Un psicólogo destripa la mentalidad de los jóvenes en el trabajo: "Para ellos, el elogio es la norma y la crítica es un ataque personal"
Para la Generación Z, la ausencia de reconocimiento se ha convertido en una fuente clave de estrés laboral, como refleja un estudio global de Deloitte.

La falta de reconocimiento en el trabajo no es solo una molestia: es un factor directo de desmotivación. En Alemania, el 41% de los empleados siente que su rendimiento no se valora lo suficiente, según un informe de Randstad cuyas conclusiones se publicaron en el diario alemán Welt. Pero entre los más jóvenes el problema no es aún más acusado.
Para la Generación Z, la ausencia de reconocimiento se ha convertido en una fuente clave de estrés laboral, como refleja un estudio global de Deloitte.
El psicólogo e investigador generacional Rüdiger Maas cree que aquí está una de las claves para entender por qué tantos jóvenes cambian de empleo con rapidez. Maas, cofundador del Institut für Generationenforschung (Instituto de Investigación Generacional de Augsburgo), lo resume sin rodeos: "Para ellos, el elogio es la norma; la crítica, un ataque personal".
Reconocimiento, no dureza
Según Maas, los jóvenes profesionales buscan armonía, respeto y cooperación, y rechazan la competitividad agresiva que marcó a generaciones anteriores. "La Generación Z exige un reconocimiento que todas las generaciones anteriores habrían deseado, pero que a menudo nunca recibieron", explica.
Proceden, añade, de entornos más protectores, por lo que un clima laboral hostil no se interpreta como algo "normal", sino como una amenaza.
Frases tradicionales como "la formación no es pan comido" o "si no hay noticias, es buena noticia" resultan especialmente irritantes para estos trabajadores. "Siempre fueron erróneas", afirma Maas, "pero ahora hay una generación que lo dice abiertamente y se va si se encuentra con ese tipo de actitudes".
Cuando la crítica se vive como rechazo
Uno de los choques más frecuentes aparece con el feedback negativo. Para muchos jóvenes nacidos entre finales de los 90 y principios de los 2010, la crítica no se percibe como algo técnico, sino personal. "Cuando se les critica, creen que la otra persona no les cae bien", señala Maas. Las generaciones anteriores distinguen mejor entre evacuación profesional y relación humana.
Eso no significa que la Generación Z solo quiera aplausos. "Los elogios vacíos no funcionan; los detectan al instante", advierte el psicólogo. Lo que reclaman es crítica clara, basada en hechos, impersonal y constructiva. El problema no es la crítica en sí, sino el tono y el contexto.
Menos competencia, más equipo
Otro rasgo clave es su menor orientación a la competencia interna. Maas lo explica con datos demográficos: hoy hay menos jóvenes y más ofertas relativas de empleo. "Hace 20 o 30 años, cientos competían por un puesto; hoy muchos pueden elegir", dice. El resultado es una cultura menos agresiva, en la que los compañeros no se ven como rivales, sino como aliados.
Este enfoque choca frontalmente con colegas veteranos que subrayan su experiencia con frases del tipo "en mis tiempos…". Para la Generación Z, ese argumento pesa poco. Viven en un mundo acelerado donde el conocimiento se renueva constantemente y la autoridad no viene solo de la experiencia, sino del acceso a información actualizada —muchas veces online—.
El reconocimiento empieza por la estructura
El consejo de Maas a los directivos va más allá del estilo personal. Para él, la apreciación es ante todo un problema sistémico. Muchos jóvenes se topan con organizaciones caóticas: un mentor para una cosa, RRHH para otra, un jefe distinto para evaluar y otro para aprobar vacaciones. "Así el liderazgo no puede funcionar", afirma.
Su receta es: estructuras simples y roles definidos; equipos pequeños, idealmente, un responsable para cinco o seis personas, y supervisores con visión completa del equipo y tiempo real para gestionar personas, no solo tareas. "Dirigir a 30 empleados es inviable, y menos aún cuando entran nuevos perfiles jóvenes", sostiene.
Una prueba de estrés para los jefes
Maas define a la Generación Z como una prueba de fuego para el liderazgo. Actúan como una lupa: hacen visibles más rápido las carencias de quienes no saben motivar o comunicar. "Quien siempre ha disfrutado inspirando a la gente no tiene ningún problema con los jóvenes", afirma.
Lejos de ser un obstáculo, el experto cree que esta generación puede mejorar el mundo laboral. No por idealismo, sino por algo más simple: "Tratarnos razonablemente unos a otros". Un cambio pequeño en apariencia, pero que obliga a muchas empresas a replantearse cómo dirigen, cómo corrigen y, sobre todo, cómo reconocen.
