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07/12/2019 09:24 CET | Actualizado 07/12/2019 09:24 CET

'Foodie Love'

Isabel Coixet nos brinda la posibilidad de degustar la serie que ha cocinado a fuego lento entre la comedia y el drama.

Desde 2009 resuena en mi cabeza, como un mantra, “Wish you hard” de La Flamme, con la espectacular voz de Stefanie Ringe; si no la conocen, les diré que es el tema central de Mapa de los sonidos de Tokio. Cada vez que la escucho recuerdo no solo esta excelente película, sino a Isabel Coixet, la cineasta que decidió ir contracorriente y abjurar de toda frontera humana y artística. 

En su primera ficción seriada, Foodie Love, Coixet ha vuelto a conmocionarme como lo hizo, hace una década, con su particular mapa tokiota. Porque Foodie Love es un alegato a los placeres sensuales que se inician con el arte culinario, pero no se limitan exclusivamente a él. Y es que la gastronomía, deleite generalizado sin patrón ni bandera, vehicula ocho capítulos que parecen entregados por completo al disfrute del arte del buen comer, siendo, en realidad, un pretexto para realizar un recorrido existencial que muestra lo que es, y lo que significa, ser humano en la era de la postverdad.

Todo comienza con una mujer (Laia Costa) y un hombre (Guillermo Pfening), cuyas cicatrices amorosas encuentran su fuente de salvación en Foodie Love, una aplicación para amantes de la gastronomía que, aprovechando la seducción del estómago, propone llegar al corazón.

Ambos se presentan recelosos, repletos de expectación e incertidumbre; con miedo, intentan ofrecer la mejor versión de sí mismos (a pesar de sí mismos), en un continuo tira y afloja entre las expectativas generadas y su propia fragilidad. El racionalismo de él, un punto afligido, contrasta con la emocionalidad y reserva de ella, siempre enigmática. A lo largo de su recorrido, de sus aciertos y de sus muchos errores, ambos encuentran puntos comunes a los que asirse, al tiempo que la intimidad parece acrecentar aquello que les separa. Algo falla, pero no saben qué.  

A pesar de sus reiterados intentos por mantener las formas, con el tiempo ambos sucumben a sus propias pulsiones, iniciando un recorrido por los sentidos acompañados de un sinfín de personajes secundarios que alcanzan el prodigio con Agnès Jaoui, Natalia de Molina, Greta Fernández o Yolanda Ramos, entre otros muchos.

Uno de los mayores aciertos de Foodie Love es, sin duda, que condense la generalidad de los títulos de Isabel Coixet; cualquier espectador mínimamente versado en su cine encontrará innumerables referencias a títulos como Cosas que nunca te dije, Mi vida sin mí, Elegy, Elisa y Marcela, La vida secreta de las palabras, Mapa de los sonidos de Tokio e incluso Ayer no termina nunca. Y es que, en efecto, para los protagonistas el pasado, aquel ayer categórico, no termina nunca, aunque la idea que les persiga tenga la evocadora presencia de “La gran ola de Kanagawa​” de Katsushika Hokusai.

Isabel Coixet nos brinda la posibilidad de degustar la serie que ha cocinado a fuego lento entre la comedia y el drama, con un final sorprendente y un auténtico homenaje a todo su arte.

Con Foodie Love, Isabel Coixet se consagra (lleva tiempo haciéndolo) como una autora esteticista de primera magnitud, con un control impecable del ritmo, de la escenografía y del arte. Su tratamiento del rojo es tan notable como lo fue en su día el de Vincente Minnelli o el de Zhang Yimou en La linterna roja. Ni qué decir tiene que el montaje del siempre preciso Jordi Azategui, y la exquisita dirección de fotografía de, entre otros, Jean-Claude Larrieu (sin olvidar a Natasha Braier, Jennifer Cox o Nils Dalmases), impregnan de ese estilo ineludiblemente coixetiano a toda la producción.

Junto a todo el arte visual y sonoro que implica la serie, y el magnífico aparataje técnico que despliega, Foodie Love es, ante todo, Laia Costa y Guillermo Pfening, dos actores honestos, llenos de verdad, con los que resulta imposible no empatizar. El modo en que subliman el espíritu del guion de Isabel Coixet es incuestionable, sugiriendo, a través de su mirada, tantos interrogantes, llantos y sonrisas. 

Con ellos descubrimos cuál es el mejor ramen fuera de Osaka, por qué nadie debe dormirse con aquellas películas de William Powell y Myrna Loy; cómo es la experiencia de ver Annie Hall en el cine o por qué los españoles comemos tarde para alargar el día, frente a la madrugadora Europa y Robert De Niro en Érase una vez en América. Y sí, por supuesto, aprendemos arte culinario, con ellos disfrutamos de cócteles y cafés; leemos filosofía en una heladería, degustamos una joya de chocolate y una espiral hipnótica, mientras esperamos que a la mañana siguiente los protagonistas puedan compartir un croissant, aunque nunca sea perfecto. Con ellos descubrimos los destinos insospechados del lemon curd y que los crepes en una food truck pueden ser lo mejor de toda Francia.

Con su estética urbana, tan favorecedora con nocturnidad y alevosía, y su excelente banda sonora, Isabel Coixet nos brinda la posibilidad de degustar la serie que ha cocinado a fuego lento entre la comedia y el drama, con un final sorprendente y un auténtico homenaje a todo su arte. 

Y sí, es la causante de que, incluso dentro de una década, Kamasi Washington y su “Truth” vayan a resonar en mi cabeza como un nuevo mantra. 

 

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