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12/07/2014 09:57 CEST | Actualizado 10/09/2014 11:12 CEST

Toros como deportistas en San Fermín

Asumiendo su derrota, los toros se han rendido a la lógica deportiva. Así se pone de manifiesto en las vibrantes retransmisiones radiofónicas de los actuales encierros de San Fermín. Los dos o tres minutos de duración son intensos. Obligan a los locutores al esfuerzo de la palabra acelerada y rica de matices.

El deporte es ya algo más que un símbolo de la sociedad global. En buena parte, es uno de sus hacedores: los acontecimientos-espectáculos deportivos de alto nivel convocan desde hace años a las audiencias televisivas de todos los rincones del mundo. De esta manera, también hacían mundo.

El deporte se ha convertido en el espectáculo por antonomasia, de manera que está más cerca de la industria cultural, que del fair play o del olimpismo. Bueno, tal vez los Juegos Olímpicos fueron el primer producto de una industria cultural translocalizada, puesto que un solo punto en el globo terráqueo condensaba lo que se entendía, en cada momento, por civilización. Eran la condensación de la lógica civil, a partir de prácticas que simulaban enfrentamientos militares y combates cuerpo a cuerpo. El deporte ha sido y es la gran metáfora de la sociedad que hace la paz con entretenimientos que simulan guerras.

La cosa va más allá del propio espectáculo y de la propia competición, perseguida por los medios de comunicación hasta rozar la saturación. El seguimiento informativo de los deportes parece carecer de límites. Se come los telediarios, las portadas de los diarios escritos y digitales. Ya no se trata sólo de la retransmisión del combate, sino que se ha hecho producto de cada movimiento que rodea a la industria deportiva.

Es Estados Unidos el país que mejor gestiona social y económicamente el deporte. Las regulaciones de algunas de sus competiciones son ejemplares, como la de la NBA. Pero, sobre todo, destaca la comprensión de la dimensión espectacular de cada acto deportivo. Los partidos de béisbol, fútbol americano o baloncesto se extienden casi hasta el infinito. Hasta donde llega toda la publicidad del mundo, en sus retransmisiones. En los estadios, se almuerza, se bebe, se cena...

España no es una excepción en este proceso. Es más, puede decirse que se está poniendo a la cabeza de esta lógica, incluso a pesar de sus relativos recursos. Sobre todo, hay que destacar el salto cualitativo que ha dado la población de este país en la práctica del deporte. Es uno de los que más tiempo diario dedica a la realización de ejercicio. Como todas las medias y teniendo en cuenta el envejecimiento de nuestra población, indica que hay un sector de españoles, por debajo de los cincuenta, que ha hecho de la práctica del deporte un elemento fundamental en su vida: una fuente de identidad, un estilo de vida. A ello, han ayudado los medios de comunicación, una sociedad en la que el cuerpo es más que un mero soporte vital y el abaratamiento en la introducción a algunas actividades deportivas, tanto por el soporte privado -grandes cadenas de distribución de prendas y elementos deportivos a precios asequibles, ubicación de gimnasios en cada barrio- como por el soporte público, con la construcción de instalaciones para la actividad deportiva.

Sin embargo, en España, está la sombra del espectáculo de sol-y-sombra, de los toros, como gran oponente. Aun cuando algunos compatibilizaban toros y fútbol como afición, aparecían como opuestos, como pertenecientes a dos lógicas muy distantes. Uno a la tradición, como es la tradición democrática-moderna; y otro a la ultramodernidad de los ultracuerpos esculpidos para ganar décimas de segundo y milímetros a los competidores. Uno, producto del arte. El otro, cada vez más producto de la ciencia. Solo hay que ver cómo los equipos, con los equipos de fútbol a la cabeza, se llenan cada vez más de médicos. Dentro de poco, se anunciarán grandes fichajes de médicos o, en la foto de presentación de los futbolistas en los equipos, estará presente su representante y su médico. La química explora en el ejercicio hasta lo más profundo, inventa a mayor velocidad de la que la reglamentación e inspección protectora del juego limpio puede seguir.

No es que en el espectáculo taurino no haya ciencia. Está en el mimo de las reses bravas, con la genética y la nutrición veterinaria como columnas vertebrales. Pero parece a años luz de la investigación en el deporte, donde hay departamentos universitarios dedicados en exclusividad a proponer raquetas más manejables, bicicletas con menor peso o motores para ganar nanosegundos en los circuitos.

No es que el deporte se haya abierto a la Universidad, a la racionalización científica de los héroes. Es que la Universidad que quiere adaptarse a la sociedad ha comprendido la necesidad del deporte para su supervivencia. Solo así se explica el hecho de que las instituciones norteamericanas de estudios universitarios más prestigiosas admitan en sus aulas a mediocres estudiantes, con bajas calificaciones en Matemáticas o Historia, pero con sobresalientes marcas en los estadios, las piscinas o donde se lleve a cabo un registro deportivo. ¡Más vale zote corredor, que lumbreras escuchimizado!

Parece que los toros tienen la batalla perdida, si quieren enfrentarse al deporte. Son varias sus deficiencias comparativas en la sociedad presente. Baste nombrar dos: las dificultades obvias para su práctica extensiva y su casi nula mundialización, su condena a lo local. Por la primera, todavía puede pensarse en niños-de-posguerra queriendo salir de la pobreza -o simplemente de la mediocridad- queriendo ser grandes figuras del toreo; pero no en miles de corridas todos los fines de semana, en cada barrio. Es más, a los niños que piden a los Reyes Magos un traje de torero, en lugar de un traje de futbolista -prenda que es llamada traje exclusivamente en este contexto por su comparación-competición con la indumentaria taurina-, habría que hacerles un homenaje. El segundo déficit comparativo es tan obvio que apenas merece comentario.

Asumiendo su derrota, los toros se han rendido a la lógica deportiva. Así se pone de manifiesto en las vibrantes retransmisiones radiofónicas de los actuales encierros de San Fermín. Los dos o tres minutos de duración son intensos. Obligan a los locutores al esfuerzo de la palabra acelerada y, a la vez y por respeto a la propia cultura del toro, rica, llena de matices. Cobra la forma de un sprint. Todo un espectáculo que se mejora cada día. Solo una recomendación: estaría bien que el relato incorporara nombres, protagonistas individuales que vayan más allá de los protagonistas colectivos, sean éstos: pastores, corredores o manada. Por ello, propongo que se tenga en cuenta el nombre de los toros en la retransmisión, incluso de los cabestros o de los pastores pues éstos repetirán al día siguiente y podría el oyente familiarizarse. Identificaciones que vayan más allá de: "Toro negro" o "toro colorado". Incluso de los jugadores de los equipos de fútbol de países más pintorescos, cuando juegan con equipos españoles, los locutores se aprenden los nombres. Un respeto, por favor, con los toros.