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26/04/2020 08:59 CEST | Actualizado 26/04/2020 10:40 CEST

El hartazgo de la futurología sobre la pandemia

No sabemos lo que ocurrirá mañana. Esta es la única verdad.

Conforme la disponibilidad de los datos y nuestra capacidad de análisis han ido aumentando, hemos ido experimentado un acelerado auge de los futurólogos, profesionales o aficionados. Y ya estábamos acostumbrados a que nos detallaran, a ciencia cierta, los efectos del cambio climático, a que nos aseguraran el impacto que, sin duda alguna, tendrá la robótica en nuestras vidas, o a que nos certificaran, con exactitud máxima, lo que será tendencia mañana y en el mañana de mañana. Sin embargo, con la crisis desatada por el Covid-19 la futurología está adquiriendo matices esperpénticos.

Nadie fue capaz de pronosticar los atentados del 11-S, el terremoto de Sumatra-Andamán o las consecuencias de la crisis de 2008. Tampoco el éxito planetario de Rosalía.

Durante buena parte del siglo pasado nadie tenía ninguna duda de que los automóviles volarían, de que viviríamos en otros planetas y bajo los océanos o de que unas pocas pastillas servirían para alimentarnos durante todo el día. Pero nada de eso ocurrió. La teoría dice que deberían haber bastado estos ejemplos para tomarnos con un poco más de humildad nuestra capacidad para hacer vaticinios. Sin embargo, da la sensación de que, muy al contrario, cuanto más fallamos más nos empeñamos en querer predecir.

Nadie, digan lo que digan, ninguno de esos autoproclamados profetas que llevan años saturando de pronósticos libros y redes sociales, nadie, fue capaz de predecir el inimaginable impacto del Covid-19 a nivel global. Tampoco nadie fue capaz de pronosticar los atentados del 11-S, el terremoto de Sumatra-Andamán o las consecuencias de la crisis de 2008. Ni el éxito planetario de Rosalía. Y así tantos otros sucesos que siguen demostrando, día a día, que nuestra vida es, esencialmente, impredecible. 

Nuestra incomprensible soberbia, la de una especie que apenas lleva unos segundos sobre la faz de la Tierra, nos lleva a gritar cada vez más alto nuevos pronósticos. Como si el universo estuviera escuchando.

El caso es que parece que no aprendemos la lección, y estos días se multiplican como enjambres toda suerte de premoniciones que, una vez más, ponen de manifiesto la soberbia del ser humano: que si este es el advenimiento definitivo del teletrabajo, la telemedicina y la teleeducación, que si los países girarán hacia sí mismos incrementándose el nacionalismo y disminuyendo el tráfico de bienes, que si tendremos miedo a salir de casa y nuestras relaciones sociales se verán afectadas para siempre, o que si es el fin definitivo del capitalismo y el auge sin retorno del cuidado del planeta. 

Hay profetas para todos los gustos: los que dicen que esto durará un año, y los que dicen que durará para siempre, los que auguran que la crisis nos cambiará sin remedio y los que aseguran que seguiremos siendo los mismos. Y, desde luego, los que piensan que esto lo cambiará todo frente a los que creen que no cambiará nada. Por descontado, por cada profeta hay una legión de seguidores que amplifican sus mensajes hasta el infinito. Hasta el hartazgo.

La consecuencia inmediata de esta plaga de futurólogos no genera sino más estrés sobre el estrés e impide algo tan plausible como necesario, y es concentrarnos en vivir el presente de la manera más sosegada posible.

Una de las funciones básicas del cerebro es la predicción del futuro. Mientras que ni siquiera los grandes simios son capaces de hacer previsiones más allá de unos pocos minutos, el ser humano es capaz de aventurar lo que ocurrirá mañana, la semana que viene o dentro de un año. Esa capacidad de planificar nos ha dado una ventaja evolutiva impagable frente al resto de animales que pueblan el universo. Y nadie duda de que, en tiempos de mayor incertidumbre, nuestro cerebro necesite incrementar la recreación de futuros posibles con el fin de contener su ansiedad. Acostumbrados como estábamos a que nuestras pequeñas vidas fueran seguras y predecibles, nos aterra la perspectiva de un futuro borroso. Y nuestra incomprensible soberbia, la de una especie que apenas lleva unos segundos sobre la faz de la Tierra, nos lleva a gritar cada vez más alto nuevos pronósticos. Como si el universo estuviera escuchando.

Sin embargo, todo tiene un límite. Porque la generación de tantos escenarios como personas que tienen acceso a tribunas públicas tiene un efecto secundario que no resulta menor: la angustia de tener que sujetar una situación ya de por sí complicada a la vez que el temor por el futuro se incrementa. La consecuencia inmediata de esta plaga de futurólogos no genera sino más estrés sobre el estrés e impide algo tan plausible como necesario, y es concentrarnos en vivir el presente de la manera más sosegada posible.

No sabemos lo que ocurrirá mañana. Esta es la única verdad. Por tanto, si bien en sí mismo no es dañino hacer alguna cábala sobre lo que nos acontecerá, es evidente que no es esto lo que debería ocupar la mayor parte de nuestra mente, como tampoco debería serlo el relato inacabable sobre la crisis. En lo que deberíamos estar centrados, más bien, es en aprender de ella. En hacernos fuertes y sabios. En reconquistar nuestra interioridad para preguntarnos sobre nosotros mismos en particular y sobre el ser humano en general. En lo que deberíamos estar ocupados, en fin, es en abrazar a nuestros seres queridos, ahora que los tenemos, y en intentar hacer de este presente un espacio de serenidad en el que, a pesar de todo, merezca la pena vivir. 

NUEVOS TIEMPOS