Cuando dos copas ya no son dos copas: por qué el alcohol sienta peor con la edad
No es solo una cuestión de tolerancia.
Durante años, beber dos copas de vino podía resultar casi inocuo. No afectaba al sueño, no dejaba resaca al día siguiente y apenas alteraba el rendimiento físico o mental. Sin embargo, con el paso del tiempo, esa relación cambia. El alcohol empieza a notarse antes, a durar más y a dejar factura incluso cuando la cantidad no varía. No se trata de una percepción subjetiva ni de una menor tolerancia “mental”: el cuerpo procesa el alcohol de otra manera a medida que envejece.
“No hay duda de que al organismo le cuesta más manejar el alcohol con la edad”, explica J. Leigh Leasure, investigadora sobre consumo de alcohol en la Universidad de Houston, en un consultorio de The New York Times basado en la experiencia de lectores y en datos científicos. La razón principal tiene que ver con el metabolismo, que se vuelve más lento con los años, lo que eleva la concentración de alcohol en sangre y prolonga sus efectos.
Uno de los cambios más relevantes se produce en la composición corporal. A partir de los 30 años, la masa muscular disminuye de forma progresiva (hasta un 8% por década) mientras aumenta el porcentaje de grasa. El músculo contiene más agua que la grasa, y esa agua actúa como un factor de dilución del alcohol. Cuando hay menos, el alcohol se concentra más en el organismo. “Eso se traduce en una mayor afectación del cerebro y del sistema nervioso”, señala Mollie Monnig, investigadora sobre alcohol y envejecimiento en la Universidad de Brown. “Puede empeorar el habla, el juicio, la memoria, el tiempo de reacción y el equilibrio”.
Este efecto resulta especialmente acusado en las mujeres. Incluso a igual altura y peso, suelen tener menos masa muscular que los hombres, lo que provoca una mayor concentración de alcohol en sangre tras ingerir la misma cantidad. “Es una doble desventaja para las mujeres a medida que envejecen”, apunta Leasure.
El hígado también juega un papel clave. Con el paso de los años, las enzimas encargadas de metabolizar el alcohol pierden eficiencia. “Eso hace que las personas se emborrachen antes y permanezcan bajo los efectos del alcohol durante más tiempo”, explica Doug Matthews, neurocientífico especializado en alcohol en la Universidad de Wisconsin–Eau Claire. A esto se suma una mayor prevalencia de enfermedades hepáticas asociadas a la edad, como la esteatosis hepática metabólica o la cirrosis, que dificultan aún más ese proceso.
Cuando el cuerpo tarda más en eliminar el alcohol, también tarda más en eliminar sus subproductos tóxicos. Durante la metabolización se genera acetaldehído, una sustancia responsable de muchos de los síntomas clásicos de la resaca: dolor de cabeza, náuseas, sudoración o palpitaciones. “Con la edad, el organismo elimina estos compuestos con mayor lentitud, y eso prolonga el malestar”, explica Matthews.
A este cóctel fisiológico se añaden otros factores. Las personas mayores suelen tomar más medicación, y muchos fármacos interactúan con el alcohol y amplifican sus efectos. Gabapentina, benzodiacepinas, antidepresivos, ciertos antiepilépticos o medicamentos para la tensión arterial pueden empeorar la coordinación, el estado de alerta o el tiempo de reacción cuando se combinan con alcohol.
También influyen la hidratación y el sueño. Con la edad, la sensación de sed se atenúa, lo que favorece la deshidratación tras beber alcohol. Además, la calidad del descanso suele empeorar, y el alcohol interfiere aún más en el sueño profundo. “La combinación de peor descanso y alcohol multiplica la sensación de cansancio al día siguiente”, señala Leasure.
Todo ello explica por qué beber lo mismo ya no produce el mismo efecto. No es solo una cuestión de aguante ni de nostalgia por lo que el cuerpo hacía antes. “Es una variable más que hay que gestionar con los años”, resume Leasure. “Si bebo, sé que lo voy a pagar después”.