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12/08/2013 06:48 CEST | Actualizado 11/10/2013 11:12 CEST

Conflictos de pareja

No podemos cambiar al otro, pero sí podemos entender nuestros problemas y solucionarlos. Cuando se hace así, el malestar, la irritación por la forma de ser del otro, desaparece, ya no nos molesta, y en su lugar hay entendimiento, se pueden encontrar espacios comunes.

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Velero en el Mediterraneo. Foto: MI/JJ.

Ella tenía una activa vida social, parecía llevarse bien con todo el mundo. Rodeada de amigos y conocidos se sentía viva, brillaba, y nunca tenía prisa por marcharse.

Él era introvertido, no le gustaba estar mucho tiempo rodeado de gente. Sufría en las reuniones que se prolongaban demasiado, le cansaban las conversaciones largas y prefería retirarse pronto a descansar o leer en silencio.

Ella necesitaba relacionarse, se apagaba en soledad. No era consciente de ello, y solía decir que era la gente la que la necesitaba a ella.

-P or eso tengo tantos amigos -explicaba segura de que así era-. Son ellos los que demandan mi amistad y mi presencia en los eventos sociales.

Él se arrastraba por las reuniones y fiestas, y trataba de convencerse de que tenía que ser sociable, que si no hubiera sido por su mujer ahora sería un hombre solitario y huraño. Pero la realidad era que se sentía muy cansado e irritado.

- Los amigos de mi mujer son estúpidos -aseguró con hostilidad-. Hago como que les escucho y les doy la razón, y en cuanto puedo me marcho.

Esta pareja acarreaba este conflicto desde hacía muchos años.

Ella se quejaba de que él era insociable, apocado y poco comunicativo, que le restaba vitalidad, que tenía que tirar de él, que no valía mucho y que quizás se había equivocado al casarse con él.

- Sí, le culpo -explicaba-, me siento abandonada cada dos por tres.

Él la culpaba a ella por su necesidad de ser admirada, de estar rodeada de gente poco interesante, y de no respetar su descanso.

- Sí, la culpo -aseguró-. Está bien relacionarse con los demás pero lo suyo es exagerado, y no le importa que yo lo pase mal.

A ella se la veía iracunda, a él triste. Habían ido callando lo que pensaban, aunque en las discusiones se decían todo tipo de groserías, fruto del rencor que les separaba.

¿Cómo se soluciona un problema así?

Los dos creían que el problema era del otro y, por tanto, su esfuerzo se centraba en cambiarle, presionarle o alejarse de él, psicológica y físicamente. Sin embargo, la única manera de salvar estas situaciones es que cada uno se centre en su verdadero problema, no en el problema del otro.

Por su parte, ella negaba que necesitara a la gente y le costaba entender que tenía miedo a la soledad.

- ¿Entonces -preguntó con orgullo-, es un problema que me agrade estar con mis amigos?

- Por supuesto que no. Lo que es un problema es la necesidad de sentirse admirado y necesitado.

Esa necesidad surge del miedo a la soledad, a la insuficiencia, a la incapacidad psicológica, a un vacío interno. Ese temor a la soledad generaba conflictos cada vez que algo ponía en peligro sus relaciones sociales, y no solo con su marido. Con sus amistades y conocidos tendía a ser disimuladamente posesiva, exigente y manipuladora, todo ello por puro miedo a ser rechazada.

- ¿Entonces, tengo que dejar de relacionarme?

- No, tienes que resolver el miedo a la soledad. No para quedarte sola, sino todo lo contrario, para relacionarte con más tranquilidad y verdadera seguridad. Si resuelves el miedo a la soledad, nunca te quedarás sola.

Por su lado, él sentía una oculta intranquilidad cuando se hallaba rodeado de gente. Se debía a que era un hombre competitivo, pero tenía miedo a la agresividad de los demás, a sus reacciones, a lo que pudieran decir de él. Su temor a los conflictos le impedía opinar libremente o mostrar desacuerdo en una conversación, y cuando lo hacía era brusco en sus formas. Como este proceder solía llevarle al enfrentamiento, tendía a ser retraído y se volvía crítico con los demás, callado pero activamente crítico en su pensamiento. Se alejaba psicológicamente y se justificaba pensando que participar era inútil, que los demás no iban a cambiar..., y entonces se aburría, se sentía cansado y quería irse.

No eran opuestos sino complementarios, pero actuaban como enemigos

Él necesitaba orden y quietud en su vida. Ella gente y agitación. La necesidad de admiración de ella dejaba al descubierto el miedo a la gente de él; y el retraimiento de él, dejaba al descubierto el miedo a la soledad de ella. Pero ellos no se daban cuenta, y esta confusión les hacía sufrir y les separaba.

Ambos huían de sus problemas sin entenderlos, cargándose de razones, culpándose el uno al otro. Ella, cuando él se negaba a seguir su ritmo, transformaba el miedo a estropear sus relaciones sociales en rabia hacia su marido, y en esos momentos le odiaba. Él por su parte, incapaz de seguir el ritmo de su mujer, ante una nueva demanda de actividad social transformaba su temor a los demás, y a la crítica de ella, en irritación y rencor hacia su mujer.

Tal y como lo tenían planteado, no había solución para sus conflictos. Aunque sea cierto que el otro actúa incorrectamente, es un error muy común centrarse en el problema del otro y culparle, en lugar de resolver los errores propios.

Muchas parejas se separan por no saber enfocar correctamente los problemas; esto es claro cuando cada uno de ellos acusa al otro de lo que hace o no hace, o de su actitud, o de lo que dice, en lugar de centrar la atención en descubrir qué problemas de uno mismo pone de manifiesto la forma de ser y actuar de la pareja.

No podemos cambiar al otro, pero sí podemos entender nuestros problemas y solucionarlos. Esto es lo que cambiará verdaderamente las cosas. Cuando se hace así, el malestar, la irritación por la forma de ser del otro, desaparece, ya no nos molesta, y en su lugar hay entendimiento, se pueden encontrar espacios comunes, decisiones que satisfagan a ambos, y esto es lo que verdaderamente hará posible una relación rica y satisfactoria.

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