¿Darwin era tránsfobo?

Por qué el sexo es binario y esto no ataca los derechos humanos de nadie.
Cartas de Charles Darwin, en una imagen de archivo.
Cartas de Charles Darwin, en una imagen de archivo.
Peter Macdiarmid via Getty Images

En respuesta a Magufismo, psicología y binarismo sexual, publicado el 26/04 en El HuffPost.

I. ¿Supone la Teoría de la Evolución algún tipo de amenaza contra los derechos humanos de algunas personas? ¿Señalar algunas características biológicas como adaptativas y apuntar a otras como variantes anómalas implica algún juicio moral o la desautorización de las vidas de algún individuo? ¿Decir que la especie humana tiene diez dedos en las manos es un discurso de odio contra el uno por mil de personas que tienen once o doce? ¿Es en verdad un espectro continuo el número de dedos de las manos, y lo correcto sería decir que los humanos tienen 10,002 dedos en las manos por término medio?

Podríamos creerlo así antes de Darwin. Al fin y al cabo, desconocedores del principio rector de la biología, todas las formas biológicas podrían recibir la misma valoración, de manera que considerar algo como norma o como anomalía —“anomalía”: “distinto de la norma”— no sería más que un juicio meramente estadístico y descriptivo. Pero una vez descubierta la función adaptativa como motor de la evolución biológica de las especies, las formas biológicas quedan ordenadas según esta función, no según su frecuencia.

“Últimamente algunos biólogos han empezado a defender la idea de que el sexo no es binario”

Los individuos de la especie humana tienen dos pezones; un tercer pezón —politelia— es una anomalía no adaptativa. La falta de melanina en la piel propia de algunos grupos humanos que habitan latitudes altas es adaptativa. La falta de melanina en la piel propia de las personas que sufren albinismo no es adaptativa. Decir esto no supone atacar los derechos humanos de las personas con tres pezones ni un discurso de odio contra las personas albinas. Esto no invisibiliza vidas ni niega existencias. No es una sentencia politelicofóbica ni albinistaodiante. Esto simplemente implica valorar un hecho biológico desde categorías biológicas.

II. Últimamente algunos biólogos han empezado a defender la idea de que el sexo no es binario. Se suelen referir a la especie humana, aunque se entiende que se afirmará igualmente, al menos, de la infraclase de mamíferos placentarios. Si hablamos de humanos, musarañas u osos polares, no tendría sentido limitarse a machos y hembras, dado que el sexo sería un espectro continuo riquísimo en posibilidades entre ambos extremos. Decir que esto es algo unánime entre los biólogos es faltar a la verdad —baste reparar en las decenas de papers recientes a favor del binarismo sexual que Zach Elliot ha recopilado en su Paradox Institute—, como también es una mentira decir que la neurociencia ha desvinculado los genitales respecto del sexo. Una mentira predarwinista, más concretamente.

La idea de que el sexo no es binario iría en contra de siglos de investigación en ciencias naturales. Esto no tendría por qué ser ningún problema; no sería la primera vez que una idea mantenida durante siglos es reemplazada por otra más adecuada a la luz de nuevos descubrimientos. El problema es que el reemplazo del geocentrismo por el heliocentrismo, o del fijismo por el evolucionismo, se basaron en hallazgos que difícilmente podían ser explicados desde las posturas previas. ¿Cuál es el sorprendente descubrimiento empírico que ha tenido lugar en los años 2000 que obliga a abandonar la visión binaria del sexo en los mamíferos? Ab-so-lu-ta-men-te nin-gu-no.

“Alrededor de una de cada cinco mil personas nacen con alguna de las cuarenta variaciones englobadas dentro del equívoco término “intersexual””

No hay hallazgos nuevos, sino nuevas reinterpretaciones de los fenómenos ya conocidos. El verdadero cambio al que estamos asistiendo no se fundamenta sobre nuevos descubrimientos, sino sobre un intento de sustituir el rigor conceptual y el orden que la función evolutiva aporta al entendimiento de los fenómenos biológicos por un discurso moral censor que tergiversa conceptos bien asentados. Le está ocurriendo también a otras disciplinas como la psicología o el derecho. Lo único nuevo que ha ocurrido en el campo de la biología durante los últimos años es la llegada del intento ideológico —individualista y neoliberal— de reentender la idea de sexo bajo la lógica continua no binaria de los estereotipos sexuales, ahora llamados “género”.

Y el clavo ardiendo al que se agarra esta tergiversación son las variantes en el desarrollo sexual. El aparato reproductor, al igual que el respiratorio o el circulatorio, presenta muy ocasionalmente anomalías en su desarrollo. Alrededor de una de cada cinco mil personas nacen con alguna de las cuarenta variaciones englobadas dentro del equívoco término “intersexual”. Es equívoco porque estamos ante variantes de mujeres o variantes de varones, no ante personas situadas “entre” las mujeres y los varones. Una mujer con el síndrome de Turner es tan mujer como cualquier otra; no es un 90% mujer y un 10% varón. Es mujer al 100%. La intersexualidad reta la idea del sexo binario tanto como las alteraciones del aparato locomotor retan la idea de la bipedestación humana.

La variedad de niveles biológicos que están implicados en el sexo —cromosómico, hormonal, anatómico, fisiológico…— no niega que todos ellos giran alrededor de la función reproductora del aparato sexual. La reproducción en los mamíferos se realiza a través de dos funciones: la fecundación y la gestación. El individuo resultante es la mezcla de dos individuos previos, no de tres, de cuatro, o de un espectro. Existen dos tipos de gametos, sólo dos: óvulos y espermatozoides. No hay ovulozoides ni espermatóvulos. Jamás en toda la historia de la Humanidad un ser humano realizó un 37% la función de fecundar y un 63% la función de gestar.

“El carácter binario del sexo lo determina su función evolutiva, no el recuento estadístico de genitales”

Si no hay espectro en la función, ¿qué sentido tiene que lo haya en la estructura? ¿Qué lógica evolutiva explicaría un sexo no binario como base de una reproducción binaria? El carácter binario del sexo lo determina su función evolutiva, no el recuento estadístico de genitales. Y esto, obviamente, no supone la menor falta de respeto a las personas que presentan estas condiciones intersexuales. Los que vean aquí un ataque a los derechos humanos simplemente están atacando a la universidad, intentando sustituir el debate académico de las ideas por proclamas morales que exigen no ser discutidas dada la iluminación posmoderna y woke del que las defiende. Podría parecer un chiste, pero algunos autores se presentan como “activistas de los derechos humanos” —¿dónde se expide ese título?— como acreditación para sus afirmaciones de biología.

III. ¿Por qué cometen estos errores conceptuales en lo que tiene que ver con el sexo, pero no proclaman que decir que el ser humano tiene diez dedos en las manos es una magufada desmentida por la ciencia, dado que la existencia de la polidactilia demuestra que el número de dedos es un espectro y el sistema métrico decimal —diez dedos— atenta contra la diversidad y la inclusión? ¿Por qué nadie denuncia que la afirmación “los ojos sirven para ver” causa la negación de las vidas de las personas con discapacidad visual grave, marcando sus cuerpos como menos válidos, y les priva del derecho humano más elemental: el derecho a que se reconozca su existencia? ¿Por qué se aplica al sexo una lógica diferente a la que se aplica a los demás aspectos de la persona y se exige que no se pueda debatir esta nueva visión?

Pues porque, —ay, amigos y amigas—, la polidactilia no tiene la menor relevancia política, pero la realidad biológica, en particular reproductiva, del sexo es la base sobre la que se ejerce el sistema de dominación del varón sobre la mujer. Negarla, distorsionarla, volverla borrosa, tergiversarla, será el mayor éxito del machismo en siglos. Los afanes por llevar el sexo más allá del aparato reproductor hasta el cerebro no son más que el enésimo intento de naturalizar el sexismo y convertir los estereotipos sexuales en neuroestereotipos sexuales. La identidad de género es un concepto tan profundamente reaccionario como ajeno a la ciencia.

“El megaespectacular negocio que supone mantener medicados para siempre a un pequeño porcentaje de la población y la desactivación política que implica convertir la gestión del propio cuerpo como tema de la vida personal tampoco deben ser olvidados”

Si conseguimos que los estereotipos sexuales dejen de ser vistos como construcciones políticas al servicio de relaciones de poder entre sexos, y logramos que ahora sean los sexos los que sean vistos como meros correlatos biológicos, borrosos e imprecisos, de géneros identitarios naturales, ya podremos estar seguros de que los niños seguirán jugando al fútbol y las niñas seguirán jugando a ser hadas, —perdón, quise decir que las que jueguen a ser hadas seguirán siendo niñas—. El megaespectacular negocio que supone mantener medicados para siempre a un pequeño porcentaje de la población y la desactivación política que implica convertir la gestión del propio cuerpo como tema de la vida personal tampoco deben ser olvidados.

¿Que eso implica cargarse la lógica académica de la universidad y convertirla en una religión? No hay problema, para algo se está retirando la Filosofía de las enseñanzas medias. ¿Qué esta lógica del siglo XVIII termina justificando medicaciones crónicas e incluso cirugías agresivas sobre cuerpos sanos de adolescentes? En un periquete se sustituye el clásico “cada persona ha de encontrar el camino que le conduce a ser ella misma” por “cada persona ha de encontrar la operación quirúrgica que le conduce a ser ella misma”. ¿Que eso implica eliminar la evolución como principio rector de la biología? Facilísimo: decimos que Darwin era tránsfobo y que los discursos de odio se combaten y no se debaten.

(NOTA FINAL: A lo largo del texto de Mariano Beltrán se usa con frecuencia la palabra “feminista” de forma asociada a este entendimiento tergiversado el sexo. Aunque el autor se ofrece como una de las partes, no seré yo el antagonista que entre al trapo para que dos varones discutamos qué es el feminismo. Por el contrario, le sugiero que confronte sus puntos de vista con representantes del Partido Feminista de España —contrario a sus posturas—, de la recién formada iniciativa Feministas al Congreso —contraria a sus posturas—, o con las militantes feministas del PSOE agrupadas como Feministas Socialistas —contrarias a sus posturas—.

También serían buenas interlocutoras todas las grandes figuras del feminismo español. No, no me refiero a los tuits de Irene Montero, sino a las filósofas que llevan décadas estudiando y haciendo avanzar el pensamiento feminista en sus obras. Amelia Valcárcel, Alicia Miyares, Rosa María Magda, entre otras. No encontrará una sola que vea feminismo en su texto. Y si el juicio de estas filósofas, por algún extraño motivo, no le parece adecuado para debatir acerca de qué es el feminismo, le ofrezco cuatro mil alternativas: las cuatro mil feministas de Podemos, Izquierda Unida y el Partido Socialista Obrero Español que firmaron hace un año un manifiesto considerando antifeminista la ley trans y sus fundamentos queer.)