Paula, profesora de educación: "Algunos padres temen que sus hijos se queden atrás si no usan pantallas"
“Los niños pequeños no necesitan pantallas, sino la vida real”.

El uso de pantallas como tabletas y teléfonos móviles en la crianza de niños pequeños se ha convertido en una práctica cada vez más habitual, especialmente entre familias agotadas por las exigencias del día a día, que recurren a estos dispositivos como una solución rápida para entretenerles, calmarles o distraerles.
Sin embargo, esta tendencia preocupa a expertos en educación y desarrollo infantil. Paula Bleckmann, profesora de Educación en Medios de Comunicación en la Universidad de Alanus, advierte de los riesgos de introducir pantallas a edades demasiado tempranas y señala el miedo a que sus hijos “se queden atrás” si no utilizan dispositivos digitales.
Padres arrepentidos
El debate ha vuelto a cobrar fuerza tras la publicación viral de Amanda Hooper (@amanda.hooper), una madre estadounidense que confesó en Instagram arrepentirse de haber dado una tableta a su hijo cuando era un bebé.
“Estábamos agotados y la tableta parecía una estrategia de supervivencia”, reconocía. En los comentarios, muchos padres compartían sentimientos similares, relatando problemas de rabietas, falta de concentración o dificultad para gestionar las emociones tras el uso de pantallas. Otros, en cambio, aseguraban haber evitado deliberadamente los dispositivos y notar ahora una mayor capacidad de atención en sus hijos.
El síndrome AADDA
Para Bleckmann, el problema es claro: “Los niños pequeños no necesitan pantallas, sino la vida real”. Según explica al medio Frankfurter Rundschau, durante los primeros años de vida el desarrollo cerebral depende en gran medida de las experiencias sensoriales, del contacto con los cuidadores y de la interacción directa con el entorno. “Ese es el motor del desarrollo neuronal, especialmente durante los tres primeros años”, subraya.
La profesora observa que ya en educación infantil y primaria muchos niños tienen acceso regular a tableta o incluso poseen su propio dispositivo. “No es una buena idea”, afirma. Aun así, reconoce que muchos padres actúan movidos por la presión social. “Algunos temen que sus hijos se queden atrás si no usan pantallas. Es lo que llamamos el síndrome AADDA: ‘¡Pero todos los demás sí pueden!’”, explica. Por ello, recomienda que las familias se coordinen para retrasar la compra de teléfonos inteligentes hasta la secundaria.
Bleckmann también insiste en que las pantallas nunca deberían utilizarse como premio, castigo o herramienta para calmar conflictos. “Existe el riesgo de desarrollar conductas adictivas más adelante cuando el tiempo frente a la pantalla se usa como recompensa o sanción”, advierte. Esta práctica, señala, dificulta la autorregulación emocional y puede derivar en rabietas intensas al retirar los dispositivos.
