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'Fast Fashion', la segunda industria mas contaminante del planeta

Os invito a reflexionar sobre esto último la próxima vez que abráis vuestro armario, y evidentemente la próxima vez que salgáis de compras…

El mundo de la moda y de la industria textil está lleno de voces que se alzan a favor de la sostenibilidad y que ponen en valor actividades sostenibles que llevan a cabo sus distintas marcas, empresas o grupos de interés.

Aunque el modelo de negocio y explotación sigue siendo bastante linear, el 97% de los recursos que cada año toma la industria son nuevos, y por tanto escasos. El volumen de materiales reciclados que se integra en la cadena de suministros es el resto: un paupérrimo 3%.

Hay un dato todavía más dramático, el 73% de la ropa y tejidos que es desechado cada año termina en vertederos o incinerado, impactando así de forma directa la capa de ozono, a través de emisiones nocivas de CO2.

Entre 2000 y 2015 se duplicó el volumen de moda producida a nivel global, y se espera que entre 2015 y 2030 ese volumen aumente en un 50%. Es decir que se espera que el impacto en toma de recursos y derivado de la manufactura aumente en esa proporción aproximadamente.

En ese mismo periodo, el uso de prendas se redujo en un 25%. Es decir, que se produjo y se consumió el doble para usarlo menos, con lo que el impacto hasta el 2030 se estima que será de 62% más de desechos generados.

Ante esta situación, hay que hacer algo, ¡hay que actuar ya!

Y todos podemos hacer algo al respecto, sin esperar a que empresas, organizaciones de todo tipo y gobiernos se decidan.

Los principales retos para ‘circularizar’ y racionalizar la industria de la moda son: una obligada reducción en el consumo de recursos, la eliminación de procesos contaminantes y la gestión inteligente de desechos.

En cuanto al consumo de recursos, podemos dividirlos en dos principalmente: energía y agua.

La energía se utiliza principalmente en el proceso de manufactura y en el transporte: hablamos de un negocio global en el que las mercancías viajan tanto o más que los recursos, encareciendo su coste y aumentando su huella medioambiental, al menos en emisiones de CO2. Muchas empresas del sector tienen planes para recuperar y reciclar energía en sus procesos productivos pero, no es el caso cuando hablamos de transporte, dado que la única alternativa es reducir los trayectos, lo cual encarece el producto final, ya que la mano de obra barata vive y trabaja allí donde está, y no se mueve.

En cuanto al agua, se dice que al menos son necesarios 7000 litros de agua para cultivar el algodón necesario para confeccionar unos jeans (pantalones vaqueros). Esta cantidad de agua puede mantener hidratado a su propietario durante más de 10 años.

Os invito a reflexionar sobre esto último la próxima vez que abráis vuestro armario, y evidentemente la próxima vez que salgáis de compras…

“Recordemos, somos lo que comemos… ¡microplásticos!”

Con respecto a la contaminación, esta se concentra principalmente en dos momentos, los dos vinculados a la fase productiva, pero uno de ellos impacta cuando usamos las prendas. Me explico: en el proceso de teñido de tejidos, en la mayoría de la industria se dan baños de color a los tejidos, contaminando el agua de los ríos adyacentes en muchos casos. Algunos estiman que el 20% del agua contaminada como resultado de actividades industriales proviene de este proceso concreto dentro de la industria textil.

El proceso de acabado de muchos tejidos incluye productos químicos que ‘se supone’ mejoran las cualidades del producto final, aunque en muchos casos lo que hacen es alterarlo temporalmente. Esos productos se liberan durante los primeros lavados que llevamos a cabo nosotros los consumidores: al meter esas prendas en la lavadora, estas desprenden microplásticos y microfibras que terminan de nuevo en los ríos y en los océanos. Se estima que para el 2025, es decir a la vuelta de la esquina, habrá una tonelada de plástico por cada tres toneladas de peces, y si no hacemos algo por cambiar estas tendencias, para 2050 el ratio será de 1:1. Podemos intuir que la cantidad de microplásticos crecerá en baremos similares, afectando de forma sustancial a nuestra cadena alimenticia. Y recordemos, somos lo que comemos… ¡microplásticos!

El volumen de desechos que generamos los humanos es cada vez mayor. Gestionamos muy mal el plástico (aunque aquí hay una concienciación mayor con campañas del estilo de: vivir sin plástico, banplastic, etc…) y los desechos textiles, ya que no hay procesos óptimos para la gestión del inmenso volumen que termina en vertederos o incinerado. Ello impacta sobre todo a zonas desfavorecidas donde enviamos nuestros desechos para no tener que verlos ni sufrir su deterioro paulatino o inmediato con su incineración. Es un comportamiento muy poco responsable con el medioambiente y con aquellos que viven cerca de estos campos de almacenamiento e incineración.

A la hora de buscar soluciones, debemos repensar lo que hacemos, no solo las empresas involucradas, sino los consumidores, ya que formamos parte de la cadena de valor. Debemos reutilizar y dar segundas oportunidades a todo aquello que poseemos. No disponemos de crédito infinito de recursos, y algunos ya escasean. Por último, debemos asegurarnos de que reciclamos tanto cuanto podamos, evitando generar huella medioambiental.

Seguiremos…