El pan en las farmacias y las trombosis en Twitter

Para dudas sobre salud, te invito a que acudas a un centro sanitario para preguntarle a quien sabe para no llevarte sorpresas.

Para comprar el mejor pan, el horno. También puedes conseguirlo de urgencia en una gasolinera, pero no habrá sido dorado durante toda la noche con mimo.

Si necesitas poner gasolina, no se te ocurre ir a la frutería. Si te encuentras mal o necesitas asesoramiento sobre tu salud, puedes ir al horno, a la frutería o a la farmacia. Total, que las médicas pasemos demasiadas horas de nuestra vida estudiando, da igual. En tiendas, autobuses o estando en la playa puedes escuchar pautas de tratamiento que distan mucho de los protocolos o recomendaciones de la OMS, pero que le han ido muy bien a tu vecina y con eso vale.

En EE UU puedes comprar fármacos en supermercados, en nuestro país, por suerte, es en las farmacias donde se dispensan estos productos, aunque para ello tendrían que ser ponderados los beneficios producidos con los posibles riesgos. ¿Cómo es posible que antibióticos o anticonceptivos pueden adquirirse sin receta médica? En teoría para los primeros es imprescindible, para los segundos, no.

Sigo viendo mujeres en consulta que toman por su cuenta una píldora que yo tomé hace más de 20 años, haciendo “diana” con el acné y que dejó de tener indicación como anticonceptiva. Peor aún son las que llegan utilizando un método hormonal, contraindicado para ellas sin saberlo.

Dada la variedad de anticonceptivos existentes y lo diversas que somos las mujeres, es necesario estar bien asesoradas porque, por ahora, ellos se libran de tomar nada y sólo tienen que ponerse el condón para evitar las infecciones de transmisión sexual además del embarazo. Para mi sorpresa ya han venido unos cuantos hombres preguntándome por la pastilla para ellos, a la que nuestro compañero el Dr. Lertxundi bautizó como “el píldoro”, y entonces tengo que decirles que aunque fue un proyecto que inició su andadura, no llegó (ni creo que llegue tal y como va el mundo) a su meta.

En la farmacia no te van a preguntar si eres fumadora o si en tu familia ha habido algún caso de trombosis, tampoco te van a tomar la tensión ni a calcular tu índice de masa corporal antes de venderte una píldora u otra; y sí, es verdad que pueden aumentar el riesgo de trombosis, pero no mucho más que en una mujer no usuaria de anticoncepción. También es verdad que, como cualquier medicamento, puede tener contraindicaciones que el farmacéutico desconozca.

En octubre 2013, las Agencias Española y Europea de Medicamentos hicieron una revisión de la posible implicación de los anticonceptivos hormonales combinados (píldora, anillo vaginal y parche) con estrógenos y gestágenos, con los tromboembolismos, y el resultado no fue tan alarmante como algunos creían: Por un lado, la dosis de estrógenos utilizadas actualmente no implican los riesgos que sí tenían las primeras comercializadas en los años 60. En cuanto al gestágeno utilizado, la incidencia estimada por cada 10.000 mujeres durante un año de uso varía entre los 5-7 casos con Levonorgestrel o Norgestimato y los 9-12 casos con Drospirenona, Desogestrel y Gestodeno, por ejemplo.

El embarazo supone siempre un riesgo mayor de padecer una trombosis y si además, no es deseado, acabará engrosando las tasas de aborto que tampoco es un plato de gusto para nadie.

Antes de seguir las informaciones vertidas en redes sociales a pie juntillas, deberíamos ver si la persona que las firma es una fuente de la que podemos beber agua clara y cristalina. Con el bombardeo de datos que circula por la red, es necesario limpiarnos los cristales de las gafas y tener las neuronas bien sentadas para leer con criterio y decidir con la información precisa. Así que te invito a que acudas a un centro sanitario para preguntarle a quien sabe para no llevarte sorpresas.