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25/09/2012 08:07 CEST | Actualizado 24/11/2012 11:12 CET

Los que creen y los que no creen

Los sentimientos religiosos, en muchas personas, calan de manera tan profunda en su cerebro que una posible mofa a sus creencias puede ser percibida como una violación al sentido último de su existencia.

No hace mucho, a raíz de la publicación de mi libro sobre Dios (El Dios de cada Uno. Alianza Editorial. Madrid 2011) me hizo una entrevista Javier López Rejas en la Revista EL CULTURAL. Y entre sus muchas preguntas me hizo la siguiente. "¿Puede llegar a ser el fanatismo religioso una enfermedad mental?" Sin duda pregunta siempre vigente y caliente y más en estos días de revueltas en torno a la figura del profeta Mahoma como consecuencia de la publicación de un vídeo muy difundido en Internet y, ahora mismo, con las caricaturas publicadas por una revista satírica en Francia. En cualquier caso mi respuesta fue la siguiente. "No. Salvo excepciones, como en todo, pues la conducta de estas personas en su contexto cultural -ahogados o no de religión- es normal y coherente con su familia y su entorno social".

Lo cierto es que los sentimientos religiosos, en muchas personas, calan de manera tan profunda en su cerebro que una posible mofa a sus creencias puede ser percibida como una violación al sentido último de su existencia. Piénsese que el sentido de la vida cotidiana en mucha gente en el mundo se alimenta del fuego que proporciona el cerebro emocional, sustrato último de las creencias en lo sobrenatural. Y de ahí la fe. Y de ahí, en entornos difíciles y culturalmente angostos, la fe unida a la esperanza en los seres sobrenaturales con cuya ayuda poder sobrevivir. Precisamente lo que más daña a todo ser vivo es la violación de ese código verdaderamente sagrado que guarda el cerebro desde hace cientos de millones de años y que no es otro que el de mantenernos vivos. Por eso cuando hay un insulto a la intimidad del sentido de la vida, que precisamente es vivirla, las reacciones emocionales se disparan.

La descarga emocional es como un fuego que independientemente de su origen, prosigue y se potencia y se expande de una forma anárquica. Se trata de mecanismos cerebrales que trabajan y se desarrollan ya por sí mismos y que interpretan el insulto, cualquiera que este sea, como una amenaza, un peligro, y ante el cual se responde con agresión y hasta violencia, ese aliado perverso de la agresión "tan humano". Estos mecanismos cerebrales se ponen en marcha ante cualquier amenaza, bien sea física e irracional como un perro rabioso y mordedor o un ser humano insultante contra una idea de lo sobrenatural. Y esto último tiene el determinante último en la educación social recibida desde el nacimiento y la cultura en que se vive. Precisamente estas reacciones, acorde a las culturas en que se vive, pueden llevar a un diálogo cómodo o una discusión acalorada, o en un grupo de individuos, empujarlos hacia una violencia desatada con destrucción y muerte.

Quizá debiéramos saber, y cada vez es más claro para los estudiosos del cerebro, que la fe religiosa obedece, en muy buena medida, a la disposición emocional de los cerebros, del cerebro de cada ser humano. Y hoy es claro que las personas nacen, por ponerlo de alguna manera fácil, con cerebros con una disposición altamente emocional, otros con menos y algunos con apenas resonancia emocional. Y que esta disposición es la que les lleva más o menos fácilmente, supuesto un determinado entorno familiar y cultural, a dejarse abrazar también más o menos férreamente, por el pensamiento animista y mágico de lo sobrenatural. O dejar a un lado todo lo concerniente a la religión. O ser religioso sin Dios. O volverse profunda y determinadamente ateo.

Todo esto me lleva finalmente a recordar una de las máximas, tan relevantes en este contexto, de nuestro Santiago Ramón y Cajal cuando dijo "si eres heterodoxo o escéptico, no te mofes de los sentimientos religiosos de nadie" (¿Está nuestro cerebro diseñado para la felicidad? Francisco Mora Alianza Editorial Madrid 2012). Pues solo del respeto, del respeto profundo a las creencias, es que puede nacer la convivencia en ausencia de agresión y violencia. Bien es cierto que para que tal fuera completamente así, los sentimientos y las creencias religiosas debieran quedar dentro de cada uno y en diálogo personal con el dios de cada uno y no salir de esa intimidad personal ni tampoco imponer o aleccionar a nadie, ni como persona ni como institución. Pues precisamente son las religiones institucionalizadas y sus políticas las que, al final, enfrentan a los individuos unos contra otros. Y para comprobarlo solo hay que repasar un poco la historia o mirar al frente en estos días.

Y algo más añadido. Y es que todo esto nos debiera llevar también a reflexionar en torno a la idea última de ese sentimiento de religiosidad profunda (que no religión) universal que tienen todos los seres humanos, sean judíos, cristianos, budistas, agnósticos, ateos, taoistas o musulmanes. Es ese sentimiento último y caliente de infinito que nace en la naturaleza humana. Y esa religiosidad, precisamente por ser común a todos los seres humanos y guardada en el fondo de cada ser humano, jamás debiera enajenar a nadie. De esto último quisiera hablar en mi siguiente post.

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