Héctor, de Gijón a la campiña inglesa: "Compré almejas aquí y la calidad es mucho peor, no es la misma"
Habla de la comida como un vínculo emocional difícil de sustituir.

Cuando uno se muda al extranjero, hay muchas cosas que extraña: la familia, los amigos, los paisajes conocidos… pero pocas cosas golpean tan directo como la comida. Ese sabor de siempre y el olor que nos transporta a casa se convierte en un recordatorio constante de lo que dejamos atrás. Y para quienes deciden empezar una vida lejos de su país, esa nostalgia culinaria puede sentirse aún más intensa.
Esa sensación la conoce bien Héctor, un ingeniero gijonés que cambió el norte de España por la campiña inglesa en busca de nuevas oportunidades. En su día a día en el Reino Unido, entre el trabajo y sus entrenamientos de running, ha aprendido a adaptarse a un entorno muy distinto al suyo, pero reconoce que, por encima de todo, lo que más echa de menos es la comida de casa, especialmente cuando intenta recrear sabores tan suyos como los del marisco asturiano.
Esa reflexión la comparte en una entrevista reciente en el canal ‘Lonely Heroes’ de YouTube, donde repasa su experiencia viviendo en el Reino Unido y cómo ha sido su proceso de adaptación lejos de España. Además de hablar de su nuevo día a día en el país inglés, cuando le preguntan por el marisco de su tierra, no duda: en Asturias las almejas, las navajas o el centollo forman parte de la gastronomía habitual.
Una metáfora de la migración
A lo largo de la entrevista, Héctor va desgranando pequeños detalles de su vida en el Reino Unido que reflejan esa distancia con lo cotidiano de su tierra. Habla de la comida como un vínculo emocional difícil de sustituir. "Compré almejas aquí y la calidad es mucho peor, no es la misma", asegura, dejando claro que, más allá del precio o la facilidad para encontrarlas, lo que realmente echa de menos es ese sabor que le conecta directamente con su casa y su forma de vivir.
En este contexto, recuerda cómo en España está acostumbrado a pagar entre 35 y 40 euros el kilo, frente a las 5 o 10 libras que cuestan allí. “No están mal, pero no es lo mismo”, concluye, evidenciando que la diferencia no está solo en el precio, sino en la calidad y en esa sensación difícil de explicar que convierte una comida en algo familiar y que es imposible replicar del todo lejos de casa.
Esta reflexión no es solo una queja culinaria, sino que funciona como una metáfora de la migración: uno puede instalarse en un nuevo lugar, aprender sus códigos y hasta integrarse, pero siempre habrá pequeños detalles que recuerden de dónde viene. Héctor explica que cocinar platos españoles le ayuda a mantener ese vínculo con su origen, especialmente cuando echa de menos el sol, la playa y la forma de vivir de su tierra.
