El pueblo arcoíris cercano a España en el que cada casa está pintada de un color diferente por ley
Un auténtico reclamo para visitantes y fotógrafos de todo el mundo.

A poco más de dos horas en avión desde España, existe un rincón donde las calles parecen sacadas de una caja de lápices de colores. Allí, cada fachada compite en alegría con la de al lado y pasear se convierte en toda una aventura, de esas que despiertan la curiosidad y obligan a sacar el móvil a cada paso. Un lugar donde el color no es solo una elección estética, sino una tradición arraigada que ha terminado por convertirse en su mayor seña de identidad.
Estamos hablando de Burano, una pequeña isla en la laguna de Venecia, que se ha convertido en un reclamo obligado en las excursiones desde la laguna y en uno de los rincones más fotografiados de la región. ¿El motivo? Su inconfundible hilera de fachadas pintadas con tonos brillantes y distintos que convierten cada paseo en una auténtica explosión de color y que le ha hecho merecedor del apodo “el pueblo arcoíris”.
Según la memoria local, esta curiosa tradición tiene un origen marinero en el que los pescadores pintaban sus viviendas con colores llamativos para poder identificar su casa desde la distancia cuando la niebla cerraba la laguna. Con el tiempo esa práctica se institucionalizó y pasó de utilidad práctica a rasgo identitario y turístico. Ahora bien, el arcoíris no es fruto del azar, sino que existe cierto control municipal en cuanto a la paleta cromática.
El turismo lo es todo
Las viviendas están sujetas a una normativa municipal que regula qué tonalidades pueden utilizarse y cómo deben mantenerse. Si un propietario quiere repintar su fachada, está obligado a solicitar autorización al ayuntamiento, que asigna un color concreto dentro de una paleta previamente establecida, tal y como recoge Atlas Obscura. El objetivo es preservar la armonía visual del conjunto, evitar repeticiones entre casas contiguas y mantener esa imagen vibrante.
La isla es pequeña y su población ha ido reduciéndose con los años, situándose actualmente entre unos 2.700 y 3.000 habitantes permanentes, lo que ha convertido al turismo en una de las principales actividades económicas actuales. Aun así, vecinos y artesanos preservan tradiciones locales, como el encaje, que completan el atractivo cultural de la isla y recuerdan que el lugar conserva una identidad ligada al mar, a la artesanía y a la vida tranquila de la laguna.
Para el visitante, lo mejor es recorrer las calles con calma, preferiblemente fuera de las horas punta, para disfrutar de la paleta de colores con luz suave y para encontrar rincones menos masificados. Fotografiar las fachadas junto a los canales es casi obligatorio, pero quienes buscan algo más auténtico pueden asomarse a los talleres de encaje o conversar con los comerciantes locales sobre la historia de sus casas y de la isla.
