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09/06/2019 09:19 CEST | Actualizado 09/06/2019 09:19 CEST

'Yo Claudio', la ópera como tendencia

No espere quien vaya a oírla grandes riesgos o el recurso a las nuevas tecnologías...

Centro Cultural Miguel Delibes

El común tiende a pensar que la ópera es un espectáculo elitista. Los precios de las entradas, sobre todo los de butaca de patio, no colaboran a ver la ópera como algo popular, pues pueden llegar a costar un tercio del recientemente subido salario mínimo interprofesional. A lo que se añade la presencia regular, al menos en los estrenos, de la pomada de todos los ámbitos. Desde la de papel cuché hasta la política pasando por la artística, la aristocrática y la de las finanzas, convirtiéndolo en algo aparentemente de y para ricos y famosos.

Sin embargo, no hay escena más popular e icónica de nuestra época a nivel global que esa en la que se ve a Julia Roberts, mejor dicho su personaje, diciendo que se meaba en las bragas cuando Richard Gere se la lleva a la ópera a ver La Traviata en Pretty Woman. Tampoco sería lo mismo de Hechizo de luna con Cher y Nicholas Cage sin La Boheme. Y si lo anterior induce a pensar que solo afecta a las películas femeninas, por ser románticas, que se estrenaban en aquellas sociedades sexistas de los ochenta o noventa (porque ahora no lo somos ¿verdad?), hay que recordarles esas películas para hombres, o así se pensaba entonces, que son Apocalipsis Now con la walkiria wagneriana a todo trapo y El Padrino con la Cavalleria Rusticana y el asesinato en la escalinata de la ópera de Palermo.

Se puede concluir que la ópera es un género más popular de lo que parece. Se componen muchas más óperas de las que se piensa aunque no todas llegan a estrenarse. Por eso los Estados Unidos que votan a Trump están llenos de teatros de ópera. Teatros ávidos de estrenos y que están dando compositores operísticos populares como son Jake Heggie del que se pudo ver en Madrid, gracias al Teatro Real, Dead Man Walking. Versión operística de la película Pena de muerte a la que el director artístico del teatro madrileño definió como una ópera que se incorporaría al repertorio de nuestro tiempo. Si se consultan todos los lugares en los que se ha representado, se representa o se representará no le falta razón.

En el congreso internacional de teatros ópera que se celebró en Madrid en dicho teatro el año pasado la queja, fundamentalmente de los teatros norteamericanos, era la dificultad para encontrar buenas historias para la ópera de hoy en día. Es decir, consideraban que tenían suficientes compositores pero no libretistas. Reunión que aprovecharon para reclamar una renovación en los argumentos como la que ha sufrido la televisión gracias a los guionistas de Netflix y HBO.

No espere quien vaya a oírla grandes riesgos o el recurso a las nuevas tecnologías.

Es en este contexto en el que se hace el estreno absoluto de la ópera Yo Claudio en el Centro Cultural Miguel Delibes de Valladolid en una versión semiescenificada. Ópera que parte de los conocidísimos libros de Robert Graves, gracias a la serie televisiva que se hizo a partir de ellos, sobre el historiador y emperador romano Claudio. Una persona siempre enferma y con discapacidad física al que se le veía como débil, como que no fuera rival, lo que le salvó del asesinato por envenenamiento y de la traición que corrían entre sus familiares y amigos como la pólvora. Un personaje que soñaba con volver a implantar la república romana de ciudadanos libres. Libros adaptados y musicados por Igor Escudero, un compositor iconoclasta de la llamada música clásica contemporánea. Obra a la que le ha puesto historia, es decir libreto, Pablo Gómez. Algo que ha hecho en inglés, lo que seguramente facilitará el acceso de esta obra a esos mercados anglosajones ávidos de óperas con historias.

Un esfuerzo, pues componer una ópera siempre lo es, que no ha tenido repercusión en los medios. Tal vez por la gira que va a tener después y que la llevará entre otros sitios al Auditorio Nacional de Música de Madrid, uno de los epicentros musicales del país, donde muchos críticos la podrán oír. Un estreno que debido al calor que hacía en la capital de Castilla y León invitaban al relax y la ropa veraniega de la que hicieron gala los asistentes a esta ópera semiescenificada. Personas que casi llenaron de un estilo casual en el vestir el bonito auditorio creado por Ricardo Bofill en una ciudad en la que no hay tradición operística.

Centro Cultural Miguel Delibes

¿En qué se ha concretado el esfuerzo realizado por este equipo? Se ha concretado en una ópera muy tradicional en sus presupuestos artísticos. Tanto en lo musical como en el aspecto de texto dramático. No espere quien vaya a oírla grandes riesgos o el recurso a las nuevas tecnologías. Lo único destacable es que al ser Claudio, el personaje principal, tartamudo la música y el canto son en algún momento los de la repetición de unas sílabas y unas notas.

Por tanto, es una ópera que se oye bien, que resulta agradable al oído, al menos tal y como la interpretaba Orquesta Sinfónica de Castilla y León, una orquesta que los aficionados a la música deberían seguir por su calidad. Una ópera que argumentalmente también se sigue bien pues tiene un comienzo, un nudo y un desenlace sin muchas digresiones o ensoñaciones. Claro, siempre que se tuviese acceso a los sobretítulos que se encontraban muy ladeados, pues la ópera es, como ya se ha dicho, en inglés y sabiendo inglés muchas veces no se entendía lo que se cantaba.

Tal vez lo que flojea más es la puesta en escena de Marta Eguillor. Esa grada senatorial tan difícil de subir y de bajar para los cantantes por sus altos escalones, en la que los sienta cuando no tienen papel. O esa simpleza de sacar de escena a los personajes a medida que se iban muriendo. O hacer de la muerte una sempiterna presencia gracias a una actriz vestida estilo zombi en el escenario. O algunos de los materiales usados para el vestuario ¡ay es traje rojo brillante y plasticoso de Calígula que siempre se le está subiendo!

Por contraste, las dos grandes esculturas de hombres apoyados en el suelo no cansan. Y el marcar el cambio de tiempo y de acto cambiando el color de los trajes son recursos teatrales y eficaces. Aunque la mejor decisión que ha tomado, es que hace que los cantantes adquieran una actitud corporal al cantar, como el brazo en flexión de Claudio o el que muchos personajes no lleven calzado, pisen directamente el suelo. Eso influye más de lo que se piensa en el canto, porque es desde ahí de donde se canta y se cuenta, desde donde los cantantes actores interpretan.

Por tanto, se está ante una propuesta muy concreta con un claro posicionamiento artístico ¿vintage? que no puede dejar de tener alguna traza de la música actual, influencias de bandas sonoras o de minimalismo. Todo lo anterior la convierte en una apuesta por el público masivo de este tipo de espectáculos que pide predominantemente un estilo musical específico y cercano a las óperas más representadas. Así como piden historias, fundamentalmente tragedias, en eso se diferencian poco del público masivo del cine y de la televisión, tal vez sean el mismo. La propuesta que se acaba de estrenar no da para mucho más. Ni para más, ni para menos.

 

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