Las máscaras LED de luz roja cuestan hasta 350 euros pero los estudios que las respaldan no tienen grupo de control: así funciona el marketing que vende "linternitas a precio de oro"
Muchos de estos dispositivos se apoyan en evidencias débiles.
La luz roja lleva años colándose poco a poco en clínicas, gimnasios y rutinas de cuidado personal, envuelta en promesas que suenan a ciencia futurista: estimular las células, mejorar la piel o aliviar molestias sin esfuerzo. La idea no es descabellada, ya que tiene base científica y se estudia desde hace décadas, pero entre lo que ocurre en un laboratorio y lo que prometen algunos dispositivos domésticos hay un trecho importante.
En ese terreno intermedio es donde han proliferado productos como las máscaras LED faciales, que pueden alcanzar precios de hasta 350 euros y se presentan como soluciones milagrosas. El problema es que buena parte de los estudios que respaldan sus beneficios son limitados: muestras pequeñas, resultados difíciles de reproducir y, en algunos casos, sin algo tan básico como un grupo de control que permita comparar. Así, distinguir entre un efecto real y una simple percepción de mejora se vuelve una tarea realmente complicada.
Este tipo de ‘gadget’ de bienestar y estética promete mejorar la piel, acelerar la recuperación muscular, aliviar el dolor o incluso ayudar contra la caída del cabello. Sin embargo, voces críticas como Sandra Ortonobes, graduada en Ciencias Biomédicas y creadora del canal divulgación La Hiperactina, advierten que muchos de estos dispositivos se apoyan en evidencias débiles y en estrategias de marketing muy pulidas, hasta el punto de bautizarlos con ironía como “linternitas a precio de oro”.
Del laboratorio a casa
Esta terapia basada en luz roja e infrarroja se conoce con el nombre de fotobiomodulación, y aunque su fundamento científico resulta prometedor, su aplicación práctica dista mucho de ser tan sencilla como sugieren algunos anuncios. En condiciones controladas, ciertos tipos de luz pueden influir en el comportamiento de las células, especialmente en la producción de energía a nivel mitocondrial. Sin embargo, trasladar ese efecto a dispositivos domésticos plantea muchas incógnitas.
No todos tienen la potencia adecuada, ni utilizan las longitudes de onda correctas, ni se emplean bajo las condiciones precisas que se estudian en laboratorio. “Lo que le sucede a una célula bajo un láser de precisión en un laboratorio es una cosa, y lo que una máscara LED le hace a tu rostro es otra muy distinta”, asegura la experta. Algunas marcas aseguran que sus dispositivos reducen imperfecciones o favorecen la regeneración, pero la evidencia disponible sigue siendo limitada.
Una cosa es que la luz roja pueda tener un efecto biológico notorio; otra muy distinta es que una máscara doméstica, comprada online y usada unos minutos al día, alcance la potencia y la precisión necesarias para reproducir lo que se estudia en laboratorios. Si el dispositivo no replica esas condiciones, los resultados difícilmente serán comparables, y lo que se vende como innovación tecnológica puede quedarse, en la práctica, en un efecto mucho más modesto del que promete.
Al igual que con las máscaras LED, también se venden cascos o cepillos láser para propiciar el crecimiento del cabello. Hay estudios que apuntan a cierto beneficio, pero buena parte de esa investigación está financiada por las propias empresas que venden los dispositivos. Eso no invalida automáticamente los resultados, pero sí obliga a leerlos con lupa. En definitiva, estos productos pueden aportar algún efecto leve, pero todavía no hay evidencia sólida que justifique el precio ni las expectativas que generan.