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26/07/2020 12:14 CEST | Actualizado 26/07/2020 13:52 CEST

¿De verdad los hombres os veis como "reptiles que piensan con la entrepierna"?

¿Por qué no hay voces masculinas rebelándose contra esta idea?

Europa Press Entertainment via Getty Images
Enrique Ponce. 

El veranito se está poniendo calentito. Muchos medios ya están haciendo su agosto llenando páginas y espacios rajando sobre las mujeres. Que todas sean noticia por su relación con algún hombre (Corinna Larsen, Paloma Cuevas, Ana Soria…) debería ser suficiente para detectar el tufillo machista. Pero los prejuicios y los roles caducos no sólo afectan a la parte femenina, si giramos la vista hacia ellos, los otros protagonistas, comprobaremos que el retrato tampoco les hace justicia. Que a nosotras se nos dibuje constantemente como objetos de consumo implica que a ellos se les considere animales salvajes incapaces de controlarse. Los medios, los anuncios y los relatos culturales insisten en la idea de que los hombres son prácticamente amebas incapaces de razonar, desprovistas de sentimientos y que en lo único que piensan es en meterla. ¿Por qué no hay voces masculinas rebelándose contra esta idea? 

Esta semana sin ir más lejos, uno de los periodistos del El Mundo, Javier Blánquez, ha hecho una descripción bastante aterradora del género masculino que nos ha dejado a más de una con el corazón encogido. El experto cultural (debe ser cum laude en machismo) ha opinado sobre la reciente separación de Enrique Ponce y su noviazgo con Ana Soria para hacer una escandalosa descripción del género masculino. Enrique Ponce: de padre a zorro plateado. El titular ya es toda una declaración de intenciones, pero el resto del artículo va elevando hasta límites insospechables el grado de neandertalismo: “el varón es una implacable fábrica de semen”, “el hombre es un animal primario con cerebro de reptil que piensa con la entrepierna”, “un señor con pene, más salido que el pico de la mesa”… Todo ello justificado por la biología, el comodín preferido de los vagos. Las fuentes científicas que aporta Blánquez no parecen muy fiables: “dicen”, “hay quien sostiene”, “algunos explican”. A quien sí nombra entre sus referentes son a los que se jactan públicamente del número de mujeres con las que se han acostado, entre los que se encuentran George Clooney, Sanchez Dragó y Leonardo Di Caprio.

Que a nosotras se nos dibuje constantemente como objetos de consumo implica que a ellos se les considere animales salvajes incapaces de controlarse.

Pensar que existen hombres que se ven a sí mismos y a otros hombres más cerca de una bestia que de un ser humano da verdadero pavor. “El varón tiene una función que le acerca al toro o al caballo: echaría el chorro siempre que pudiera mejor dentro de una hembra”, asegura el autor. Pero por si compararse a formas más básicas de evolución no fuese suficiente, termina sacando toda la artillería de estereotipos rancios añadiendo la cuenta bancaria, los Porsche y los trajes de Armani como signos de hombría y virilidad. Este ser se ha quedado atrapado en la trama de Pretty Woman, ¡por dios, vayan a rescatarlo!  

Es habitual escuchar que las mujeres feministas odiamos a los hombres (otro recurso fácil para no pensar), pero el feminismo pretende librarnos tanto a hombres como a mujeres de comportamientos injustos y limitantes. Resulta doloroso leer estas definiciones sobre la figura masculina en pleno siglo XXI y que además sean difundidas y respaldadas por medios de comunicación nacionales. Como mujer puedo empatizar con lo que debe sentir Ana Soria al leer estas palabras, pero también me pregunto por qué no hay más voces masculinas cuestionando estos mensajes. La imagen del hombre como un semental incontrolable no es algo puntual ni aislado, sino que está implícita en la mayoría de los relatos. Necesitamos que los hombres alcéis la voz: ni las mujeres somos juguetes sexuales ni los hombres animales irracionales. Dejemos ya de deshumanizarnos y de justificar lo injustificable.

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