Los muertos salen, llegan a las casas, se sientan, charlan sin charlar y regresan allá, lejos, tras saber que todo sigue ese orden impreciso en el que todos los vivos entienden que deben cruzar en algún momento de su lado. Y la fiesta, en este país con tanta imaginación y necesitado de vender su tanta vida, se desparrama por calles, montañas y cementerios. Es el Día de los Muertos en México.
La iglesia debería de ocuparse más de humanizar la pastoral de las despedidas y el duelo y menos de prohibir, más del amor y menos de la culpa, más de acompañar y menos de adoctrinar, porque cuando alguien sufre el tremendo dolor de la perdida necesita humanidad, amor y acompañamiento, y no prohibiciones, sentimientos de culpabilidad, ni doctrinas.