Jaume Fontanals, médico: "Si quieres saber si un queso tiene o no lactosa busca la tabla nutricional y fíjate en la cantidad de azúcar"
Hay un truco fácil que puede ahorrar grandes contratiempos y malestar a los intolerantes a la lactosa.

Para quienes sufren intolerancia a la lactosa, elegir un queso puede convertirse en un auténtico dolor de cabeza. Entre etiquetas que prometen "sin lactosa" y quesos tradicionales que podrían sentar bien o mal según la maduración, la confusión es comprensible. Jaume Fontanals, médico especializado en nutrición, ofrece un consejo simple y efectivo: mirar la tabla nutricional.
"Si estás harto de no saber si el queso tiene o no lactosa, hay un truco clave", explica Fontanals. "Si quieres saberlo, mira la tabla nutricional y busca en hidratos de carbono cuáles son azúcares. Si pone 0 gramos de azúcar, ese queso no tiene lactosa en cantidades relevantes". Según el médico, esta información puede ser suficiente para quienes tienen intolerancia leve, aunque para los casos más graves de intolerancia, la recomendación es evitar el queso por completo.
El especialista aclara que el etiquetado no siempre refleja la realidad de forma precisa. "Por marketing, muchos quesos ponen ‘sin lactosa’, pero puede quedar una mínima cantidad de lactosa", señala. La razón está en el proceso de fermentación y maduración: las bacterias que transforman la leche consumen la lactosa durante la elaboración del queso. Por eso, incluso quesos tradicionales que no indican "sin lactosa" en la etiqueta pueden ser bien tolerados por algunas personas.
Fontanals destaca la importancia del tipo de queso. Los quesos curados, añejos o muy madurados suelen tener niveles de lactosa prácticamente nulos. "En cambio, los quesos frescos —como el queso fresco tipo Burgos, Ricotta, queso crema o mozzarella— sí contienen lactosa y pueden causar molestias a quienes son intolerantes", advierte.
Según el médico, esta diferencia se debe a que la maduración permite que las bacterias descompongan gran parte de los azúcares presentes en la leche, mientras que en los quesos frescos ese proceso es mucho más limitado. Por eso, no basta con mirar la etiqueta; entender la elaboración del producto y revisar los valores nutricionales es clave.
"Para la mayoría de las personas con intolerancia leve, los quesos curados pueden formar parte de su dieta sin problemas", comenta Fontanals. Sin embargo, insiste en la precaución para quienes tengan intolerancia severa: "No te la juegues, incluso cantidades mínimas pueden provocar síntomas desagradables".
En definitiva, el consejo del especialista es práctico y directo: no te fíes solo de lo que diga la etiqueta, revisa la tabla nutricional y presta atención a los azúcares. Así, podrás disfrutar de un buen queso sin sorpresas indeseadas.
"Con un poco de atención, se puede seguir disfrutando de la variedad de quesos que existen", concluye Jaume Fontanals. Porque conocer el producto y saber leer los datos es, al final, la mejor estrategia para quienes quieren cuidar su salud sin renunciar al placer de comer bien.
