POLÍTICA
10/07/2021 10:31 CEST

El plagio de Vox a Trump que copia hasta las amenazas a la prensa

El señalamiento al editor de 'El Jueves' inicia una nueva etapa en la tendencia que tiene el partido de Abascal para denostar a la prensa y atacarla cuando no le gusta lo que ve.

REUTERS
Santiago Abascal y Donald Trump.

Vox tiene a la prensa en su diana. No es nuevo, sino más bien costumbre, viene siendo así desde el inicio de su andadura política, pero su estrategia se va sofisticando y agravando conforme avanza el tiempo y gana espacio en las instituciones. Ha pasado de las quejas genéricas por supuestas tergiversaciones, inexactitudes o afinidades ideológicas lejanas a su agrado a acusaciones directas contra profesionales y medios, con sus consiguientes vetos y bloqueos.

Esta semana, el partido de ultraderecha ha cruzado la línea roja que le quedaba: instigar a sus seguidores contra el editor de la revista satírica El Jueves, señalado con su nombre, su apellido y su dirección de trabajo, tras la publicación de unas viñetas sobre la “Pandilla Voxura”. “Es posible que muchos (...) le empiecen a exigir responsabilidades cuando le vean salir de su despacho de la Diagonal de Barcelona”, dice el señalamiento.

Ese plan de comunicación no es en absoluto espontáneo, fruto de un enfado concreto, sino una estrategia planificada y que les renta. Agitar el avispero y marcar al que creen adversario y hasta enemigo. Tampoco es original: los de Santiago Abascal están copiando la comunicación del expresidente de EEUU, Donald Trump, que rechazaba los medios tradicionales con altas dosis de victimismo, se volcaba en las redes sociales para controlar hasta la última palabra de sus mensajes, jugaba con la visceralidad, con las emociones y los mensajes fáciles y marcaba distancias con los partidos con experiencia de gestión. 

A Vox no le está yendo mal. A la prensa, desde luego, sí, el artículo 20 de la Constitución se resiente. Cuando dio el salto a la política nacional, el partido de extrema derecha ya hizo hasta una lista negra de medios y profesionales con los que sus mandos no podían hablar, informadores a los que también vetó la entrada a su sede y que estaban fuera de los canales de comunicación institucional de la formación. Trump lo hizo en varias ocasiones, pero la fortaleza de las asociaciones periodísticas del país impidieron ese bloqueo tanto en eventos presidenciales como en los del Partido Republicano.

La CNN tiene un proceso abierto en los tribunales por dejar a su corresponsal en la Casa Blanca sin acreditación, tras lo que la mano dura de Trump se suavizó un poco. Sin embargo, la crisis del coronavirus elevó de nuevo su tono y llegó a atacar directamente a al menos ocho periodistas de los medios NBC, ABC, FOX, CNN, PBS y CBS. Ha llegado a amenazar con la cárcel por filtraciones y la presentadora del programa 60 Minutes, Lesley Stahl, sigue aún hoy bajo protección debido a las amenazas de muerte recibidas después de que Trump abandonase una entrevista y luego la acusara de “prejuicio, odio y la mala educación”.

Tras el rechazo-marco (que ha afectado, por ejemplo, a medios del Grupo PRISA, como El HuffPost), vinieron los ataques a informadores, a los que en sus redes sociales se ha acusado de manipulaciones y faltas de rigor de forma directa, con sus nombres y cuentas, lo que ha hecho que sufran oleadas de ataques por parte de los seguidores de la formación. En su estrategia de “todos los periodistas son malos”, han golpeado por todos lados, por el flanco más progresista y por el más conservador, poniendo motes y regodeándose de las imágenes de abucheos a la prensa en sus actos de campaña. 

Hasta llegar a la estrella en la puerta contra el editor de El Jueves y presidente de RBA, Ricardo Rodrigo Amar. La Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) ha denunciado este hecho como un intento de “intimidar” a los periodistas y Reporteros Sin Fronteras (RSF), por su parte, avisó de que Vox está cruzando “los límites legales”, “no solo los éticos, que hace tiempo que ignora, sino los legales”, avisa. “Cuando se hacen estos señalamientos hay descerebrados que lo utilizan para atacar, golpear y, en algunos casos, asesinar. Esperemos que no llegue a este caso”, advierte su presidente, Alfonso Armada. A ellos se han sumado numerosas voces críticas desde formaciones políticas, aunque por ahora tanto el Partido Popular como Ciudadanos han guardado silencio ante la agresión.

Inspiración norteamericana

Lo que hace Abascal contra los medios encuentra inspiración en EEUU, en la campaña trumpista que inició en 2015 y en su posterior desarrollo durante la pasada legislatura en la Casa Blanca. Una línea copiada por mandatarios de otros países, como Brasil, Polonia o Filipinas, populistas aupados o consolidados durante la crisis económica de 2018 que, en su afán por desmarcarse de lo conocido, también han ido a por la prensa.

Como explica el analista norteamericano Brian Tashman, de la Unión Americana de Libertades Civiles (ACLU), que ha ido documentando sistemáticamente los ataques de Trump contra la “desagradable” prensa, hay una serie de puntos esenciales en esta estrategia antimedios. El primero es que estar contra la prensa se convierte, entre su gente, “en un mérito”. La pelea con los medios vende, los periodistas caen regular -si vale el eufemismo- y el victimismo cala. Ya instalados en ese caballo ganador, toca deslegitimar el trabajo de la prensa, por eso empiezan “las denuncias de manipulación, el encono contra grandes grupos y el señalamiento directo a periodistas”.

“Este tipo de políticos no necesitan a los grandes emporios mediáticos, porque su mensaje no va por las vías tradicionales. Se apoyan en las redes sociales, que controlan al 100%. Se jactan de ser outsiders y nunca olvidan golpes a los medios clásicos cuando raramente van a ellos”, indica. 

Abascal, como Trump, es igualmente poco dado a las ruedas de prensa, se mueve mejor mandando mensajes en Twitter o convocando actos con militantes y simpatizantes, en los que la prensa apenas tiene espacio y se confunde físicamente con la clá. Es parte de la “pérdida de respeto”, otro de los fenómenos documentados por Tashman. Y lo que no se respeta no se teme. 

En cuestión de contenidos, hablamos de una comunicación muy orientada a afianzar las ideas de los votantes y a movilizar a los que aún no han decidido su voto. La victoria de Trump en 2016 “se logró en gran parte por la movilización de los indecisos” y en ellos encontró Vox un granero importante en las elecciones autonómicas de 2018, las primeras en las que accedió a un parlamento.

Los análisis de la UCLA señalan que se hace especial énfasis en segmentar los mensajes, para un público muy variado, con cuentas por territorios (no hay más que entrar en Twitter para ver cuántas hay, de pueblos y de provincias), lo que demuestra un buen conocimiento de los ciudadanos a los que se dirige. La idea es “controlar el ciclo informativo” de principio a fin, generando contenido que a veces tiene “apariencia de noticia sin serlo”, poniendo en las redes debates que distraen, desvían la atención o sirven para sondear y retratar a los demás partidos.

Da igual si es con datos falsos, como el cartel de los menores no acompañados en Madrid, o con propuestas a veces poco guisadas, como pasó inicialmente con el pin parental. Se lanza, se debate, se concentra la atención. Ir a contracorriente o a destiempo también funciona, como cuando todos los partidos se ponen la bandera multicolor por el Orgullo LGTBI y ellos se vanaglorian de dejarse sólo “la bandera que une a todos lo españoles”, la oficial.  

Todo eso se azuza mejor en las redes, “porque se refuerzan las convicciones propias de una manera que no se logra con la prensa independiente, no de panfleto. Es importante el peso de lo emocional, de las posiciones de blanco o negro, sin matices, y de la militancia. Por eso algunas personas en EEUU sintieron que debían emprender una cruzada contra medios o presentadores que no gustaban a Trump y aparecían denostados en su Twitter con frecuencia. Es la época de la postverdad y de los hechos alternativos, expresión que salió de la Casa Blanca”, ahonda. 

Los datos de seguimiento de Vox en redes como Instagram superan a los de partidos más antiguos como el PSOE o el PP. En esa red tienen 648.000 (más los 817.000 de Abascal), en Facebook cuentan con 466.000 (más 501.000) y en Twitter están en 443.000 seguidores (más 597.000 de su líder). 

El evangelizador 

Justo esa expresión, de tanto éxito en las masas trumpistas y de tanto bochorno en medios periodísticos, salió del asesor principal de Trump en cuestiones de prensa, Steve Bannon. Fue uno de los fundadores de la página de noticias extrema derecha Breitbart News, un sitio que se convirtió en un lugar de reunión de los seguidores de Trump, que contribuyeron a su victoria en las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 2016.

Bannon, tras salir malparado de EEUU, instaló su cuartel general en Italia. Europa, en general, ha sido un campo abonado para este tipo de comportamientos, que violan de inicio los principios fundacionales de la Unión, pero “el auge de la extrema derecha” y “la falta de respuestas políticas clásicas” llevaron a un crecimiento que, en España, protagoniza Vox. 

No ha habido trabajo directo de Bannon con Vox para sus campañas, cómo sí ha sucedido con Matteo Salvini o Marine Le Pen, con los que ha habido mensajes comunes trabajados y debatidos. Sí está reconocido que en 2018 el exasesor republicano -luego encarcelado y perdonado por su amigo Trump- mantuvo reuniones con Rafael Bardají, actual integrante del Comité Ejecutivo Nacional de Vox y antiguo asesor de José María Aznar. “Bannon apuesta por Vox para España”, publicó el partido en su web.

Bardají ha confesado en varias ocasiones, no obstante, que Bannon les ofreció “su aparato tecnológico para moverse por redes sociales con los mensajes adecuados, probar ideas y hacer una campaña electoral al estilo americano”. De ahí vienen estrategias del inicio de su despegue, como el pago de algunos post en redes, sobre todo sobre seguridad, inmigración o feminismo, el recurso a vídeos de impacto, la guerra en el barro con periodistas y el refuerzo en foros. Un plan que ha hecho cuajar Manuel Mariscal Zabala, con técnicas como el “microtargeting de comportamiento” para conocer la psicología de las personas al consumir o votar o el análisis fino de datos.

Igual que Bannon puso a Trump la muleta de un medio propio creado con la forma de los de siempre pero muy alejado del verdadero periodismo, Vox es hoy propietario de un periódico. Es dueño del digital La Gaceta de la Iberosfera, perteneciente al Grupo Intereconomía, adquirido por la Fundación Disenso el 12 de octubre de 2019 y con Abascal entre los patronos. Usa el dominio de la antigua Gaceta de los Negocios, hundida y con impagos a trabajadores pendientes.  

The Movement, que es como se llama la especie de club para partidos de ultraderecha que reciben el apoyo y asesoría de Bannon, tiene una oficina en Bruselas desde la que hacen labores de lobby. En ella han declinado valorar si Vox se ha puesto recientemente en contacto con ellos, o a la inversa, para trabajar sobre principios comunes. ¿Entra dentro de sus apuestas para formar una Internacional del alt-right, de los partidos de extrema derecha, populistas o nacionalistas? La única respuesta es: “su balance es exitoso”. 

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