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08/08/2020 12:52 CEST | Actualizado 08/08/2020 14:39 CEST

De exposiciones, colmenas, fotografías y ciudades

‘Cámara y ciudad. La vida urbana en la fotografía y el cine’ es una exposición digna de ser vista por quienes admiren el arte y el pensamiento crítico.

Caixaforum

En 1950 Camilo José Cela presentaba La Colmena, esa obra cumbre de la posguerra española en la que tan bien se reflejaba el azar que cruza y descruza las vidas humanas en las calles de una gran ciudad. 

Ese enjambre de seres vivos, que luchan contra su conversión en autómatas, parece confuso, desordenado, enajenado. Pero sus individuos, a primera vista indiferenciados, son los protagonistas de sus propias vidas, ganando en matices cuando se les enfoca en primer plano.

De eso trata, grosso modo, la nueva exposición del centro Caixa Fórum de Madrid ‘Cámara y ciudad. La vida urbana en la fotografía y el cine’, una espléndida colección de piezas del Centre Pompidou de París, gracias a la cual Madrid abre sus ventanas y acoge al mundo entero en el Paseo del Prado.

A través de la obra de medio centenar de autores, se exponen las idas y venidas de los seres humanos en ese entorno enfermizo y extremadamente creativo que es la ciudad, lugar de encuentro y objetivo prioritario de artistas, fotógrafos, reporteros y cineastas a lo largo de las décadas.

Con ‘La escalera’ (1930) de Aleksandr Ródchenko como emblema, la exposición concentra innumerables formas de representar la vida urbana, desde un viaje en 35 milímetros a una Marsella miserable en 1910, hasta las calles desiertas del SoHo de Nueva York en medio de la actual pandemia.

Reconforta reencontrarse con la visión del París lúgubre de Brassaï (Gyula Halász), quien siempre colocó su cámara en los recodos de una ciudad sin límites de la que era testigo silencioso. Su ‘Rue de Lappe’ (1932) nos invita a penetrar en un entorno sórdido de mujeres altivas, las cuales parecen no tener nada que perder.

Especialmente emocionante es el reencuentro con Diane Arbus, esa fotógrafa visceral que descubrió genuinamente cómo retratar la vida a los márgenes de la sociedad, sin alharacas ni condescendencia. Su ‘Pareja de adolescentes en la calle Hudson’ de 1963 es un ejemplo de concisión y de la personalísima mirada de Arbus.

Pasillo tras pasillo, la exposición invita a reflexionar acerca no solo de las ciudades y de quienes habitamos en ellas, sino del arte y del acto mismo de fotografiar.

Como toda exposición fotográfica que se precie, no podía faltar en ella obras de Robert Capa. La precisión en su obra “Liberation of Paris” no solo nos retrotrae al júbilo de un París en fiesta, sino a la mirada triunfante de unos soldados que habían ganado la vida.

Y, cómo no, también de Magnum figura Henri Cartier-Bresson (a quien me atrevería a tildar como el must de la cultura fotográfica) y Robert Doisneau, el célebre fotógrafo que observó el mundo como era y lo retrató como él quería que fuera. En este caso, su obra ‘Los veinte años de Josette’, fechada en 1945, vuelve a adentrarse en la intimidad de las personas que pueblan este condenado mundo, elaborando el retrato de una cadena humana que presagia júbilo y transmite felicidad.

Así, pasillo tras pasillo, la exposición invita a reflexionar acerca no solo de las ciudades y de quienes habitamos en ellas, sino del arte y del acto mismo de fotografiar. El pensar en todo lo que implica la mirada fotográfica, la selección y la plasmación del mundo como un sello de autoría inimitable resulta fascinante. 

El gesto esperanzado de niños y adultos durante la mañana de la Lotería de Navidad (Pérez de Rozas, 1931) o la unión social contra la barbarie en ‘Manifestación de mujeres en la Rambla de Catalunya de Barcelona contra la violencia hacia las mujeres y la violación y muerte de Antonia España, trabajadora de Sabadell’ (1977), de Pilar Aymerich, son solo dos ejemplos de imágenes que, estando lejanas en el tiempo, despliegan una cercanía emocional sobrecogedora. 

Aunque podría detenerme en muchos otros hitos de la historia de la fotografía que apuntan al corazón y aciertan en su tiro, haré mención a una autora contemporánea cuya concepción cinematográfica me ha deslumbrado. Barbara Probst es una fotógrafa que se acerca a la realidad del momento y toma sus piezas con varias cámaras, las cuales se accionan simultáneamente para captar la misma realidad desde distintos ángulos. Su ‘Exposición 9: Nueva York, estación Grand’ (2001) es uno de los mejores ejemplos de cómo la visión subjetiva de la autora modifica la realidad que retrata.

Finalmente, permítanme la licencia cinematográfica que conduce mi pensamiento y todas mis reflexiones, ya que la exposición también alberga una inagotable fuente de arte urbano en movimiento. Autores como Helen Levitt, Janice Loeb Levitt y James Agee, e incluso fotogramas de Buñuel y René Clair (o un perdido Alain Resnais como asistente técnico en un colorido viaje a los carteles luminosos de Broadway) consiguen eclipsar a cualquier visitante que, como yo, encuentra cine a cada paso. Es más, no creo ser la única en ver en la escalera central del Caixa Fórum, diseñada por Jacques Herzog y Pierre De Meuron, más de una reminiscencia a esa esplendorosa escalinata de La torre de los siete jorobados (1944) de Edgar Neville.

Sin duda una exposición digna de ser vista por quienes admiren el arte y el pensamiento crítico, y no tengan reparos en adentrarse en calles y tiempos por los que, de otra manera, jamás se podría transitar.

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