Txetxu Ausín, doctor en Filosofía e investigador del CSIC: "Uno de cada cuatro jóvenes españoles tiene sentimientos profundos de soledad. La precariedad laboral y la vivienda la están condicionando"
Un malestar que está atravesado por la forma en la que se vive hoy.
La soledad ya no encaja en la imagen clásica de una persona mayor en silencio. Hace tiempo que este concepto cambió de rostro y se ha instalado progresivamente en la vida de muchos jóvenes. Entre rutinas aceleradas, trabajos inestables y vínculos cada vez más frágiles, sentirse solo se ha convertido en una experiencia más común de lo que parece, aunque a veces siga costando admitirlo en voz alta.
En ese contexto, el filósofo Txetxu Ausín, investigador del CSIC, invita a mirar el problema con más profundidad y menos clichés. Para él, la soledad juvenil no puede explicarse únicamente desde lo emocional o lo individual, sino que está atravesada por la forma en la que se vive hoy: la precariedad laboral, la dificultad de acceso a la vivienda o la sensación de vivir siempre con prisa. Factores que están moldeando la forma en la que toda una generación se relaciona consigo misma y con los demás.
El experto insiste en que, para entender lo que está pasando, hay que dejar de mirar la soledad como un fenómeno aislado y empezar a leerla como un síntoma de algo más amplio. No es solo una cuestión de sentirse solo, sino de las condiciones que hacen que ese sentimiento aparezca y se mantenga en el tiempo. “Uno de cada cuatro jóvenes españoles tiene sentimientos profundos de soledad. La precariedad laboral y la vivienda la están condicionando", señala en una conversación publicada por SER Podcast.
Un problema compartido
Los datos acompañan esa idea, ya que el primer estudio de prevalencia sobre soledad no deseada en jóvenes en España, elaborado con una encuesta a 1.800 personas de entre 16 y 29 años, concluye que el 25,5% afirmaba sentirse solo en ese momento. Además, el 75% lleva en esa situación más de un año y casi la mitad la vive de forma crónica. Una realidad que apunta a que la soledad ya no es algo puntual, sino cada vez más prolongado.
Entre quienes atraviesan dificultades para llegar a fin de mes, la tasa se dispara, y el estudio apunta a que no tener una trayectoria laboral acorde con lo que se espera influye de forma clara en el sentimiento de aislamiento. Estos datos subrayan que detrás de ese malestar hay una estructura social que dificulta construir proyectos de vida estables y, con ellos, relaciones más sólidas y duraderas.
Ausín conecta ese diagnóstico con la idea de que la soledad no es solo “no tener gente alrededor”, sino sentir que falta una red real de apoyo, tiempo y presencia. Por eso, su reflexión se mueve entre la filosofía y lo cotidiano: poner nombre al malestar, mirar lo que lo provoca y no reducirlo a una cuestión de pantallas o de carácter. En el fondo, es un problema compartido que no se resuelve con soluciones rápidas, sino abordando sus causas y cuidando los vínculos.