Los psicólogos avisan: el "gooning" que practican los adolescentes en internet activa los mismos circuitos cerebrales que la adicción y ya afecta al 27% de los menores de 11 años
No es una palabra más en la jerga juvenil, también es una señal de alerta.
Las modas entre adolescentes siempre han existido, pero hoy nacen y se expanden a una velocidad difícil de controlar. Lo que empieza como una broma o una palabra más dentro de su jerga puede acabar escondiendo realidades mucho más complejas. En la era digital, donde todo circula más rápido y sin filtros claros, ciertas prácticas se normalizan antes incluso de que los propios jóvenes entiendan sus consecuencias.
En ese contexto, los psicólogos han puesto el foco en un término que cada vez aparece con más frecuencia en redes sociales: el “gooning”. Se trata de una práctica sexual que consiste en prolongar la masturbación durante largos periodos, a menudo con porno y sin llegar al orgasmo, hasta entrar en una especie de estado de trance. En comunidades digitales, el término se ha popularizado como parte de una cultura sexual muy ligada al consumo de contenido explícito.
Varios especialistas en infancia y salud mental advierten que esto normalmente va unido a una exposición temprana a pornografía y a material para adultos. Más concretamente, la Comisión para la Infancia de Inglaterra informó que en 2025 el 27% de los encuestados había visto pornografía online a los 11 años y de que la edad media de primer contacto era 13. Además, algunos menores dijeron haberla visto con 6 años o menos. El propio informe señala que la exposición suele producirse por accidente y, cada vez más, a través de redes sociales.
¿Cómo afecta a los niños?
Partiendo de esa base, los expertos advierten que el “gooning” no es solo una palabra más dentro de la jerga adolescente, sino una posible señal de alerta. Cuando este tipo de prácticas se repiten, pueden generar picos intensos de dopamina en un cerebro que aún está en desarrollo. Esa estimulación constante puede favorecer patrones cada vez más compulsivos, en los que el menor necesita aumentar la intensidad o el tiempo de exposición para obtener el mismo efecto.
Aunque muchos menores lo utilizan sin ser plenamente conscientes de lo que implica, esta práctica puede activar los mismos circuitos cerebrales que otras conductas adictivas. Así como puede afectar al desarrollo emocional y social, desde un mayor aislamiento hasta problemas de autoestima o ansiedad. Los especialistas alertan de que puede distorsionar la forma en la que los adolescentes entienden las relaciones, fomentando expectativas poco realistas y dificultades para construir vínculos afectivos sanos.
Por eso, los profesionales insisten en la importancia de no ignorar este tipo de términos cuando aparecen en el entorno de los menores, aunque sea en tono de broma. Lejos de reaccionar con alarma o castigo, recomiendan abrir espacios de conversación desde la calma y la confianza. Si un hijo usa esta palabra, lo más útil es preguntar de dónde la ha sacado y qué cree que significa. Algo tan sencillo como esto puede marcar la diferencia en un contexto donde la curiosidad es natural, pero los riesgos también lo son.