Hacía calor

Hacía calor

Francisco Franco. DE AGOSTINI PICTURE LIBRARY via Getty Images

Aquel 18 de julio cayó en sábado, y Madrid luchaba por no derretirse en un verano sofocante.

Aún faltaban dos días para que llegaran los tiros a la capital, cuando el pueblo asaltó el Cuartel de la Montaña.

Hasta ese momento, los madrileños anduvieron por tascas, callejas y mercados, esperando las noticias que voceaban los  periódicos o el engolado soniquete de la radio; ardiendo de impaciencia, liando cigarrillos de cuarterón o masticando la colilla del Farias que guardaban, con avaricia, desde el almuerzo, mientras, ingenuamente, pensaban que aquello no iba a pasar de humo de pajas. 

¿Cómo cabía imaginarse que vendrían tres años de fuego y cuarenta de cenizas?

EL TABACO MATA

—Te lo digo de corazón. Tengo el barrunto de que esto no va a salir bien —y, contrariado, apretó el puño como para ordeñar—. Hazme caso por una puta vez, Paulino. No vayas. ¿Vas a andar por esas sierras perdido como un vagamundo? —y señaló el horizonte. 

—¿Perdido? —le interrumpió—. Venga ya, no seas bolo; sabes que yo me oriento como los murciégalos. ¿Te acuerdas de aquel perro que me se despistó en Talavera y que volvió a los seis días? Pues eso.

—No me jodas. ¿Es que somos perros?

—No, claro que no. Los perros no fuman. ¿Qué quieres, que apechuguemos otro mes sin tabaco cuando tengo haces —y abrazó el aire— apolillándose en mi troje? Y de paso —guiñó un ojo— le caliento el bujero a mi parienta.

—Ni así lo entiendo, Paulino. Te arriesgas a que te hagan uno en la sien. Que hay mucho trecho en ir y venir. Y eso si vuelves —sentenció—, que ya sabes cómo anda el monte de revuelto. También son ganas, Paulino, de meterse  en un avispero. Total, unos meses más, tiramos fumando hojarasca, que las jaras abundan y papel tenemos. Tú no vas por tabaco, cabeza loca, sino por la parienta. A ti lo que te pierden son las bragas. Ya lo decía el sargento Grelos: “Tira más pelo de coño que maroma de barco”.

—Ahora el papel que vale es éste —y le mostró, a él, que tampoco sabía leer, el salvoconducto firmado por un oficial tan sobrado de estrellas como falto de nicotina—. No me seas calzonazos, Sebas —rezongó Paulino—. Si no pudieron con nosotros ni los lobos ni… ni el cura. Así que, primo, si no quieres nada para los tuyos, yo… carreterita y manta.

—Y encima desarmado —confirmó Sebastián pasándole revista.

—Hombre, llevo la cabritera —malició entre risas y palmeándose el bolsillo. 

Sebastián sintió un escalofrío al presentir que esa risa mellada podía ser la última. Y, firme como un chopo, haciendo visera con la mano, vio como Paulino, decreciendo, traspasaba la última loma, lamida por un sol mortecino.

¿Tabaco? Pues no hace que no fumamos. Pero nos sobran balas.

Sin otra brújula que las viejas estrellas, serpenteando por trochas, esquivando los pueblos (no así sus huertos, que le premiaron con pepinos y frutas tempranas), abrevando en veneros de alimañas y refrescando en ellos los pies que, de tan inflamados, apenas cabían en sus botas raídas, ante la aldea más próxima a la suya (un rebaño de casas arracimadas con sus fumadoras chimeneas que le incitaron a avivar el paso) exhausto y resignado, decidió pernoctar donde unos parientes.

—Mal nos haces llegándote aquí, Paulino, que en los pueblos todo se sabe.

—Qué quieres, prima, no me daba el cuerpo para más. Y no he desertado, Antoliana. ¿Tú me ves pinta, mujer? Que he venido con permiso para pillar el tabaco que tengo guardado, que en el frente no nos queda ni para fumar. ¿No tendrás un pitillo por ahí? —suplicó—. Yo te remuevo el ajocano —dijo señalando la sartén.

—Tabaco en esta casa… si algo había se lo llevó tu primo cuando se alistó. Por cierto, ¿sabes algo de él? Desde San Blas no me ha escrito.

—No, mujer. Sé que anda pegando tiros por esos andurriales, pero en otro batallón. Estate tranquila, que él sabe cuidarse.

Ella suspiró, frotándose las manos, mientras exclamaba:

—Tú remueve, que yo voy a ver si la mujer de Venancio me da alguna colilla. ¿Te ha visto alguien?

—No… bueno, me topé con el chaval del esquilador.

—¿Tijeritas?  Ná… Ése es un cacho pan.

—También vi a Bonifacio de lejos. Quise taparme con las chaparras, pero ladró su perro y… dudo que me reconociera.

—Yo no lo dudo —zanjó Antoliana sin disimular un gesto de incomodidad.

—Al Boni lo hacía en el frente.

—Hasta ayer, que vino con un brazo averiado.

Paulino se quitó las botas. El placer cruzó el límite del dolor cuando dejó de sentir la presión sobre los callos y las ampollas.

—¿Me pones una palangana de agua caliente con sal antes de irte? Y mira a ver si te agencias algo de vino.

—¿Vino? ¿Con el ajocano?

—¡Pá chasco! Y pan con las migas, si se tercia.

—Hijo, pides más que las monjas.

—Esas ya no piden.

Cuando Paulino metió los pies y sintió el cosquilleo de los granizos de sal, el alivio trepó por sus piernas y espalda hasta llegar a la nuca. La caricia del agua le transportó al arroyo de su infancia, cuando pisoteaba renacuajos en los charcos cenagosos o atrapaba en las pozas indefensos barbos.

En tan refrescantes cavilaciones dio alguna que otra cabezada, hasta que la puerta golpeó, astillándose, contra la pared enjalbegada.

Bonifacio irrumpió en el cocedero pistola en mano. Paulino ni se inmutó.

—Tranquilo, Boni, que no es lo que sospechas —farfulló.

—¿Tranquilo dices, comunista de pacotilla? Tú vienes aquí dispuesto a pasarte, cacho cabrón. A mejor vida vas a pasar, hijo puta.

—Déjame que te explique, coño, y baja el hierro.

—¿Explicarme? Suerte tienes que no te selle la bocaza con las trébedes. Si ya lo dijo Líster: traidores y desertores, ni para estercolar. ¿Así vamos a ganar una guerra, me cago en los santos?

—Mira —y, sin sacar los pies de la palangana, se giró sobre el banco de corcho para alcanzar la guerrera—, aquí tengo el salvaconduto, cojones…

—¿A mí con papelajos?

Y, arrebatándoselo, lo arrojó al fuego. El mugriento papel flotó como una hoja muerta antes de posarse sobre la leche pimentonada del ajocano.

—Al menos, paisano, ¿no tendrás un pito?

Y se llevó dos dedos mojados a los labios.

—¿Tabaco? Pues no hace que no fumamos. Pero nos sobran balas.

Y la detonación rompió el tartamudeo de las gallinas.

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He repetido hasta la extremaunción que soy cocinero porque mi primera palabra fue “ajo”. Menos afortunado, un primo mío dijo “teta”, y hoy trabaja en Pascual. En sesenta años al pie del fogón (Viridiana ya ha soplado cuarenta velas) he presenciado los grandes cambios, no siempre a mejor, de la hoy imparable cocina española. Incluso malician que he propiciado alguno. En otros campos, he perpetrado cuatro libros de los que no me arrepiento (el improbable lector lo hará por mí). Fatigué también a los caballos de carreras retransmitiendo éstas durante varios años por el galopante mundo. He desperdigado una reata de artículos de variado pelaje y escasa fortuna. También he prestado mi careto para media docena de cameos, de Berlanga a Almodóvar, hasta que comprendí que mi máxima aspiración como actor podría ser suplantar al hombre invisible. En mi lejano ayer quise ser jockey, pero la impertinente báscula me disuadió. Y por mi parte basta que, como sentenciaba un colega, “es incómodo escribir sobre uno mismo. Mejor sobre la mesa.”