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25/10/2018 02:07 CEST | Actualizado 25/10/2018 16:24 CEST

Cuando Carmen Alborch me dijo que sí

Un libro contra la telebasura selló una amistad.

Agencia EFE
Fotografía de archivo de la exministra socialista de Cultura Carmen Alborch.

Acababa de dejar mi trabajo en la tele, donde estaba ocupando un puesto directivo, haciendo programas deshonestos. Me había marchado hastiada y estomagada. No podía mas. Tenía mala conciencia, que es algo espantoso para vivir, por cierto. El día que recogí mis cosas de la productora en la que trabajaba (en aquel momento hacíamos un programa para TVE. No viene a cuento cuál) le dije al realizador:

- Voy a escribir un libro contando toda la mierda que hacemos en la tele

- A ver si es verdad - me contestó

Así que decidí abandonar para siempre ese tipo de televisión, me fui a casa y me puse a contar las miserias en la página en blanco. Recién terminado (lo escribí de tirón, y fue una especie de catarsis), lo envié a dos editoriales y las dos me dijeron que no. Que es una cosa que llevo mal, francamente.

Desanimada, contrariada, no sabía muy bien por dónde tirar. Y de pronto me llegó la propuesta de Robinbook, el sello que finalmente publicó ¡Mírame, tonto!, mi primer libro, el libro que contaba las tripas de la mala tele y que hizo virar mi vida profesional para siempre y para bien.

De todo esto hace más de 15 años. Yo no conocía apenas a Carmen Alborch, y para mí era casi una figura sagrada. A través de Julià, mi marido, accedí a ella, que entonces ocupaba un cargo en la comisión de control de RTVE.

Le pedí que me prologara ese libro áspero, crítico, duro, contra la mala televisión. Un libro que no era precisamente para hacer amigos. Arropar esas páginas, apadrinarlas, podía no ser grato para una figura pública como ella. Desde luego, no tenía nada que ganar con eso: el libro era una bofetada con la mano abierta a algunos directivos, productores, presentadores, periodistas...

Quedamos a tomar un café una tarde de primavera en el barrio del Carmen, que era uno de sus lugares favoritos de la ciudad. Ella llevaba un vestido naranja y un pañuelo de color pistacho. Nunca lo olvidaré. Le entregué el manuscrito nerviosa, charlamos, le conté mi vida televisiva... Se mostró interesada, nos reímos. Quedamos en hablar cuando se lo leyera.

Una semana y media después tenía un mensaje de voz en el contestador del teléfono fijo (parece el siglo pasado, y lo es): "Querida Mariola, soy Carmen, tu libro me ha encantado, y por supuesto te voy a hacer el prólogo. Me pareces muy valiente y está muy bien escrito. Hablamos. Un beso".

Colgué y me puse a llorar de la alegría. Llegó Julià, se lo conté, loca de contenta... La ilusión que me hizo aquel "SÍ" de Carmen la recuerdo bien... Conservé ese mensaje durante años.

Era muy importante para mí (que no tenía nombre alguno en ese universo, que nunca había publicado) que una mujer como Carmen me acogiese de alguna manera y diera a mi libro una pátina de seriedad, de notoriedad. De solvencia.

Desde luego, ella no necesitaba hacerlo. No me debía nada, no tenía que hacerme ningún favor, yo no tenía ninguna voz... Ella era ya Carmen Alborch, la exministra, la mujer estupenda, la profesora de la universidad de Derecho, la amiga luminosa, la sonrisa mediterránea... La Alborch. Y yo sólo tenía unas páginas delirantes contando las penurias de la telebasura, la de Canal 9 y la de otras tantas...

Me escribió un prólogo fantástico, me presentó el libro en Madrid, en Valencia...

Fue generosa, solidaria, fiel, tierna, amable...

Nos hicimos amigas. Estoy muy orgullosa de haberlo sido.

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