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14/11/2013 07:31 CET | Actualizado 13/01/2014 11:12 CET

La mitad de los diabéticos aún no lo sabe, y cada vez serán más

Al tratarse de una enfermedad crónica, el Gobierno ha considerado que el paciente debe sufragar parte de su coste. Esta medida no solo repercute de manera negativa en el poder adquisitivo del paciente, sino que lo puede desincentivar a llevar a cabo un adecuado tratamiento.

Se celebra desde 1991, como respuesta al alarmante aumento del número de casos de diabetes en el mundo, aunque es en 2006 cuando se oficializa el 14 de noviembre como Día Mundial de la Diabetes, convirtiéndolo, como tantos otros, en una señalada fecha anual de lucha en pro de la salud.

Más de 371 millones de personas en el mundo son diabéticas. Y el futuro no es muy prometedor, pues se espera que este número vaya en aumento. El ritmo de vida urbano, una dieta pobre y la falta de ejercicio son las principales causas de la diabetes. Un 50% de las personas que padecen esta patología aún no lo sabe, y un 80% de las mismas vive en países con ingresos medios per cápita bajos o medios, lo que repercute directamente en un empeoramiento de su enfermedad a causa de la inaccesibilidad a tratamientos correctos y a una buena alimentación.

La ausencia de dolor en las primeras fases de esta patología constituye, sin duda, uno de los principales obstáculos para acelerar su diagnóstico y garantizar una adecuada adherencia al tratamiento.

Insuficiencia renal, ceguera, amputaciones, enfermedades del corazón e ictus cerebral son enfermedades que pueden derivar de la diabetes.

Esta pandemia es la causa de más de 4 millones de muertes al año, y la mitad de ellas afecta a personas menores de 60 años.

Aunque se trata de datos poco esperanzadores para los que sufrimos esta enfermedad, que deberían ponernos sobre alerta acerca de la urgente necesidad de tomar medidas, también hay motivos para mantener el optimismo.

Visto en perspectiva histórica, los tratamientos para la diabetes han evolucionado mucho en los últimos años, ofreciendo al paciente un arsenal terapéutico que facilita la adherencia al tratamiento, lo que le permite seguir manteniendo su ritmo de vida habitual. Mucho han cambiado las cosas desde que a principios del siglo pasado se descubriera la insulina. Hoy en día el paciente domina su enfermedad, lo que repercute en una mejor calidad de vida, facilitando el control, aumentando la supervivencia y disminuyendo la aparición de enfermedades asociadas.

Pero estos importantes avances no pueden hacernos caer en el conformismo o, lo que es peor, la resignación. La crisis económica que padecemos desde hace ya varios años no puede ser la excusa que sirva para descuidar el adecuado tratamiento y seguimiento del paciente diabético, así como el autocontrol que el mismo debe practicar.

El paulatino empobrecimiento de la sociedad experimentado en los últimos años, en muchos casos, ha llevado, como efecto reflejo, a que los pacientes diabéticos tengan un control menos riguroso de sí mismos, descuiden sus hábitos alimenticios, y, en el peor de los casos, abandonen el tratamiento. Estas circunstancias han hecho saltar las alarmas, pues el problema está adquiriendo tales dimensiones que está dejando de ser solo una seria cuestión personal, la de pacientes diabéticos concretos, para pasar a tener graves repercusiones sociales.

La ciega política del Gobierno para hacer frente a la crisis económica, en buena medida, se ha traducido en un debilitamiento de los servicios públicos, educación y sanidad, entre otros. A este respecto, es importante recalcar que los recortes en el Sistema Nacional de Salud han generado grandes problemas para todas las enfermedades crónicas y los tratamientos que estas necesitan.

Actualmente, en España el Estado financia los glucómetros, las tiras reactivas para realizar perfiles glucémicos y las agujas para los tratamientos subcutáneos con insulina. No obstante, pese a su buena voluntad, los centros de salud, encargados de suministrarlos, y el protocolo impuesto para tal fin, no han facilitado mucho las cosas, pues no han permitido que esta gestión, tan engorrosa, se pudiera resolver de forma cómoda y rápida. Incluso, en más de una ocasión, los centros públicos ni siquiera han podido hacer entrega de estos productos a los pacientes, sencillamente porque no disponían de los mismos. Este hecho supone un gravísimo problema para el paciente diabético, al dificultarle mucho (o impedirle) mantener un control óptimo o un manejo adecuado de su tratamiento, desechando, por ejemplo, la aguja tras cada administración, tal y como recomienda la Organización Mundial de la Salud.

Por si esto fuera poco, al tratarse de una enfermedad crónica, el Gobierno ha considerado que el paciente debe realizar una aportación destinada a sufragar parte de su coste, que, conforme a lo dispuesto en la ley, es de un 10% del precio de venta al público del medicamento, con un máximo actualmente fijado en 4,20 €. Esta medida, lógicamente, no solo repercute de manera negativa en el poder adquisitivo del paciente, sino que además, según cual sea su perfil, lo puede desincentivar a la hora de llevar a cabo un adecuado tratamiento.

No cabe duda de que una mayor implicación del Gobierno en la investigación y desarrollo de nuevos tratamientos mejoraría no solo el pronóstico de la diabetes (y de otras enfermedades), sino también la calidad de vida del paciente. Incluso, desde una perspectiva puramente economicista, este hecho repercutiría positivamente en el conjunto del Estado, ya que la inversión en I+D+i contribuye a generar bases sólidas para una economía fuerte y sostenible.

Por otro lado, un Sistema Nacional de Salud de acceso gratuito, público y de calidad, que se encontrase blindado en la Constitución, garantizaría a todos los ciudadanos la posibilidad de tener un buen diagnóstico y un tratamiento correcto de su enfermedad, generándose así una situación de igualdad de todos los pacientes.

Además, la creación de un programa de vigilancia y control epidemiológico de enfermedades crónicas y la inclusión en la cartera de prestaciones gratuitas de los tratamientos farmacológicos de los pacientes diabéticos son medidas que facilitarían mucho el día a día de quienes viven con esta patología.

Por el contrario, la creciente tendencia a privatizar la Sanidad y a aumentar los costes de los productos farmacológicos, y la no promoción de hábitos de vida saludables, son decisiones poco meditadas e irresponsables que entorpecen y empeoran el pronóstico individual y colectivo de esta enfermedad crónica.

Por todas estas razones, y otras muchas, la celebración del Día Mundial de la Diabetes resulta más que necesaria, imprescindible. Su propósito es dar a conocer las causas, los síntomas, los tratamientos y las complicaciones asociadas a esta enfermedad. Este Día ha de servirnos también para recordar que la incidencia de esta grave afección se halla en aumento, tendencia que continuará a no ser que tomemos medidas encaminadas a ponerle remedio.

Hoy es el día para vestirse de azul y luchar juntos contra una de las enfermedades más prevalentes del siglo XXI. Por ti, por mí, por nosotros.