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03/06/2013 08:14 CEST | Actualizado 02/08/2013 11:12 CEST

La burbuja narcisista y la política

Una duda razonable: dado que hay estudios científicos serios que sugieren que los grandes líderes políticos padecen más problemas de personalidad y enfermedades psíquicas que la población general, ¿no convendría que antes de ejercer sus cargos pasasen por un test de salud mental?

Las premisas:

1ª. Los expertos en psico-socio-logía aseguran que la posmodernidad se caracterizó por una expansión constante del concepto del yo (ego), por un proceso creciente de individualización, diferenciación y narcisismo social, una gran yoificación de la vida cotidiana, que en algunas personas concretas fue tan expansiva y frágil como una psico-burbuja. Pero la posmodernidad ha muerto, ahora estamos en la hipermodernidad. Todo es hiper-capitalismo, hiper-mercado, hiper-velocidad, hiper-comunicación: el mundo es una hiperburbuja, que se inflamó tanto que reventó, y ahora padecemos las consecuencias de su explosión.

2ª. Lo actual, más que una crisis económica o laboral, representa un agotamiento del modelo socio-eco-político. El modelo moderno (es decir decimonónico) de democracia partidista se mantuvo como pudo en el período posmoderno, pero ya no sirve, está obsoleto, corrompido y es ineficaz contra los hiper-problemas. Necesitamos otro nuevo, y para ello hacen falta líderes intelectuales, políticos, mundanos, que sean fuertes, constantes, valientes, éticos, capaces de abordar y resolver este hiperbarullo en que nos encontramos.

3ª. Hay muchos estudios científicos que demuestran que los grandes líderes, científicos, políticos, artísticos... ostentan rasgos peculiares de personalidad, ciertos modos de ser y comportarse colindantes con lo patológico. El más común es un elevado concepto de sí mismos, que les hace sentirse seguros ante los demás, llamados a dirigirlos, y destinados a fines elevados. Por eso muchos se meten en política, se presentan y los elegimos como nuestros pre-sidentes, les otorgamos un gran sillón para que se sienten al frente, en un escenario en que los contemplamos y admiramos. Eso significa la palabra pre-sidente.

4ª. El narcisismo social nace del individual. Es un rasgo psicológico evolutivo necesario para el desarrollo humano, que a los infantes les sirve para conocerse y reconocerse a sí mismos, y a los jóvenes para adquirir la seguridad para poder relacionarse, enfrentarse a las dificultades de la vida y prepararse para el futuro, cuando los problemas se conviertan en adversidades o amenazas. Luego, ya en la madurez, algunas personas logran convertir ese narcisismo primario en una elevada fuerza del ego, que les permite sentirse serenos, ecuánimes, firmes, constantes, impasibles, y capaces de resolver los conflictos internos y externos a los que se enfrentan. Ellos llegan a ser verdaderos líderes, que nos guían, ayudan, enseñan, protegen y perpetúan.

5ª. Frente a ese modelo adaptativo y saludable de narcisismo, estaría otro anómalo y peligroso, que ha sido muy bien enunciado en el llamado efecto Dunning-Kruger, que describe la relación entre vanidad y estupidez. El fenómeno fue estudiado por Justin Krugger y David Dunning, psicólogos de la Universidad de Cornell en Nueva York en 1999, y se basa en los siguientes principios: primero, los individuos incompetentes tienden a sobreestimar sus propias habilidades, y, segundo, son incapaces de reconocer las verdaderas habilidades en los demás. Padecen una psico-burbuja insustancial.

La coctelera político-mediática

Pues bien, lo anterior es el contexto, la red psico-socio-política en la que los comportamientos humanos adquieren sentido y significado. Pero ¿qué ocurre si mezclamos las anteriores premisas en la hipercoctelera de la política española y lo mostramos en la hiperpantalla mediática?

Ocurre que la mayoría de los personajes públicos se hunden en la nadería insustancial, burbujean efímeros y estallan, o se esfuman cenicientos sin dejar huella. No tenemos verdaderos machos alfa que nos dirijan, protejan, fertilicen y engrandezcan. Nos faltan los viejos líderes clásico-modernos con sus grandes relatos. En España, el liderazgo de Suárez fue amable, familiar, bondadoso, pero no grande, ni innovador, ni creativo. Los siguientes líderes, desde una perspectiva partidista periclitada, fueron González para unos y Aznar para otros. Pero hace años que carecemos de verdaderos líderes, y, sin embargo, nunca los hemos necesitado tanto. Los tiempos sencillos han pasado. Aquellos años de transición descuidada y acomodaticia, aquella espuma alegre y frágil tenía que acabar como acabó: burbujeando, inflamándose y explotando. En aquel contexto de narcisismo social era comprensible que ciertos personajes afectados por la misma dolencia expandieran desmesuradamente sus egos hasta acabar seduciendo al público ensimismado por sus brillos. No es extraño que algunos lo echen de menos y quieran regresar al pasado.

En esa coctelera socio-política se comprenden mejor las recientes actitudes y declaraciones de uno de aquellos viejos líderes burbujeantes, que además ha contado con el escaparate hipermediático, que, saciado y aburrido de tantos discursos crisantémicos, necesitaba chispas, brillos, ecos efímeros.

Pero la verdadera fuerza que necesitamos no es la de un líder burbuja con un ego inflamado, sino la de aquellos clásicos-modernos que ostentan las virtudes griegas por excelencia, el conócete bien a ti mismo y no hagas nada en exceso. Dos derivaciones de estas virtudes son el amor por la bondad y la sabiduría, y la capacidad de elegir, libre e inteligentemente, que son dos de las más necesarias en el momento actual. Esas virtudes nunca saldrán de líderes narcisistas posmodernos, sino de la energía de políticos fuertes, valientes, éticos, capaces de confrontar las adversidades, incertidumbres y riesgos del liderazgo político.

¿Un test para ser político?

Visto lo anterior, he planteado en varias ocasiones una duda razonable: dado que hay estudios científicos serios que sugieren que los grandes líderes políticos padecen más problemas de personalidad y enfermedades psíquicas que la población general, ¿no convendría que antes de ejercer sus cargos pasasen por un test de salud mental?

En efecto, algunos investigadores se han ocupado de psicoanalizar las biografías de grandes políticos históricos, otros han propuesto prototipos psicológicos de las personas que tienden a meterse en política, e incluso se han hecho recomendaciones sobre cómo debería ser el político perfecto. Pero no hay estudios científicos rigurosos sobre la salud mental de los que acaban siendo nuestros representantes. Y si no los hay es, una de dos, o porque nadie se ha atrevido a hacerlos, o porque ellos no se han dejado.

Obviamente no digo que los que padezcan alguna enfermedad mental no tengan derecho a ejercer como políticos, pero sí que si ellos son los que deben gobernarnos a las demás, ¿no deberían al menos demostrar que poseen la capacidad de gobernarse a sí mismos? ¿Y para eso no sería bueno que antes de jurar sus cargos pasasen obligatoriamente por un estudio psicotécnico y psicopatológico serio y riguroso? En fin, es solo una idea insustancial, pero quizá evitaría que padeciésemos las consecuencias de algo que Charles Darwin enunció perfectamente: "La ignorancia engendra más confianza en uno mismo que el conocimiento". Evitémoslo.