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16/10/2012 10:12 CEST | Actualizado 15/12/2012 11:12 CET

Mario Conde o el neopopulismo de gomina

Mientras el cinismo de los partidos tradicionales se evidencia al compararles con su propia historia, el partido de Mario nace ya así, como cinismo puro. Cuando acusa de ladrones a los políticos, muestra hasta qué punto confía en que la gente no tiene memoria o que el cinismo vende.

Mario Conde necesitaba de alguien que le hiciera una semblanza, no merecía pasar tan desapercibido siendo candidato en las elecciones gallegas. Mi amigo Albert Perez Novell sugirió que la abordáramos conjuntamente y nos pusimos a ello.

Nos permite mostrar cómo será la política cuando solo los ricos se la puedan permitir, cuando sólo sea un espacio para la vanidad y el interés, cuando el vendaval de lo privado acabe con los principios públicos, cuando no pueda haber parlamentarios obreros porque salen muy caros, imposible pagarles un sueldo.

Nada de ideologías: defina sus contornos

Si en ese escenario no tan lejano, desea iniciar una aventura política, el nombre elegido es importante. En este caso, Sociedad Civil y Democracia sintetiza ya todo el substrato que transpira el discurso de nuestro exbanquero preferido. Se presenta como un partido diferente, por antipolítico, por rechazar lo que la clase política hace. Dice ceder el protagonismo al pueblo, pero le llama Sociedad Civil para alejarse de los tonos populistas. Con ello, hace un guiño verbal al 15M y a los movimientos ciudadanos que culpabilizan a la clase política, pero pronto se corrige y añade su "y Democracia" quizás para confundirse con UPyD, mimetizarse con el perfil fuerte de Rosa, la señora.

Su discurso no necesita raíces diferenciales ni singularidades ideológicas. Su programa es solo mezcla de un conjunto de mensajes obtenidos del papanatismo liberal y el recurso a símbolos tópicos y elementos emocionales tradicionales: unidad de España, orgullo patrio frente a imposiciones europeas, los partidos como nido de ladrones, el euro como forma diabólica que nos atenaza. Se presenta en Galicia, una de las llamadas Comunidades Históricas, y lo hace reconociendo que desea "suprimir el Senado o replantear el modelo de Estado y las comunidades" pero es algo que -afirma- "no es ni de derechas ni de izquierdas".

Parece un programa inspirado en el Tea Party pero esos chicos no le gustan. Le molesta su tono primitivo y simplón que no va con su figura pomposa. Su propuesta no es el populismo casposo del GIL de Jesús Gil ni quiere parecerse a Cascos en su Foro Asturias, ni augura el advenimiento de un partido neofascista, como los que pululan en Europa entre los bárbaros del norte. Nada de eso, en lugar de orientarse a crear un movimiento social masivo y popular, se aleja de él. Como ellos, aspira a recoger un voto antisistema, porque él, por si no lo sabían, presume de ser un banquero enfrentado contra El Sistema y reprimido por ello, pero, sin quererlo, acaba pareciéndose a Ruiz Mateos, crea un movimiento basado en sus mismas claves, espoleado por su imagen de truhán y señor.

Partidos: la política para influir

Como era previsible no ha conseguido el apoyo de los críticos del PP, no aspira a ganar, solo a influir para hacer negocios o, quizás, a blindarse ante riesgos futuros. Es un puro amago. Sabe que en España, como ocurre en EE UU con el partido republicano, es difícil construir un partido a la derecha del dominante; el sistema lo desaconseja. Es preferible influir desde dentro, mejor aprovecharse de que los populares, sobre todo desde que está Rajoy al mando, no tiene ideologia propia, ni liberal ni conservadora, es un catch-all party, un partido atrapalotodo, que externaliza sus principios: a la jerarquía eclesiástica su moralidad; a la TDT y la caverna mediática el ataque a la izquierda y al trinomio autonomías-nacionalismo-terrorismo; a los lobbies empresariales la política económica; a FAES, la estrategia. Lo suyo es gestionar los intereses e influencias de los grupos de poder que alienta.

Tomando de acá y de allá, lo suyo es otra experiencia única, un neopopulismo de gomina, un partido a su medida, financiado por él, en torno a él. No es tampoco "el putero" Berlusconi, prefiere mostrarse asexuado y religioso, singularmente místico, que defiende una mixtura entre masonería y catolicismo . O que nos cuenta cómo se financia el Opus Dei, aunque solo sea para atacar al Banco Popular y los Valls Taberner, responsables, dice, de la quiebra de "su" Banesto. Y es que, como Berlusconi, es fiel a sus enemigos privados: cuando tiene poder lo disfruta para combatirlos.

No líderes, figuras

Lo de Mario es pura vanidad. Mario, super Mario, ha construido un partido político en el que, desde el comienzo, el contenido se mimetiza con la marca, el programa con la mercadotecnia al más puro estilo manierista. Dice ser lo contrario de los otros partidos pero es una pantalla. La diferencia real estriba en que, mientras el cinismo de los partidos tradicionales se evidencia al compararles con su propia historia, una historia a la que poder traicionar, el partido de Mario nace ya así, como cinismo puro. Cuando acusa de ladrones a los políticos, muestra hasta qué punto confía en que la gente no tiene memoria o que el cinismo vende.

Su puesta en escena, su primer mitin de presentación ya apunta maneras. Lejos del encorsetamiento de los tradicionales líderes parapetados detrás de su atril, Mario utiliza el micro de mano y se mueve por el escenario en un formato mixto entre Steve Jobs y Chiquito de la Calzada, entre el brillo del ejecutivo exitoso y el remedo creativo del lenguaje de la calle. Equidistante de ambos, se aleja de la autenticidad que transmiten, garabatea sonidos, sin llegar a atraer, nunca gracioso, nunca popular. Quisiera tener un discurso urbano y moderno, como el de Obama, pero su misticismo nos recuerda más bien a Escrivá de Balaguer, aunque lejos de sus cotas de excelencia comunicativa.

Sin medios, no hay mensajes.

Volvamos a Berlusconi, al fin y al cabo su referencia de hasta qué punto el pasillo de la comunicación puede conducir al poder. Le gustaría ser, como él, simpático y comunicador febril pero es más serio y menos directo, más espeso y pegajoso. Su puesta en escena y su sustrato discursivo es distinto: no grita, es más amable y especialmente razonador pero confía en la capacidad de los medios, en su insistencia, para convertirse en un producto atractivo para los gallegos.

Siempre le gustó tener canales a su servicio, sin televisión no hay política para adultos. Él tiene el apoyo de Intereconomía que, para eso, es su accionista y su sustento. Por si no es suficiente, apuesta por las redes, veremos si facilitando la conversación con sus 75.000 seguidores en twitter o reproduciendo la lógica jerárquica y unidireccional del mensaje tradicional, como hace el PP. Lejos queda 1992 cuando el banquero Mario se hizo con el control de Antena 3 TV financiándola con fondos del banco, no de su bolsillo. Pero aquello era otra cosa, entonces aspiraba a presidir España, hoy solo a presionar al PP en un feudo en el que goza de hegemonía política. Presionarle quizás para, fiel a su faceta más canalla, sacar partido de ello. Todo tiene un precio. Tanto Mario como Daniel Movilla el otro impulsor del SDC y fundador tambien de Intereconomía, son "hombres razonables", provenientes del business y el marketing.

Así es Mario. Un hombre que nunca mira a los ojos y cuando lo hace da la impresión de no ser demasiado humano. No importa. Es justo eso lo que nos anticipa el rasgo esencial de la politica ficción, de la privatización absoluta de los mensajes.

Nota del editor: A petición del autor, en la frase "Es preferible influir desde dentro, mejor aprovecharse de que los populares, desde que está Rajoy al mando", tras la publicación del artículo se ha añadido "'sobre todo' desde que Rajoy está al mando".

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