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10/06/2020 11:02 CEST | Actualizado 10/06/2020 11:02 CEST

'2666': el oasis de horror de Bolaño y Ciudad Juárez

La vida de este escritor fue, según cuentan sus biógrafos y conocidos, todo menos aburrida.

Jose Luis Gonzalez / Reuters
Imagen de archivo de policías en la escena de un crimen en Ciudad Juárez. 

“Un oasis de horror, en un desierto de aburrimiento”. Con esta cita al poema El Viaje, de Charles Baudelaire, comienza el inquietante libro de Roberto Bolaño, 2666. Nacido en Santiago de Chile en 1953 y fallecido en Barcelona, tan sólo 50 años después, la vida de Bolaño fue como la de todos nosotros, una gota de agua en un océano formado por miles de vidas, por millones de pequeñas gotas de agua, la mayor parte de ellas insignificantes, anónimas, anodinas, mediocres… algunas de ellas no, sin embargo. La vida de Bolaño fue, según cuentan sus biógrafos y conocidos, todo menos aburrida. “Hasta el más mediocre de los escritores tiene un momento en el que cree tocar el éxtasis”, decía Bolaño. En octubre de este año hará 16 años de la publicación de la que probablemente será la última gran obra monumental de la literatura latinoamericana, y no solamente por su extensión. Un jurado formado por 84 expertos y reunido por la revista Babelia decidió en noviembre de 2019 que 2666era el mejor libro del siglo XXI. Su perfección y su influencia son tales que su lectura es lo que me decidió a ni siquiera intentar nunca jamás ser novelista.

Las cinco partes de las que se compone esta monumental obra maestra son ilustraciones, desde distintas perspectivas, del dictum de Baudelaire. El aburrimiento, como explicación de la conducta humana; el horror, como forma de salir del aburrimiento, cuando todas las otras vías han fallado, o incluso, antes de que fallen. ¿Hacemos las cosas para salir del “spleen” en el que de forma al parecer inexorable nos va metiendo, poco a poco, la vida? Esa profunda red de compromisos y obligaciones, unas veces reales, otras más o menos imaginarias, en cualquier caso, siempre presentes, en las que la madurez nos va encerrando a todos los seres humanos, está en el origen de muchas de las explicaciones de las decisiones que toman los individuos. Combatirla a cualquier precio es lo que quizá permita entender que los individuos nos casemos, tengamos hijos, cambiemos de puesto de trabajo, discutamos, hagamos las paces, dejemos de tener todo lo anterior, nos metamos en negocios imposibles, intentemos cambiar el mundo, rompamos las reglas, las volvamos a establecer, luchemos por causas perdidas…¿incluso, llegar hasta el horror de la muerte, la violación, el asesinato, la vejación, la mutilación y la tortura física y psicológica?

El eterno retorno al tema del aburrimiento, del hastío existencial, y a sus formas de salir de él como el leitmotif de nuestras vidas. Si Bolaño hubiera vivido en época de confinamientos.

El capítulo central del libro parece dar respuesta a este misterioso enigma de la conducta humana. Es la parte cuarta, la llamada “parte de los crímenes”, en donde Bolaño hace un inventario casi forense de todas las muertes de mujeres (feminicidios) que se producen en una supuesta ciudad de Sonora (México), llamada Santa Teresa, que en realidad representa a Ciudad Juárez, la ciudad más importante del estado de Chihuahua, también en México. El relato hiela la sangre por la terrible frialdad con la que, uno a uno, se van inventariando, como si fueran piezas de coleccionista, los asesinatos de mujeres que se van produciendo a lo largo de un determinado período de tiempo en esa fantasmagórica ciudad, en ese páramo de ilusiones. Los asesinatos de mujeres no son, simplemente, asesinatos: van acompañados de una tremenda crueldad, los verdugos se ensañan con sus víctimas antes, y en ocasiones, incluso después, de darles muerte, de la manera más vil y dolosa que la mente humana pueda imaginar. Arrancamientos de pezones, laceraciones por todos los orificios del cuerpo de la víctima, mutilaciones de órganos, quemazones, quebranto de huesos, y un largo etcétera que solamente cabe resumir en una palabra: horror en su máxima expresión. 

Las otras cuatro partes del libro son solamente comparsas de esta parte principal. Cuentan la historia de Archimboldi, un magnífico personaje, escritor de novelas imposibles, devenido luego artista de culto, cuyo nombre y figura se extraen del pintor Giuseppe Arcimboldo (1527-1593), cuyos cuadros anamórficos todavía sirven de deleite del aficionado en lugares como el Louvre en París o los Uffizi en Florencia. No es por casualidad que Bolaño escoja a este pintor, y su nombre, para darle vida al personaje de su novela: Archimboldi no solamente parece no encontrarse en ninguna parte, haber decidido desaparecer en vida, sino que además sus novelas sorprenden por no hacer absolutamente ninguna concesión a las modas del momento, por ser una completa prueba de veracidad: Archimboldi escribe, en definitiva, lo que siente, que es la única manera de escribir. Cuatro locos académicos se dedican a su obra y a buscarle en el primer capítulo del libro hasta que llegan a darle pista en Santa Teresa. Las partes segunda y tercera nos hablan de algunas de las vidas de la gente que vive, o pasa, por ese terrible lugar. Son historias insignificantes, desesperadas, calamitosamente mediocres, que no van sino anunciando el horror que se avecina en la parte cuarta del libro, antes descrita. La parte final vuelve sobre el tema de Archimboldi, ese personaje seductor, ese personaje no-personaje, el anti-héroe que todos hubiéramos querido ser, esa presencia invisible e inmanente, el gran hilo conductor del libro. “Cuando estoy triste, pienso en Archimboldi, nunca me aburrí con él”, le hace decir Bolaño a uno de sus personajes. El eterno retorno al tema del aburrimiento, del hastío existencial, y a sus formas de salir de él como el leitmotif de nuestras vidas. Si Bolaño hubiera vivido en época de confinamientos.

Todo ello mientras la policía miraba hacia otro lado, cuando no participaba de una manera u otra en el aquelarre.

Bolaño sabía que al final del libro moriría. Estaba afectado de una gravísima enfermedad hepática y el trasplante de hígado no llegó a tiempo. El autor nos deja pues, en 2666, su testamento vital. Por un lado, su compromiso con la vida buena, con “pasarlo bien” como una manera de combatir lo inexorable de la condición humana. Por otro, más concretamente, la denuncia -pero también la constatación sin concesiones- del horror como forma decadente de combatir esa misma condición del ser humano, de un horror que en sí mismo se acaba convirtiendo en aburrimiento, en algo monótono y recurrente. La muerte de las mujeres en Sonora deja de ser oasis y se convierte en la máxima expresión de aquello de lo que queremos salir cuando combatimos nuestro propio spleen. En el momento en el que escribe Bolaño, las muertes en Ciudad Juárez estaban pasando aproximadamente desapercibidas. Nadie parecía hacer caso de este tremendo drama, nadie parecía dar cuenta de lo que sucedía, los crímenes quedaban impunes al mismo tiempo que se  entrecruzaban muchas historias que permitían la máxima capacidad de acción a los verdugos: desde simples crímenes machistas que tenían como víctimas a las mujeres antes amas de casa y ahora relativamente liberadas por su trabajo en la “maquila”, hasta snuff movies, pasando por serial killers de jovencitas de quince años o de prostitutas, todo ello mientras la policía miraba hacia otro lado, cuando no participaba de una manera u otra en el aquelarre.

Mientras todo esto ocurre y se escribe, en 2019 murieron unas 150 mujeres en Ciudad Juárez. La cifra para todo México fue de unas 3.000.

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