El 'putinclub' va a la guerra

El 'putinclub' va a la guerra

Que algo estaba ocurriendo se sabía. Hubo al menos tres confirmaciones que se tomaron en serio, a pesar de los habituales pasotas de las evidencias.

Putin se reúne Anadolu Agency via Getty Images

Está claro que fue una ilusión óptica. Cuando casi por arte de encantamiento

desapareció el ‘telón de acero’ con la caída del Muro de Berlín, el mundo entró en una nueva fase. Las democracias habían ganado la ‘guerra fría’. La URSS se

volatilizó y los países de ‘soberanía limitada’, o ‘satélites’, vigilados con ‘mano de hierro’ por el Kremlin, fueron zafándose de aquella esclavitud mal disimulada. Qué paraísos son aquellos de los que la gente huye a borbotones y se cercan con alambradas.

“Es el fin de la historia”, proclamó eufórico el profesor Fukuyama. Muchos

pensaban lo mismo: extendido el certificado de defunción del comunismo real por la vía combinada del fracaso económico, social y político, las democracias liberales ya no tenían oponente. El futuro era de ellas. Fue un sueño que duró poco: siempre hay enemigos.

Mientras la historia cocía el lacón con grelos, el capitalismo, ya sin vigilancia, entró en un proceso de desmadre y llegó la gran crisis que explotó en 2007-2008. Y todo entró en la UCI. Salíamos de la zona de confort y de un mundo de certezas. En Europa teníamos fe en el europeísmo y en la unidad continental. Se pasó del ‘mercado común’ a la Unión Europea. Llegaron nuevos socios que venían despavoridos, necesitados de seguridad, desde el este. Sonreían con los aires de la libertad en unas democracias estables. Teníamos confianza en el ‘estado de bienestar’. Confiábamos ciegamente en que nuestros hijos vivirían mejor que nosotros y que no sufrirían ninguna gran guerra. La paz era el camino y el horizonte. Bendita ingenuidad. La OTAN había cumplido su papel. No habría más guerras en el solar europeo. Europa pasaría de ser escenario a ser protagonista.

Lo que era malo para el club de las democracias y las economías más avanzadas era excelente para la Nueva Rusia que en esencia es la vieja de toda la vida

Pero de repente las cosas cambiaron. La recesión fue la palanca que lo desequilibró todo. Y de las certezas pasamos a la incertidumbre. Nada de lo que creímos seguro estaba realmente a salvo. Las fuerzas oscuras continuaban su incansable trabajo. Todo se puso en cuestión. Las nuevas generaciones empezaron a vivir peor que sus padres a la misma edad. La propia democracia de Estados Unidos empezó a caer por la pendiente con la radicalización del Partido Republicano y la entronización de Donald Trump y el creciente y desmedido poder de las multinacionales zafadas de toda regulación. Una evolución loquinaria de aquel poderoso complejo militar industrial sobre el que advirtió el presidente Eisenhower.

Además, la URSS había desaparecido… pero no sus delirios imperiales ni su

fantasioso ‘derecho histórico’ a tener un ‘cinturón sanitario’ de naciones carne de

cañón.

Que algo estaba ocurriendo se sabía. Hubo al menos tres confirmaciones que se tomaron en serio, a pesar de los habituales pasotas de las evidencias. “No puedo predecir las acciones de Rusia —dijo el ‘premier’ británico Churchill—. Es un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma”. Sin embargo en el siglo XXI el camino de Vladimir Putin señalaba en una dirección: volver al pasado de gran potencia mundial. Para ello fue construyendo un régimen a la medida de sus ambiciones autoritarias. Los servicios de inteligencia occidentales encendieron las luces rojas al detectar proyectos en el ciberespacio para desestabilizar a Estados Unidos y a la Unión Europea y a cada uno de los aliados. Está fuera de duda su intervención para que ganara el Brexit. Lo que era malo para el club de las democracias y las economías más avanzadas era excelente para la Nueva Rusia que en esencia es la vieja de toda la vida. También está acreditada su intervención para la elección de Donald Trump, el tonto útil por antonomasia que fue dejando vía libre a los afanes expansionistas de China en el área de Asia Pacífico y en África, y hasta en Latinoamérica, y del Kremlin en su zona requisada de influencia… y más allá. Y el apoyo de Moscú a la extrema derecha. Nada nuevo bajo el sol o la oscuridad: Stalin pactó con Hitler. Ni el apoyo a los nazis convirtió en nazi al criminal comunista; ni el apoyo a los comunistas convirtió en comunista al criminal nazi.

Así llegó fue llegando la anexión manu militari y con bandera falsa de Crimea,

mientras Europa, aparentemente, estaba en sus peores momentos. Aparentemente, porque el plan de reconstrucción comunitario tras la pandemia demostró que el espíritu europeísta no solo no había muerto sino que como ha ocurrido anteriormente se fortalece ante la adversidad. Eso sí: al borde del precipicio. Eso ha preparado a los 27 para responder sin fisuras y con firmeza a la invasión rusa de Ucrania, buscando, ‘a mayores’, aumentar su poder e influencia, en suma, codearse con las otras tres superpotencias: China, EEUU y la Federación Rusa, por ahora, pendientes de India, que apunta maneras. Putin ha utilizado al enemigo exterior para embobar a su pueblo; pero lo que ha conseguido es un efecto boomerang. Hacer más fuerte y sólida a la UE, que no solo responde con determinación y prontitud al desafío inmediato, con ayuda en armamento a Kiev y sanciones severísimas, sino que se rearma para el medio y largo plazo.

El salvajismo de la ‘operación especial’ lanzada por Putin y su ‘putinclub’ de

oligarcas y de gobernantes palanganeros sí que ha sorprendido a las democracias occidentales. El desprecio a las ‘leyes de la guerra’ y el ensañamiento con la población civil…hace que se queden cortos los adjetivos. Calificativos como atroz, cruel, inhumano…son meros reflejos de la realidad. Es una muestra del salvajismo de ‘tierra quemada’. Literalmente.

Putin ha utilizado al enemigo exterior para embobar a su pueblo; pero lo que ha conseguido es un efecto boomerang. Hacer más fuerte y sólida a la UE

En realidad todos fracasamos en el análisis de lo que iba a pasar. Por lo general se creyó que las terribles amenazas eran pura bravuconería, que una guerra así tenía un coste, político y económico, que no se podría soportar. Que la población, que ya padecía los efectos de una crisis sistémica, no aguantaría nuevos sacrificios… ni la imagen de la llegada de cientos o miles de ataúdes con los cuerpos de sus soldados.

Frente a esto el ‘remedio’ fue el cerrojazo informativo. Una ley ad hoc convirtió las noticias verdaderas en noticias fake sujetas a cierres de medios y a multas

confiscatorias. Y a penas de cárcel. Lo que no se conoce, piensan los dictadores, no existe… pero sí existe. Internet ha cambiado el paradigma por mucho que se le pongan cortafuegos. No se acertó en el diagnóstico porque no pusimos en la ecuación el factor medieval.

No se contempló volver a normalizar la barbarie. No se consideró posible subir los escalones hacia la destrucción total: arrasar el delicado tejido de la civilización manufacturado colectivamente en estos últimos cien años: la I y la II Guerra Mundial. Desde la bayoneta calada y los lanceros polacos a los tanques alemanes y a la bomba atómica. El equilibrio que se consiguió con la aceptación de que el átomo garantiza la Destrucción Mutua Asegurada porque quien dispare el primer cohete inevitablemente recibirá su propia medicina. Confiamos en esas reglas del juego que nos garantizan la supervivencia. Pero Putin, antiguo espía de la KGB, ducho en desinformación y cinismo, ha desafiado hasta el sentido común, que es el compendio de las lecciones aprendidas a lo largo de la historia. Ahora está apresado en sus propia red.

Pero a todos los cerdos les llega su ‘sanmartín’. Hasta al porquiño de San Antón

alimentado por los vecinos del pueblo de Espasante, municipio de Ortigueira, en A Coruña, que al final acaba en el asadero.

En España, a pesar de los pesares, muchos y diversos, y del ridículo ‘persistente’, la izquierda radical, esa que está a la izquierda de los partidos eurocomunistas, a los que el método científico ha condenado a ser  socialdemócratas… busca alambicadas excusas para esta invasión de un estado soberano. La culpa, dicen, es de la OTAN y de EEUU y del capitalismo depredador. Lo cual puede tener algo de razón o no, si bien Rusia es actualmente una cleptocracia con una influyente ’corte’ de oligarcas. Pero quien ha sacado los cañones y anuncia hongos nucleares es la dictadura putinista.

Es muy curioso. ‘Podemos’, campeón en cachanchanadas y peronismo con decreto ibérico respalda la autodeterminación ‘fest’ en el estado español, pero no respeta la soberanía de una Ucrania libre. Un socialista de izquierda – izquierda avant la lettre como Pablo Castellano, destacado líder anti OTAN en el referéndum de 1986, lo tiene claro: “La OTAN —declara en el digital El Español’— ya no tiene por objeto provocar una confrontación. No dar armas a Ucrania es dejar al gorila pegar a la ancianita”. Ite misa est.

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Empezó dirigiendo una revista escolar en la década de los 60 y terminó su carrera profesional como director del periódico La Provincia. Pasó por todos los peldaños de la redacción: colaborador, redactor, jefe de sección, redactor jefe, subdirector, director adjunto, director... En su mochila cuenta con variadas experiencias; también ha colaborado en programas de radio y ha sido un habitual de tertulias radiofónicas y debates de televisión. Conferenciante habitual, especializado en temas de urbanismo y paisaje, defensa y seguridad y relaciones internacionales, ha publicado ocho libros. Tiene la Encomienda de la Orden del Mérito Civil.