Ceuta: Sánchez y el fuego amigo
"Sánchez y su gobierno, más o menos sorprendidos por una operación que ya se ha vuelto rutinaria, han hecho lo que han podido".
El asunto del Sáhara y de las plazas africanas españolas, que nos persigue durante toda la etapa democrática (en realidad, estalló con la marcha verde, hábil maniobra de Hassán II mientras Franco agonizaba), ha sido desde siempre carnaza fácil para la oposición al gobierno, sean del color que sean la mayoría y la minoría políticas del momento. La razón de ello es fácil de entender, y, de hecho, todo el mundo conoce la maligna paradoja que nos envuelve.
Como es bien sabido, la situación jurídico política del Sáhara es bien distinta a la de Ceuta y Melilla, e islotes adyacentes. España declaró su soberanía sobre el Sáhara occidental en 1884, tras la exploración llevada a cabo por el militar Emilio Bonelli representante de la Sociedad Española de Africanistas y Colonistas, apoyado por Cánovas. España declaró su soberanía sobre el territorio el 26 de diciembre de aquel año, y la conferencia de Berlín, que se estaba celebrando (concluyó el 26 de febrero de 1885), reconoció en consecuencia el dominio español del territorio costero comprendido entre los cabos Blanco y Bojador. Aquella posesión beneficiaba los intereses pesqueros de España, sobre todo canarios.
El dominio español sobre Ceuta y Melilla es sin embargo más antiguo: Melilla es española desde 1497, tras su toma por la casa de Medina Sidonia en nombre de Castilla, y Ceuta pertenece a la Corona española desde 1580, tras la unión con Portugal, que la había conquistado en 1415.
Desde un punto de vista más político que histórico, la españolidad del Sáhara es frágil y discutible, en tanto la de las plazas africanas muestra cierta solidez, aunque, como se ve, en África predomina abrumadoramente la idea de que esas plazas son restos de imperios coloniales que quedaron extinguidos con el proceso de descolonización.
Pues bien: la paradoja que nos toca asumir es, por un lado, la defensa de la españolidad de Ceuta y Melilla (también hay partidarios de que España intervenga para lograr la autodeterminación del Sáhara, frustrando así las aspiraciones de Marruecos) y, por otro lado, mantener unas relaciones amistosas y fructíferas tanto con Marruecos como con Argelia. Marruecos, más en concreto, es un gigante en potencia, todavía en una fase preliminar de su desarrollo democrático, que no tiene empacho en utilizar las posesiones españolas en beneficio propio en muchas negociaciones. El horizonte de esta situación inestable parece claro: la geografía se impondrá sobre la historia, y Ceuta y Melilla —como Gibraltar al otro lado— acabarán sujetas a fórmulas de cosoberanía, o simplemente, a la lógica de la racionalidad.
La gestión de esta paradoja es endiabladamente difícil. Marruecos es una dictadura donde manda un pequeño núcleo de poder en torno al rey, dispuesto a utilizar todas las armas a su alcance para conseguir sus objetivos. La Marcha Verde fue el estreno de esta estrategia, que nunca ha cesado. Cualquier interés marroquí no satisfecho desembocará en una "invasión" como la de Ceuta este mes de agosto, naturalmente sin preaviso alguno y sin que se pueda demostrar que la movilización fue planeada en Rabat. Actualmente, además, los Estados Unidos, enemistados con Pedro Sánchez —un ciudadano socialdemócrata y europeo que está dispuesto a denunciar, como en el cuento de Andersen, que el rey está desnudo— apoyan descaradamente a Marruecos, que se arrastrará ante Trump con la única condición de que este sostenga al corrupto régimen de un monarca que los sábados por la noche transita borracho del brazo de unos boxeadores amigos por los arrabales de París. Las armas que utiliza Mohamed VI son, entre otras, la presión migratoria (sobre todo), la pesca en sus caladeros, la presión internacional en favor de la descolonización, etc.
¿Qué debe hacer entonces el primer ministro español, se llame como se llame y sea del partido que sea? Pues resignarse a mantener un dificilísimo equilibrio, basado en la ambigüedad, entre la vergonzante concesión a Rabat y la rotunda negativa a Rabat. ¿Cuál es la tercera opción? Atenerse a las consecuencias.
Con respecto a la invasión de Ceuta, es evidente que la agresión pacífica se ha debido: a).-a la reanudación de relaciones plenas entre España y Argelia, necesarias para garantizar el comercio energético y para mantener un equilibrio diplomático que nos conviene. Y b).-la presión de Washington, quien ha soltado por este medio una coz a Sánchez. Por haber hecho lo que muchos españoles deseábamos que hiciera: negarse a permitir que los aviones que iban a asesinar iraníes utilizaran bases españolas y destinar una parte del gasto social español a la compra de tanques y misiles.
Pues bien: ¿qué debía haber hecho Sánchez según los críticos más acerbos, entre los que se cuenta sorprendentemente Antonio Elorza, un viejo progresista que parece haberse subido al bando equivocado?: ¿armarse de patriotismo y lanzar nuestros ejércitos contra el musulmán, como en la reconquista? ¿Montar un dispositivo militar con fusiles y ametralladoras para eliminar expeditivamente la gran avalancha de marroquíes y otros africanos que irrumpieron descalzos y desnutridos en territorio español para tratar de liberarse de la desesperación y del hambre?
Sánchez y su gobierno, más o menos sorprendidos por una operación que ya se ha vuelto rutinaria, han hecho lo que han podido. Han muerto más de cien personas —esta es la tragedia que no parece importar a nadie— ahogados por culpa de quienes organizaron la marcha, pero el conflicto en sí se está resolviendo sin más muertes, con enormes dificultades, pero sin ruptura política con Marruecos… El balance, visto con objetividad, no es tan terrible como podía haber sido.
Claramente, la oposición conservadora tiene una magnífica ocasión para desgastar hasta la extenuación a Sánchez. Si se miran bien los entresijos del conflicto, se verá que cualquier posición frente a las avalanchas puede ser duramente criticable. Es criticable dejarlos pasar y aun ayudarlos para que se ahoguen los menos posibles. Es criticable repeler la masa envalentonada por cualquier medio porque la mortandad hubiera sido masiva. Es reprobable actuar indolentemente con Marruecos, sin formular gruesas acusaciones contra los salvajes que utilizaron a ciudadanos pobres de su propio país para conseguir un objetivo diplomático. Y, finalmente, es reprobable declarar la guerra a Marruecos por tan obvias razones que no merece la pena describirlas.
Esta es la realidad. Y así lo confirma el hecho de que los medios conservadores, así como el cúmulo de panfletos ultras que también «enriquecen» el panorama de la derecha, han criticado a Sánchez por lo que ha hecho, por lo que no ha hecho y por que hubiera podido hacer. Lo incomprensible es que algún progresista aproveche la oportunidad para sumarse al coro vociferante de quienes tremolan banderas patrióticas y gritan viva España como única iniciativa para abordar un endemoniado conflicto que no tiene otra solución que la paciencia, la inteligencia y la diplomacia.