonios en la historia de la humanidad. Los fans de Hugo Chávez seguramente dirán que desde el exilio no puedo tener perspectiva de la situación real de Venezuela y, que posiblemente, me hace falta un buen vibrador. Pero como desde hace bastante tiempo decidí que no me importaba lo que piensen sobre mi vida sexual, hablemos sobre la vida sexual de Latinoamérica durante los últimos 14 años.

Hay algo que me gusta definir como El efecto vibrador. Este efecto no es más que las ganas extendidas de no querer trabajar por algo, en el caso del vibrador por el placer; en el caso de Latinoamérica por ganarse algún favor que beneficie a su propio país a costa de otro.

Es sencillo, el vibrador te acostumbra a un ritmo, a una intensidad, a una rutina. Lo busco en el cajón, lo enciendo, lo uso, siento un orgasmo, lo lavo y lo vuelvo a colocar en el cajón. Orgasmos sin necesidad de pensar ni en el mismísimo Bradley Cooper.

Los venezolanos tenemos 14 años presenciando la situación en la que presidentes Latinoamericanos y colegas de la revolución hacían su maleta, tomaban un avión, llegaban a Maiquetía, saludaban a Chávez, tomaban los petrodólares, hacían de nuevo la maleta y volvían con las manos llenas a casa.

Es decir, Chávez se volvió en 14 años el efecto vibrador de un continente ansioso por resurgir de cualquier forma; desesperado por el placer de vivir en un auge capitalista a través de un pseudo socialismo.

Y cuidado, porque esto no solo sucedía con dirigentes latinoamericanos. Hugo, año tras año se convirtió en el vibrador de una nación entera. Existe una cantidad de personas que aman y amaron a Chávez. Las razones son variadas: algunos le aman porque posiblemente se criaron en el seno de un hogar de izquierdas, otros porque creían fielmente en lo que la revolución hacía y una última parte porque lo utilizaron simplemente como un burdo vibrador de baterías.

Y dirán, ¿cómo un ciudadano común pudo utilizar a Chávez? Muy sencillo: Hugo le dio a la nación la posibilidad de obtener cosas sin trabajar arduamente por ellas, le dio a Venezuela orgasmos múltiples mientras la multitud permanecía con los brazos y las piernas abiertas en la posición más odiada por los amantes del sexo, la llamada estrella de mar.

Lamentablemente señores, esta historia no es nueva para Latinoamérica, mucho menos para Venezuela. Año tras año dirigentes de todos los partidos acostumbraron al pueblo a obtener cosas por el camino fácil, a dejar que la vibración nos acostumbrara al ritmo de pedir, pedir, para finalmente, recibir. Las baterías de este vibrador son infinitas y aunque tienen diferentes caras, siempre tienen un mismo nombre y apellido: País Petrolero.

Recuerdo cuando era pequeña la beca alimentaria del Gobierno de Carlos Andrés Pérez, llena de leyendas urbanas en las que madres utilizaban los beneficios para ir a la peluquería o los padres para las cervezas del viernes. Tristemente el efecto vibrador no es un mal de clases; afecta a todos los niveles sociales por igual.

En Venezuela, todos de alguna forma, pobres y ricos, se han beneficiado del efecto vibrador de la revolución de Chávez. Y con esto no digo que el beneficio sea positivo, son pequeños-grandes beneficios que poco a poco se han cargado a una nación entera y la han sumido en una descomposición social increíble.

Al venezolano no lo han enseñado nunca a masturbarse con sus propias manos; al venezolano le han enseñado que un vibrador puede dar orgasmos en una abrir y cerrar de ojos. Ahora que al vibrador se le sulfataron las pilas parte de la izquierda y de la derecha venezolana se queda huérfana de placer y quienes que se comen los molestos gritos nocturnos de los vecinos follando y disfrutando mientras ellos viven en un matrimonio devastado, es la gente común que vive en un país dividido y roto.

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