‘Ronejo’ y la movida teatral del siglo XXI

Una comedia como muchas de las que se ven en el cine español reciente, el de consumo y palomitas que tanto divierte a los menores de 35.
‘Ronejo’ en el Teatro de la Abadía, Madrid.
‘Ronejo’ en el Teatro de la Abadía, Madrid.

Ya están aquí. Vienen fuertes y pujando las nuevas generaciones teatrales. Esas que reivindican el teatro fundamentalmente como diversión, como en los ochenta lo hizo con el cine y el pop con la movida madrileña. Una diversión para jóvenes, como lo es el cine o las series de televisión. En la estela de La llamada, el musical de Los Javis que no hay quien saque del Teatro Lara. Es en este contexto en el que aparece Ronejo de Rulo Pardo, que con mucho acierto y desparpajo programa el Teatro de la Abadía.

Lo confirma la gente que acude al estreno. Mientras los de siempre se agolpan y se pegan por una entrada en el estreno de Una noche sin luna, otra biografía de Lorca, en el Teatro Español, los modernos y los que están en la pomada y la movida teatral actual, que va a ser la movida madrileña del siglo XXI y sino al tiempo, se agolpan en el Teatro de la Abadía para disfrutar de Ronejo.

¿Por qué? Porque Rulo Pardo es diversión asegurada acompañada de música de su tiempo. En este caso con esta extraña historia. La de un experimento científico en el que, aprovechando una pandemia, ¿no suena a algo reciente?, se pone una vacuna a la población que ¡oh! permite inocular un conejito rojo que va dejando publicidad en los sueños de los que fueron vacunados. De tal manera que no, que no quieres una Coca Cola, que tú tienes sed y es el conejo el que lo detecta y te estimula a comprar una Coke o la marca que haya pagado su inoculación. Por ejemplo, si quieres un coche, el conejito te dejará un anuncio de General Motors.

Y como esos productos de tebeo, cómic o manga gamberro, esta historia tiene todo lo que hay que tener. Un malo malísimo, el Dr. Arthur, un científico ultraliberal con amplias conexiones con la escuela de Chicago que, como ya saben los que hayan visto Shock 1 en el Centro Dramático Nacional, son unos malos malísimos. Un héroe protagonista, Eduardo Martín Felguera, un ‘pringao’ de barrio que provee de servicios soft sadomaso para bujarrones ancianos. Una heroína, una outsider, ciberactivista y hacker, vendida a una multinacional, aunque el sueldo no le da más que para vivir en una mínima buhardilla muy abuhardillada llena de tecnología de aspecto cutre. Y un conejo rojo que está alojado cerca del hipocampo de Eduardo Martín Felguera. Ah, y Siri, ese device de inteligencia artificial que ya no puede faltar y que tanto placer, incluso sexual, es capaz de dar.

Personajes interpretados por actores con competencia, sobre los que reina, indiscutiblemente, Carmen Ruíz. Capaz de construir a la cibreactivista hacker feminista de cuidado, broncas y ruda, en la que es capaz de instilar, no se sabe muy bien cómo, algo que permite sentir, más que entender o comprender, por qué el protagonista está enamorado de ella hasta las trancas y más allá. Interpretación por la que debería empezar a aparecer en las quinielas de los premios teatrales.

Intérpretes que se mueven por una escenografía más bien naif o ingenua, incluso pobretona. Que recurre a la serie B y al cómic underground y sus secuelas para imaginar. Es decir, para crear imágenes. Cuando no directamente a Ibañez y sus mortadelos y filemones. Dando a la producción un aspecto de provisionalidad y de mundo por mejorar.

Con todo lo anterior, Rulo Pardo crea una singularidad en el teatro. Una comedia juvenil española como muchas de las que se ven en el cine español reciente. Ese cine de consumo y palomitas que tanto divierte a los menores de 35, que son los que predominan en este estreno. El tipo de películas que nunca salen en las nominaciones a los Goya, aunque sus actores protagonistas siempre sean convocados a la alfombra roja y a dar premios, pues son los que molan. Un cine que tanto horroriza a los padres y abuelos de esos jóvenes. Más que nada porque se encuentran desplazados y no entienden ni de qué se ríen sus pequeños ni por qué lo hacen.

Un teatro hecho para que los jóvenes llenen sus butacas. Las “okupen” motu proprio, porque este es su tipo de teatro y desplacen, aunque solo sea por un tiempo, a sus mayores. Para que ni siquiera tengan que ir acompañados con la solemnidad de los que van a celebrar un acto cultural. Sino por pura diversión. Para ir con los colegas y generarles recuerdos de una tarde compartida. Una buena alternativa a esas otras diversiones que les ofrece el mercado en el que viven. Mucho más sana, mucho más divertida, porque se ríen de ellos mismos y porque se ríen del mundo que les ha tocado vivir, desde su perspectiva, desde su punto de vista.

Teatros sorprendentes