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06/03/2016 10:16 CET | Actualizado 06/03/2016 10:16 CET

¿Hay un teatro moderno de posguerra?

cargamento sueños¿Es posible que, en la posguerra tuviéramos ejemplos de un teatro moderno? Esa parece la pregunta que plantea Arte nuevo, el emocionado homenaje que se plantea en el Teatro Español al grupo teatral homónimo. Dos espectáculos de los años juveniles de Alfonso Sastre y Medardo Fraile.

¿Es posible que, en la posguerra, esos años de plomo y racionamiento, tuviéramos ejemplos de un teatro moderno? Esa parece la pregunta que plantea Arte nuevo, el emocionado homenaje que se plantea en el Teatro Español al grupo teatral homónimo.

Arte nuevo presenta dos espectáculos de los años juveniles de Alfonso Sastre y Medardo Fraile, quienes representaron obras en el Instituto Ramiro de Maeztu en la década de los 40. Primero encontramos Cargamento de sueños, de Sastre, con Miguel Ángel Muñoz (Man), Gary Piquer (Jeschoua) y Ana Carlota Fernández (Frau). En una segunda sesión, El hermano, de Fraile, con un sobresaliente Gary Piquer (el Padre, mejor que en la anterior), Miguel Ángel Muñoz (Pedro), Ana Fernández (la Madre), Ana Carlota Fernández (Lucía) e Irene Pozo (Juanita ). Ambas cuentan con la dirección del cineasta José Luis Garci, en su primera incursión en la dirección escénica.

La primera es una obra que bebe abiertamente del teatro épico brechtiano, aunque muy tamizado por la recepción de la narrativa de John Steinbeck y, sobre todo, del Thornton Wilder de Our town (nuestra ciudad) que, como reconoce el nonagenario autor, "tuvimos la fortuna de ver representado en el Teatro María Guerrero de Madrid". También puso a Wilder en 1943 el Modesto Higueras, primer actor que fuera de La Barracalorquiana, en el TEU, con el título de La pequeña ciudad.

El drama presenta tres personajes: Man (diminutivo de Manfred), que evoca los everyman medievales. Se encuentra en un escenario que se asemeja a un cruce de caminos en el EEUU rural con Jeschoua, y le cuenta la historia de amor y muerte que tuvo con Frau, a la que mató. La historia, delimitada a partir de una concepción esencialista, recuerda una especie de auto sacramental moderno, aspecto enfatizado en el cartel Ewigkeit (eternidad) que preside la acción. Es una obra anterior a Brecht y a Beckett y, por sus rasgos fundamentales, prelude el existencialismo de los 50. Sorprendentemente, se puso en escena en 1948.

La segunda pieza, un drama costumbrista con un duro trasfondo incestuoso, es quizá donde más se nota la mano del director en cuanto a la más que correcta escenografía de Sebastià Brosa. Una obra que permite entrever los aspectos más cotidianos y más duros de la España de la posguerra, anterior al estreno de Historia de una escalera, de Antonio Buero Vallejo, con la que tiene mucho en común.

En ambos casos la realización es correcta, no hay grandes errores de actuación, y la sensación que dejan es de una producción limpia y seria de un teatro, el estudiantil, que destacaba sobremanera en aquella España gris.

Aunque no se diga abiertamente, no queda duda que el homenaje que se plantea en el Español (con carta abierta de Sastre al director Pérez de la Fuente incluida) es el de la reivindicación de aquella gente de teatro que hizo brillar las tablas en los años de plomo. Para conocerlos mejor, nada más recomendable que la serie Documentos para al Historia del Teatro Español, del Centro de Documentación Teatral.

Nos hemos acostumbrado a pensar en los 40 como un espacio yermo de cultura. Por poner un par de ejemplos señeros, Gregorio Morán titula su análisis de la vida (y circunstancia) de José Ortega y Gassett como El maestro en el erial. Siguiendo la misma idea, Jaume Claret y Miranda describe el "atroz desmoche" que no dejó títere con cabeza en la universidad española posfranquista. Esta "derrota de la modernidad" informa el volumen de historia de la literatura española que cubre de 1939 a 2010, en los que hacen comenzar la "restitución de la "modernidad a partir de los 60.

El teatro estudiantil de la posguerra es, claramente, una excepción. El 1 de marzo de 1948 se estrenaron a la par estas obras, que conectan abiertamente con la tradición anterior española y que se abren a las corrientes europeas del momento. Pero esta modernidad (imposible, por discontinua) tiene una historiografía también en los teatros nacionales: además de Our town, de Thornton Wilder, Luis Escobar pondría Huis-Clos, de Jean-Paul Sartre, y Cocktail party, de T.S. Eliot, en el María Guerrero. Cayetano Luca de Tena dirigió Historia de una escalera en 1949 en el Español, como corresponde por la obtención del Premio Lope de Vega.

La renovación de la escena tuvo a los artenovistas como protagonistas: un teatro moderno para los años de plomo.

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