Cuatro años de la guerra impensable: la amenaza del limbo o la escalada si la paz no llega a Ucrania
Rusia lanzó su "operación militar especial" el 24 de febrero de 2022 pensando en una contienda rápida, pero no: domina el 20% del territorio y, aunque avanza, lo hace lentamente y a un precio brutal. Las negociaciones, por ahora, no prosperan.

El 24 de febrero de 2022, 44 millones de ucranianos amanecieron invadidos por tropas rusas. Por seis frentes diferentes, los soldados de Vladimir Putin empezaron a avanzar sobre el suelo del país vecino, con poderío. En el Kremlin entendían que su "operación militar especial" sería rauda, cosa de días, máximo semanas, porque con sus medios y efectivos podrían acabar con el "Gobierno nazi" de Volodimir Zelenski sin complicaciones. Hoy la guerra -porque lo es, por más que Moscú no la quiera rebautizar-, cumple cuatro terribles años, y sin visos de finalizar.
La contienda se ralentizó gracias a la resistencia insospechadamente firme de los ucranianos, que en estos años han confiado su supervivencia a su inteligencia en el campo de batalla y en la industria de defensa y, también, a la ayuda internacional que no ha parado de llegar para sostener a un país soberano, independiente, agredido en el corazón de Europa. Posiblemente, el primero en ser atacado en la lista de objetivos del expansionismo ruso para los años por venir.
Han cambiado muchas cosas en este tiempo, empezando por la muerte, la mutilación, el desplazamiento, el exilio y el bloqueo en la sociedad ucraniana, en un país en ruinas. También se ha hundido por el camino la llamada arquitectura de seguridad; las certezas y alianzas que teníamos en la vieja Europa desde la Segunda Guerra Mundial se han desmoronado, empezando por la solidaridad trasatlántica, cosa del pasado.
La crisis europea más grave en 80 años busca soluciones en un proceso negociador, impulsado por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que no ha dado frutos, más allá de liberaciones puntuales de prisioneros de ambos bandos. Y ese es el temor para el presente año: que la guerra caiga en el limbo de las conversaciones sin fin y sin resultado o que se recrudezca con una escalada aún mayor, cuando ya venimos del 2025, el año más mortífero desde que comenzó el conflicto, según Naciones Unidas.
Aunque es de lo que menos se habla, entre drones, misiles, apagones, reuniones, conferencias y reproches, hay que recordar que en esta guerra ya han muerto al menos 14.999 civiles desde febrero de 2022, aunque la ONU reconoce que la cifra real es considerablemente mayor debido a la falta de acceso a territorios ocupados como Mariúpol. Hay además 40.600 heridos. Su Alto Comisionado para los Derechos Humanos denuncia "una intensificación de los combates y de los ataques a gran escala contra civiles e infraestructuras críticas". Vamos a peor.
Zelenski ha reconocido en una entrevista a France 2 que ha tenido que enterrar a 55.000 soldados ucranianos, aunque hay también "un gran número de desaparecidos". Putin prohibió al poco de empezar la guerra que se dieran cifras oficiales sobre sus bajas, pero varias inteligencias occidentales las sitúan en un millón (entre heridos y muertos).

El nudo gordiano de la cuestión territorial
A estas alturas de contienda, Rusia mantiene el control sobre unos 116.000 kilómetros cuadrados de suelo ucraniano: Crimea está bajo control ruso total desde su anexión unilateral en 2014; Lugansk está ocupada en un 98-99%; controla de Donetsk aproximadamente el 70%, con combates activos en el frente oriental; Zaporiyia está bajo control ruso en un 74%, incluyendo la codiciada central nuclear, pero no la capital; y en Jersón, las fuerzas rusas mantienen posiciones principalmente en la orilla oriental del río Dniéper. En total, un 21% del territorio, sobre el que han avanzado apenas un 1% en el último año, un esfuerzo para el que han quemado la vida de medio millón de soldados, según el Instituto para el Estudio de la Guerra (ISW, por sus siglas en inglés), con sede en EEUU.
El Kremlin considera "innegociable" la soberanía sobre las cuatro regiones (Donetsk, Lugansk, Zaporiyia y Jersón) que declaró como parte de la Federación Rusa en septiembre de 2022, pese a que no las domine por completo, mientras que Ucrania define legalmente estas áreas como "territorios temporalmente ocupados". Zelenski ha reiterado que cualquier acuerdo de paz debe abordar el futuro de estos territorios, aunque recientemente ha mostrado apertura a discutir la "cuestión territorial" en mesas de diálogo internacionales y a someter la decisión a un refrendo popular, si se llega a dar.
"Hoy, las exigencias de ambas partes parecen irreconciliables. En las últimas negociaciones, Rusia parece seguir insistiendo en que Kiev se retire sin más combates de las zonas del Donbás que aún están bajo control ucraniano, concretamente, de las ciudades de Slaviansk y Kramatorsk. La respuesta de Ucrania es que sólo está dispuesta a discutir el estatus del territorio que actualmente está bajo control ruso, y nada más. Y, sobre esas, ya hay polémica, porque cómo abandonarlas sin ni siquiera una garantía de seguridad de que el resto del territorio estará a salvo", expone el coronel español retirado Manuel Gutiérrez.
Putin, dice, "no va a decirle a su gente que acepten perder un territorio que, formalmente, ya cuenta como dentro de su Federación. No es sólo una cuestión de poder, sino de ideología", remarca. A su entender, ya bastantes "concesiones" está haciendo Kiev, desde sus posiciones iniciales de no dar nada -"entendibles", asume-, porque ha encajado que "la integridad territorial existente antes de la invasión es prácticamente imposible".
En una visita a Trump en Mar-a-Lago (Florida), el 28 de diciembre pasado, Zelenski presentó un plan de negociación de 20 puntos que esbozaba la idea de crear una zona desmilitarizada en Donetsk, que incluyera no sólo las áreas desocupadas por las fuerzas ucranianas, sino también las áreas controladas por Rusia, de las que Moscú retiraría sus tropas. Una zona de amortiguación supervisada por fuerzas internacionales separaría a ambas partes dentro de la "zona económica libre".
Los ucranianos decidirían, mediante referéndum, sobre la espinosa cuestión de los compromisos territoriales. Una encuesta reciente realizada por el Instituto Internacional de Sociología de Kiev (KIIS) evaluó que el 54 % de la población rechaza categóricamente la propuesta de transferir todo el Donbás bajo control ruso, a cambio de garantías de seguridad de EEUU y Europa. Sin embargo, cada vez más ucranianos han empezado a considerar lo antes impensable: ceder territorio. El control de la central nuclear de Zaporizhia, en el este de Ucrania, sigue siendo uno de los principales puntos de fricción en las negociaciones de paz, además.
La cuestión electoral es crucial, igualmente, y va ligada al territorio. El plan de paz de Zelenski establece que "Ucrania debe celebrar elecciones lo antes posible tras la firma del acuerdo, comenzando con las presidenciales". Esta misma semana, el diario Financial Times publicó que el mandatario planeaba para primavera esos comicios, además del refrendo territorial, pero el presidente ha tenido que salir a negarlo. Sólo habrá cita con las urnas "si hay algo el fuego" y "garantías de seguridad".
Más allá del cuándo, está el cómo, porque está claro que las elecciones no pueden celebrarse en el 20 % del territorio ocupado por Rusia. "Esto significa que, de hecho, las elecciones servirán para formalizar la división de Ucrania en dos partes y legitimar las anexiones rusas", recuerda Gutiérrez.
Soberanía aparte, están los bienes, las materias, la otra gran baza que Moscú busca con esta guerra, bajo el argumentario del supuesto fascismo en el poder o las supuestas violaciones de derechos de los prorrusos. Gran parte de los recursos naturales ucranianos se encuentran actualmente bajo ocupación rusa: dos de los cuatro principales yacimientos de litio de Ucrania, los más ricos de Europa; el 60 % de los yacimientos de carbón ucranianos y la gran mayoría de las minas de carbón ucranianas; la mitad de sus yacimientos de manganeso, cesio, tantalio y tierras raras; el 10 % de las reservas de petróleo y el 15 % de las de gas del país; y el 24 % de su producción de trigo, exponen en la Fundación We Build Ukraine.

Las imprescindibles garantías de seguridad
En caso de que termine el conflicto entre Rusia y Ucrania, un desafío clave sería cómo garantizar que ninguna de las partes aproveche el alto el fuego para rearmarse y emprender nuevas acciones bélicas. Sobre todo, Putin, seamos claros, teniendo el precedente de la propia Ucrania. Desde una perspectiva occidental, las garantías de seguridad buscan tranquilizar a Kiev y disuadir a Moscú, pero los ucranianos consideran este requisito previo como vital para cualquier negociación territorial. Les va la supervivencia en ello.
El plan de 20 puntos establece que "EEUU la OTAN y Europa proporcionarán a Ucrania garantías de seguridad similares a las del Artículo 5" de la Alianza Atlántica, el de defensa colectiva. "Eso, por ahora, es demasiado para Washington, que trata de reducir su papel en esta guerra y en sus consecuencias en el futuro", resalta el militar.
El 6 de enero de 2026, en París, los miembros de la Coalición de los Dispuestos o de Voluntarios, liderada por Francia y Reino Unido, Kiev y Washington se comprometieron a "un sistema de garantías política y jurídicamente vinculantes que se activará una vez que entre en vigor un alto el fuego", incluyendo "una Fuerza Multinacional para Ucrania, compuesta por contribuciones de las naciones dispuestas en el marco de la Coalición, para apoyar la reconstrucción de las fuerzas armadas de Ucrania y la disuasión", reza en la llamada Declaración de París.
"Pero esto choca con Putin, que ha convertido el despliegue de tropas de los estados miembros de la OTAN en territorio ucraniano en una línea roja, y esto es literal. Si la fuerza de reaseguro se desplegara, a pesar de todo, serviría como objetivo para las fuerzas armadas rusas. Y, como dijo el ministro de Asuntos Exteriores de Polonia: "¿Quién quiere luchar contra Rusia? No veo muchos voluntarios yo tampoco", expone Gutiérrez, quien detalla que tampoco está claro hasta qué punto podría entrar en fuego abierto este tipo de coalición para ser aceptable para el Kremlin.
Añade otra debilidad al plan: que las tropas que acudan a ayudar no lo harán bajo bandera de la OTAN ni contarán con estadounidenes. Trump y su número dos, JD Vance, han dicho repetidamente que eso es cosa de los europeos y lo han confirmado, por ejemplo, con las últimas compras de material para Kiev: pagan los europeos, a empresas de defensa norteamericanas.

El papel de EEUU
El presidente estadounidense, Trump, es el primer actor externo que se ha consolidado, desde la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia en febrero de 2022, como mediador aceptado, voluntaria o involuntariamente, por los dos países en conflicto.
Su objetivo es poner fin a la guerra en Ucrania, sin preocuparse demasiado por los detalles de la paz que desea lograr. Le interesa personalmente, porque está obsesionado con ganar el Premio Nobel de la Paz, que, de recibirlo en octubre de 2026, podría elevar significativamente su perfil antes de las elecciones de mitad de mandato del mes siguiente. En ello confía, aunque haya chocado con sus organizadores por haber elegido en 2025 a la venezolana María Corina Machado.
Trump prometió a sus votantes no meterse en guerras y acabar con las que había hasta la fecha, para que el país no gastase dinero más que en lo importante. En el caso ucraniano, es recordada su frase de que acabaría con el conflicto en 24 horas. Va más de un año ya. En este tiempo, su actitud ha sido dolorosa para los intereses de Kiev, porque desde el primer momento parecía inclinado a comprar a Putin sus exigencias, dejando al invadido vendido. Con el tiempo, el magnate se ha ido dando cuenta de los engaños y dilaciones de Rusia, pero aún no lo suficiente como para apretarle hasta el punto de arrancarle concesiones en la mesa de debate. Mientras, Rusia avanza, poco a poco.
La ayuda estadounidense a Ucrania se ha desplomado desde que Trump asumió el cargo, como se puede ver en el rastreador de apoyos creado por el Instituto Kiel: ha bajado en un 13% en lo militar y en un 5% en lo humanitario y financiero, mientras que la europea, por el contrario, ha subido un 67% en lo militar y un 59% en lo financiero en el último año.
"El riesgo de que Trump utilice la prolongación de los combates como pretexto para retirarse casi por completo de su apoyo a Ucrania y buscar un acuerdo es improbable", expone, no obstante, el especialista Loïc Simonet, en un análisis para el Instituto Austriaco de Asuntos Internacionales (OIIP, por sus siglas en aleḿán). "El actual dinamismo imperialista de la presidencia de Trump, el entusiasmo del dúo Witkoff-Kushner, así como las conversaciones actuales en Abu Dabi, han iniciado un proceso que parece irreversible, a menos que el presidente estadounidense pierda prestigio", expone.
Una cosa es que no haya retirada. Otra, que haya éxito. Habla de que hay un "alto riesgo" de que al final se llegue a "un acuerdo de paz apresurado y con pocas garantías" por parte de la Casa Blanca. Incluso después de la valiosa Declaración de París, "el nivel de compromiso estadounidense sigue siendo incierto", asume. "Por eso, para no depender del estado de ánimo de Trump, Zelenski exige que cualquier acuerdo sea ratificado por el Congreso estadounidense", negro sobre blanco.
Trump, a día de hoy, cuenta con un mecanismo de presión "excepcional", a juicio de Simonet: la amenaza de enviar misiles Tomahawk a Ucrania, un anhelo de Zelenski nunca hecho realidad. "Con un alcance de 2.000 kilómetros, estos misiles, guiados por datos satelitales estadounidenses, podrían causar daños considerables a la infraestructura petrolera rusa", recuerda.
Para Putin, aún el objetivo clave es atraer a Trump a las negociaciones minimizando la importancia de Ucrania y "presentando oportunidades de negocios supuestamente atractivas para las empresas estadounidenses en Rusia", entre las que el analista destaca "el proyecto de un túnel entre Alaska y la región rusa de Chukotka, a través del estrecho de Bering". En esa línea ha trabajado la Federación, sabiendo del espíritu transaccionista del neoyorquino.

La economía rusa: ¿aguantará?
La economía rusa se ha mantenido a flote hasta ahora a pesar de las sanciones occidentales, en buena parte porque el gigante no estaba aislado, participaba de organismos e instituciones internacionales donde sus aliados le han dado apoyo y le han permitido respirar. Sobre todo, se ha apoyado en China e India, en el petróleo y el gas. Entre los vínculos políticos y los económicos, casi se ha salvado.
Pero sólo casi. Tras cuatro años de contienda, ahora su economía experimenta una fuerte desaceleración, con la modernización muy comprometida, como la diversificación: es una economía de guerra. "El déficit presupuestario se está ampliando peligrosamente", expone en análisis del OIIP. En 2025, las ventas de petróleo y gas ruso generaron casi 8,467 billones de rublos (108.600 millones de dólares), el nivel más bajo desde 2020, lo que representa una disminución del 24 % en comparación con el año anterior.
Los ataques con drones ucranianos a sus instalaciones han reducido la capacidad de refinación del país en un 38%. La tasa de inflación anual de Rusia fue del 8,1 % en agosto de 2025. En general, la economía está cerca de la recesión y lo ha reconocido hasta el Ejecutivo. "El discurso de 'resiliencia' del Kremlin es cada vez menos convincente".
Por el momento, "nada amenaza al régimen, pero la combinación de sanciones y ataques podría acentuar la iranización de la economía rusa" y crear un verdadero problema de liquidez para el Kremlin este año.
La posición de Europa
¿Dónde está la Unión Europea, en todo esto, pasados cuatro años de guerra? Primero quedo en shock, temerosa de que una chispa adecuada afectase a sus naciones y la guerra se internacionalizara. Pronto, abrió sus puertas a los refugiados, sin límite, en un gesto de solidaridad con los vecinos, tan europeos. Luego empezó a tomar decisiones: sanciones a Moscú, asistencia a Kiev, reforma de su propia defensa ante la amenaza rusa. En el proceso negociador, EEUU la ha dejado de lado y clama por tener algo de voz en un conflicto que afecta a un país que aspira a ser miembro del club comunitario.
"Atrapados entre un Kremlin revisionista y una Casa Blanca indiferente, si no abiertamente despectiva, los europeos se ven constantemente superados y a menudo marginados", resume con claridad Simonet . "Quedan reducidos al papel de bomberos llamados a extinguir un nuevo incendio cada semana con el único objetivo de limitar los daños".
Bruselas tiene una la tarea doble, coincide el autor con el europeísta belga Matthias Poelmans: por un lado, tiene que "convencer a los estadounidenses de que el conflicto no puede resolverse con simples concesiones territoriales y financieras"; por otro, debe "impulsar las negociaciones, garantizando que EEUU permanezca del lado de los aliados de Ucrania". No es sencillo, cuando la hermandad a los dos lados del Atlántico se resiente, por ejemplo, con las ganas de Trump de quedarse con Groenlandia o cuando, en plena cumbre de la OTAN, pone en tela de juicio el famoso artículo 5 de ayuda total.
Las capitales europeas pueden presionar con el hecho de que la mayoría de los activos congelados de Rusia se encuentran en Europa, hasta 210.000 millones de euros, con las sanciones y con los mecanismos de garantía de seguridad dependen en parte de una fuerte participación europea. Aunque no es EEUU, Bruselas pesa lo suyo en todo esto.

"El problema es que la UE necesita unidad de acción y, en ocasiones, no la está teniendo", recuerda el flamenco. "Hungría es el caso más claro, pues su líder, Viktor Orbán, es el más cercano a Putin en la UE y ha impedido o retrasado la toma de algunas sanciones. Es muy complicado fiar a ese criterio medidas defensivas, por ejemplo, a las que también Eslovaquia de Robert Fico puede decir que no. Con los fondos congelados, los obstáculos los ha puesto Bélgica. Es una bondad y, a la vez, una maldición para Europa", sostiene.
Añade que es una de las cosas que más le gustan a Putin: "tener a Europa dividida". "Mejor que no le demos esa alegría", remacha. Una manera de llevarle la contra sería admitir a Ucrania como miembro de pleno derecho. El proceso ya está abierto y, de hecho, acelerado, lo que levanta suspicacias en otros aspirantes. Zelenski está intentando introducir las reformas y mejoras que Bruselas le demanda en un contexto insólito, de guerra abierta.
En los planes barajados más recientemente por Kiev, Ucrania se uniría a la Unión en enero de 2027, una propuesta que no ven clara en las instituciones europeas. Es poco realista. Sí se "podrían reorganizar las reglas del juego en un proceso de adhesión bastante estancado". Ucrania la ve como un elemento adicional a las garantías de seguridad que reclama; EEUU, como una manera de dejar el balón en el tejado de la Unión y Rusia, como una amenaza más, bloqueando como ahora bloquea la entrada de su adversario en la OTAN.
Los escenarios
Loïc Simonet se atreve en su análisis a proyectar tres posibles escenarios para este conflicto, a la espera de saber si surge algo de los contactos que siguen manteniéndose de forma más soterrada en Oriente Medio.
Son los que siguen:
1) El colapso de Ucrania: ya no es probable
Durante casi cuatro años, el país mártir ha absorbido un impacto que ningún país europeo ha tenido que afrontar en el siglo XXI. Y, sin embargo, resiste. Los escándalos de corrupción en las altas esferas del Gobierno no han derrocado a Zelenski. Sumidos en el frío y la oscuridad, los ucranianos han demostrado su capacidad de pensar con originalidad y demostrar una notable innovación sobre el terreno. El agotamiento físico y moral de la población y de ciertos sectores del aparato estatal es palpable, pero su cohesión y resistencia siguen siendo impresionantes, incluso heroicas.
Es improbable que EEUU imponga a Ucrania un acuerdo que equivalga a una capitulación, y que Ucrania desaparezca del mapa como Estado soberano e independiente, tras las reiteradas alertas de 2025, como la cumbre Trump-Putin en Alaska, en agosto. Aunque marginados, los europeos vigilan de cerca la situación, y los estadounidenses se han comprometido, aunque mínimamente, a través de la Declaración de París sobre garantías de seguridad.

2) El fin de la hostilidad: incierto
De forma bastante perversa, cuanto más inminente parezca un alto el fuego, más ansiosas estarán ambas partes por intensificar los combates para optimizar su posición negociadora. Dados los avances militares rusos y tras cuatro años de sacrificios, a Putin no le conviene congelar los combates. Moscú busca aprovechar su ventaja sobre el terreno, ya que un resultado aún mejor se avecina con más combates.
La propuesta ucraniana y europea de un alto el fuego temporal ha sido rechazada por Moscú, que teme que Kiev la utilice para reagrupar sus fuerzas y fortalecerse. Por el contrario, Ucrania podría negarse a negociar desde una posición de percepción de debilidad y creer que su suerte puede revertirse con más esfuerzos.
Esta situación hace que la perspectiva de un alto el fuego en 2026 sea muy incierta. Un alto el fuego basado en las últimas concesiones de Ucrania (el plan de 20 puntos presentado antes de Navidad) supondría una derrota parcial para Rusia. Por el contrario, un alto el fuego en las condiciones impuestas por Rusia (retirada total de las fuerzas ucranianas de las cuatro provincias anexionadas en 2022, acompañada de estrictas limitaciones a la capacidad militar de Ucrania) sería difícilmente aceptable para Kiev.
3) La escalada: siempre hay que temerla
La posibilidad de que la agotadora guerra de desgaste en Ucrania se extienda a una guerra más amplia entre Europa y Rusia sigue siendo una perspectiva desalentadora para los europeos. En los cuarteles generales militares, la posibilidad de una confrontación importante con Rusia en un futuro próximo ya no se presenta como una hipótesis, sino como una probabilidad.
La estrategia de los europeos, de "puercoespín de acero", que busca convertir a las fuerzas armadas ucranianas y la industria de defensa del país en un oponente aún más formidable, se percibe cada vez más como una ofensiva en Moscú. Imágenes satelitales recientes han confirmado que Rusia está reforzando su presencia militar cerca de la frontera con Finlandia. "Rusia no tiene intención de luchar contra Europa, pero si Europa empieza, estamos listos de inmediato", advirtió Putin.
Entre el 9 y el 10 de septiembre de 2025, se avistaron 19 drones entrando en el espacio aéreo polaco. Se activó de inmediato una respuesta de defensa aérea liderada por la OTAN, con F-16 polacos y F-35 holandeses desplegados en una misión de alerta de reacción rápida. Un incidente aún más grave ocurrió el 13 de septiembre, cuando tres cazas rusos MiG-31 violaron el espacio aéreo de Estonia durante más de 10 minutos.
Al optar por atacar el oeste de Ucrania, a sólo 70 kilómetros de la frontera polaca, en la noche del 8 al 9 de enero de 2026, con un misil Oreshnik de alcance intermedio, Rusia ha llevado su lucha de poder con Occidente a un nuevo nivel. Un ataque de este tipo cerca de las fronteras de la UE y la OTAN fue calificado de "escalada inaceptable" por Francia, Alemania y Reino Unido, y desencadenó una reunión extraordinaria del Consejo de Seguridad de la ONU. Como Oreshnik es una tecnología MIRV (Vehículo de Reentrada con Múltiples Objetivos Independientes) directamente vinculada a las armas nucleares, evoca la amenaza de una guerra nuclear. "Es crucial mantener la calma, actuar con cautela y evitar la histeria".
