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05/06/2019 07:35 CEST | Actualizado 05/06/2019 07:35 CEST

La negación de la identidad como identidad (el "hombre invisible")

Por eso hablan de “masculinismo” en vez de machismo...

Cuando se comienza afirmando con una negación se termina negando con afirmaciones que no son verdad, es la única manera de encajar la incongruencia de quien busca algo sin mirar a los ojos de la gente ni a la realidad social.

La masculinidad define que “ser hombre es no ser mujer”, y, claro, con ese principio no se puede ir muy lejos sin tropezar en las propias incongruencias de quienes niegan la evidencia con falsas afirmaciones que presentan a las mujeres como inferiores, incapaces, menos inteligentes, más perversas… para así situarse ellos en una posición superior y justificar los privilegios que disfrutan, no como una injusticia, sino como algo consecuente a unas diferencias que inventan y amplían hasta convertirlas en desigualdad social.

Lo que sorprende es que cuando se está dispuesto a elaborar toda una cultura desde esa visión masculina para organizar la sociedad y la convivencia dentro de ella, y cuando después se crean estructuras, partidos, instituciones… para defender su creación, al final se niegue esa posición ideológica y vital que da sentido a toda esa construcción que se aplica a diario y se reivindica cada día.

Es lo que ocurre con el machismo, que defiende toda su elaboración cultural y las identidades de hombres y mujeres definidas sobre ella (siempre con la condición masculina como referencia y pivote para todas las demás), pero luego sus protagonistas niegan ser machistas, incluso se muestran ofendidos cuando se dice que ese planteamiento que defienden y aplican es machismo. Ocurre igual, por ejemplo, con la derecha y la ultra-derecha, posiciones que comparten una serie de ideas, valores, creencias, estrategias, prioridades, visiones… dentro de un planteamiento conservador en el que los elementos y las propuestas alcanzan una mayor o menor intensidad, pero siempre dentro de esa posición ideológica de derechas, pero luego la niegan para decir que la derecha no es derecha, sino “centro-derecha”, y la extrema derecha no es extrema derecha, sino simplemente derecha, o sea, “centro-derecha”.

Son capaces de crear otros espacios de disimulo para esconder sus planteamientos, por eso hablan de “masculinismo” en vez de machismo.

La situación es tan absurda que, además, la negación es múltiple, pues es desde esas posiciones conservadoras desde las que más se crítica la Igualdad y las políticas de género, lo cual conduce a una doble negación que lleva a muchos a no reconocerse como “machistas de derechas”, ni como “ultra-machistas de extrema derecha”, como luego se aprecia de forma nítida en sus planteamientos políticos y en su posicionamiento social. Y para que no parezca que lo son, como cuentan con el poder que les ha dado la historia, son capaces de crear otros espacios de disimulo para esconder sus planteamientos, por eso hablan de “masculinismo” en vez de machismo, o de “igualdad real” en lugar de Igualdad, o, como hemos indicado, de centro-derecha en vez de derecha.

Y como tercer paso de su estrategia, el primero es la “negación” y el segundo el “disimulo”, está el “ataque directo” a las ideas, posiciones y planteamientos que cuestionan su identidad ocultada. Y para ello intentan utilizar el mismo tipo de elementos que se dirigen de forma crítica hacia su posición, pero en sentido contrario. Esa es la razón para que desde el machismo hablen de “hembrismo” o que desde la derecha y la extrema derecha llamen a las posiciones progresistas como “extrema izquierda” o “izquierda radical”. Evidentemente, no se quedan ahí e incorporan otros calificativos a su ataque, como escuchamos a diario cuando hablan de “feminazis” o de “destructores de la patria, la familia, el orden natural”…

Es la estrategia que han impuesto quienes cuentan con espacios de poder: “negación, disimulo y ataque”. Primero niegan que ellos son lo que son, después, ante la evidencia de sus posiciones, ideas, prioridades… disimulan creando nuevos espacios que ayudan a camuflarlas y a confundir para que la normalidad creada sobre sus referencias continúe como tal. Y, finalmente, atacan de forma directa a las posiciones contrarias utilizando, paradójicamente, los argumentos críticos frente a las suyas pero en sentido contrario y agresivo.

Esa es la razón para que desde el machismo hablen de “hembrismo” o que desde la derecha y la extrema derecha llamen a las posiciones progresistas como “extrema izquierda” o “izquierda radical”.

Y todo ello sin reconocerse como machistas ni como de derechas o de extrema derecha. Si tan convencidos están de sus ideas y valores, ¿por qué no los reivindican con claridad y desde esas posiciones que tanta importancia tienen, según ellos, para el bien de la sociedad? No lo hacen porque saben que son posiciones injustas de poder desde las que se beneficia a una parte de la sociedad a costa de la otra, por eso entienden que las críticas cambiadas de signo son válidas como insulto y como ataque, porque su propia posición levantada sobre la desigualdad insulta y ataca a la convivencia y a la democracia. El ejemplo es claro, si no entendieran que “machismo” es una crítica basada en la realidad social, no intentarían utilizar “hembrismo” como ataque.

Es parte de la realidad-ficción que vivimos, mucho más sorprendente que la ciencia-ficción de las películas y novelas, pues en esta sociedad no hace falta desaparecer para ser “hombre invisible”. ¿Qué mayor negación de la realidad que esa?: lo que se ve es mentira, y lo que no se ve también.


Este post se publicó originalmente en el blog del autor.

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