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18/02/2014 07:07 CET | Actualizado 19/04/2014 11:12 CEST

Un Goya rosa y no tan azul

En Venezuela, ser homosexual es muchas veces, demasiadas veces, sinónimo de enfermedad, de depravación, de pecado; es ser ciudadano de tercera; es ser víctima del acoso, de la burla; es no tener protección; es vivir en un armario profundo y oscuro para preservar un mínimo de dignidad.

Alegra y emociona que Azul y no tan rosa, de Miguel Ferrari, haya sido galardonada por la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España. Tras algunos intentos fallidos, el último de ellos en 1999, por primera vez Venezuela ha recibido un Goya, y esto no es tontería para un país con una industria cinematográfica tradicionalmente escasa y con una casi nula repercusión en las taquillas internacionales; no cabe duda de que 2013 ha sido un buen año para el cine venezolano, que recibió también la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián con el largometraje Pelo Malo, de Mariana Rondón.

No es tontería tampoco que el filme aborde el tema de la homosexualidad. Al menos no para Venezuela. Al recibir el premio, Ferrari agradeció a los actores: "valientes que se atrevieron a hacer esta película, y a interpretar y a ponerle voz y a ponerle corazón a unos personajes y a unas personas que no se interpretan por prejuicios y por tabúes". Si para un papel en el cine es necesaria tanta valentía, imagínese usted lo que es la vida real para la población LGBT en esa nación caribeña. Y es que la otrora vanguardia de la democracia y la libertad en América Latina se ha quedado muy atrás en la carrera por la igualdad de las minorías sexuales.

Mientras en Argentina, Brasil, Uruguay y el D.F. mexicano ya son legales los matrimonios entre personas del mismo sexo, mientras otros países reconocen ya a las parejas de hecho homosexuales y les otorgan los mismos derechos que a las heterosexuales, en Venezuela no se ha avanzado nada hasta el momento en ese sentido. Así, las miles de parejas homosexuales que conviven en Venezuela carecen de cualquier protección y derecho, entre los que se encuentran, por solo mencionar algunos ejemplos, el de heredar, el de recibir una pensión de viudedad, cobrar un seguro de vida, visitar a la pareja ingresada en un hospital si "la familia" se opone.

Si bien por presiones de grupos religiosos, en especial la Iglesia Católica, que amenazó con llamar a votar 'NO' en el referéndum aprobatorio de 1999, la Constitución venezolana reconoce el matrimonio sólo entre un hombre y una mujer, una sentencia del Tribunal Supremo de Justicia ha señalado que la Asamblea Nacional (equivalente al Congreso de los Diputados de España) puede legislar para que se reconozcan y protejan las parejas de hecho homosexuales. Este mismo año, 2014, un conglomerado de organizaciones LGBT presentó una iniciativa legislativa para la Reforma del Código Civil con el respaldo de más de 20.000 firmas; queda por ver si el legislador atenderá o no la solicitud, lo cual es difícil de predecir debido a la actitud terriblemente ambigua del gobierno en relación al tema: mientras un día se ondea una bandera del arco iris y se proclama el "cariño y respeto" hacia la población LGBT, otro día se utiliza la homosexualidad como arma para agraviar a la oposición política: se llama "mariconsones" a los miembros de partidos opositores, se acusa abierta o subrepticiamente de "maricón" u "homosexual" a ciertos líderes, como si tal circunstancia constituyera un delito, algo ignominioso. En septiembre del año pasado un periódico publicaba en portada, con letras especialmente grandes, que el gobierno disponía de pruebas fehacientes sobre la homosexualidad del asistente personal de cierto líder político; ¡pruebas del delito!.

Un discurso gubernamental como ése es, no cabe duda, contrario al camino que se debe recorrer y se está, de hecho, recorriendo cada vez más en el mundo: el camino de la igualdad, de la dignidad humana. Es peligroso, incita al odio. Se cuela en los aires de una sociedad en la que el tradicional machismo latinoamericano y el oscurantismo religioso han sembrado ya suficientemente homofobia. Así, en Venezuela, ser homosexual es muchas veces, demasiadas veces, sinónimo de enfermedad, de depravación, de pecado; es ser ciudadano de tercera; es ser víctima del acoso, de la burla; es no tener protección; es vivir en un armario profundo y oscuro para preservar un mínimo de dignidad. En Venezuela, para muchos, es mejor tener una hija puta que lesbiana, o un hijo delincuente antes que maricón.

Los prejuicios tienen un enorme poder gracias a la ignorancia sobre el objeto juzgado; tomar contacto con él y conocerlo es la vía idónea para superarlos. Las formas de hacer esto son muchas: en relación a la normalización de la homosexualidad, los medios de comunicación y las redes sociales tienen una influencia innegable, y con su ayuda varios miles de personas han abandonado, y siguen abandonando, sus prejuicios. Gracias a ello se va viendo, también en Venezuela, una luz al final del largo, ¡larguísimo!, túnel. Imposible saber cuándo se alcanzará, imposible saber si algo obligará a retroceder y hasta dónde. Alguna piedra en el camino podría detener el tren largo tiempo. Una película como Azul y no tan rosa es, qué duda cabe, una mano más que empuja el carro en la dirección correcta al impulsar el debate público y seguir acercando a la sociedad venezolana a una realidad que ha estado y estará siempre presente.

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