Así estamos cambiando el olor del planeta: en las zonas más contaminadas, una polilla detecta una flor a solo una cuarta parte de la distancia de antes
La comunicación química de la que dependen miles de especies está en riesgo.

La contaminación deja huella mucho más allá del aire que respiramos. Mientras sus efectos sobre la salud o el clima son cada vez más conocidos, la ciencia empieza a descubrir que también está cambiando el olor del planeta. Y ese fenómeno, imperceptible para la mayoría de las personas, puede alterar la forma en que plantas e insectos se encuentran, se alimentan y garantizan el equilibrio de los ecosistemas.
Un creciente número de investigaciones alerta de que las emisiones procedentes del tráfico, la industria y la agricultura están alterando los aromas naturales de flores y plantas, poniendo en riesgo la comunicación química de la que dependen miles de especies. Un cambio silencioso que puede afectar a procesos esenciales como la polinización, la reproducción o la búsqueda de alimento, con consecuencias en la biodiversidad y el funcionamiento de los ecosistemas.
Uno de los datos más llamativos procede de un estudio publicado en Science, que concluye que, en las regiones con mayor contaminación atmosférica, una polilla puede detectar el olor de una flor a solo una cuarta parte de la distancia a la que lo hacía antes de la era industrial. La causa está en contaminantes como el ozono y el radical nitrato (NO3), que degradan en cuestión de segundos parte de las moléculas responsables de los perfumes florales.
La importancia del aroma
Los científicos comprobaron además que, cuando el aroma de las flores se altera, las visitas de los polinizadores nocturnos caen alrededor de un 70%, lo que reduce las posibilidades de reproducción de las plantas y limita el alimento disponible para insectos esenciales para los ecosistemas. A largo plazo, este efecto puede desencadenar un desequilibrio en las cadenas ecológicas de las que también depende el ser humano.
Más allá de las polillas, el problema también afecta a abejas, abejorros, mariposas e incluso otros insectos utilizan el olfato para encontrar alimento, localizar pareja o identificar su entorno. Si esas señales químicas desaparecen o cambian, la polinización de cultivos y plantas silvestres puede verse comprometida, con consecuencias directas para la biodiversidad y la producción de alimentos.
Los expertos advierten que la contaminación sensorial es un desafío todavía poco estudiado, pero cada día más evidente. Aunque las mejoras en la calidad del aire han reducido algunos contaminantes en determinados países, el aumento global del ozono y otros compuestos oxidantes mantiene la presión sobre estos delicados sistemas naturales. Por ello, reforzar las políticas de reducción de emisiones y revisar el uso de determinados productos agrícolas será clave para evitar que el planeta pierda su aroma.
