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02/08/2020 11:50 CEST | Actualizado 02/08/2020 11:50 CEST

Alan Parker: El cine tomado en serio

Un autor áspero, grave, que obviaba los candores y se orientaba a un público adulto al que tomaba siempre en serio.

STR New / reuters
Alan Parker.

Hace unos días despedíamos a la última dama del Hollywood clásico, Olivia de Havilland, y hoy el mundo dice adiós al cineasta británico Alan Parker, un autor áspero, grave, que obviaba los candores y se orientaba a un público adulto al que tomaba siempre en serio.

Parker no se perdía en remilgos, retrataba el mundo en toda su crudeza, gustase o no. Llevaba la verdad como bandera y la ofrecía a quemarropa, quizá por ello se granjeó más de un enemigo y más de una crítica. Daños colaterales de no plegarse ante nadie.

No importaba el tema ni tampoco el guion, ya que Parker conseguía llevar a su terreno cualquier proyecto. La única excepción a la regla fue su título El balneario de Battle Creek (1994), un divertimento histriónico protagonizado por Anthony Hopkins que resulta la rara avis dentro de una filmografía marcada por su posicionamiento descarnado ante una realidad violenta, competitiva y abrumadora.

Comenzó su carrera escribiendo el guion de Melody (1971), una película que retrata ese trance genuino entre la infancia y la adolescencia. El despertar al amor, el compañerismo o incluso la violencia docente (de la que tanto bebe Sing Street de John Carney) son aspectos que figuran en un libreto que, sin embargo, se aleja del Parker cineasta que nacería media década después.

Así, en 1976 rueda Bugsy Malone, el nieto de Al Capone una opera prima a contracorriente de un hampa nada noir protagonizada por un grupo de niños, entre ellos unos jovencísimos Jodie Foster y Patrick Dempsey.

No será hasta 1978 cuando Parker comience a elaborar una filmografía rabiosamente suya, marcada por la crítica y el retrato de la verdad. El expreso de medianoche no solo marcó un antes y un después en el cine de Parker, sino que supuso una auténtica conmoción social. Con guion de Oliver Stone (otro as del relato sin cortapisas), basándose en la novela autobiográfica de Billy Hayes, la historia narra la experiencia de un joven norteamericano que es apresado por las autoridades turcas por contrabando. La cinta, que conmocionó al mundo y fue prohibida en Turquía hasta los años noventa, obtuvo dos premios Oscar (Mejor guion adaptado y Mejor banda sonora) de los seis a los que estuvo nominada, incluyendo los de Mejor película, Mejor director, Mejor actor de reparto y Mejor montaje.

La fama, en sentido estricto, llegó a las puertas de Parker de la mano de Fame (1980), icónica película a la que seguiría una celebérrima serie televisiva, cuya banda sonora se ha convertido en el himno de toda una generación.

Aunque en 1981 rodó Después del amor, no será hasta un año después cuando volviera a despuntar con una película eminentemente visual, Pink Floyd, The Wall, una cinta casi experimental, turbulenta, surrealista, incomprendida en su tiempo, icónica con el paso del tiempo y de culto para los seguidores de Pink Floyd.

Tras ella llegarían tres películas de éxito y profundamente perturbadoras. La primera, Birdy (1984) aborda la vida de un joven con problemas mentales (Matthew Modine), que se ven acrecentados por el estrés post traumático que arrastra tras su paso por Vietnam. El monólogo de Al (Nicholas Cage) narrando cómo una bomba explosionó en su rostro es un alegato antibelicista de primera magnitud.

En El corazón del ángel (1987), Parker une en una misma cinta a Robert De Niro, Mickey Rourke y Charlotte Rampling, con una trama plagada de espiritismo, vudú, rituales satánicos y mucho misterio aderezado con un tono de thriller sobrenatural.

En 1988 rodó Arde Mississippi, una cinta que se adelantó a su tiempo y que expresa con dolorosa pulcritud lo que supone el racismo, la violencia y el sinsentido. Todavía recuerdo la impresión catártica que supuso en mí el discurso de Badja Djola cuando, todavía niña, le escuché narrar paso por paso una tortura.

Arde Mississippi será asimismo una de las primeras cintas de la gran Frances McDormand, quien acompaña a Gene Hackman y William Dafoe. El racismo volverá a ser el tema central de Bienvenido al paraíso (1990), protagonizada por Dennis Quaid, un conmovedor retrato de los campos de concentración que se establecieron en Estados Unidos para ciudadanos japoneses durante la segunda guerra mundial.

A partir de entonces, la carrera de Parker fue desigual. En 1991 presentó The Commitments y en 1996 volvería a deslumbrar con Evita, un musical que convertía en Evita Perón ni más ni menos que a Madonna, bien flanqueada por Antonio Banderas. 

De nuevo el drama llegaría a las salas con sus dos últimas películas, Las cenizas de Ángela (1999) y La vida de David Gale (2003). A pesar del éxito, sobriedad y desgarro emocional que supone la adaptación de la novela de Frank McCourt ganadora de un Pulitzer, permítanme detenerme en la cinta protagonizada por Kevin Spacey, Kate Winslet y Laura Linney. 

La vida de David Gale es un ejercicio cinematográfico inclemente repleto de periodismo, de sobriedad y de violencia que, con todo, resulta una espectacular crítica contra la pena capital. Aunque fue denostada y obtuvo un escaso rendimiento en la gran pantalla, se me antoja un testamento cinematográfico inigualable, que demuestra la versatilidad y compromiso de un director que siempre fue fiel a sí mismo.

En el futuro habrá muchas películas, muchas causas por las que luchar y muchas iniquidades a las que hacer frente, pero, por desgracia, habrá pocos directores como Alan Parker capaces de hacerles justicia.