Cuba y el desinterés de Europa
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Cuba y el desinterés de Europa

Hace falta, pues, un proceso político de transición, sobre el que la Unión Europea debería sentirse interpelada, con España a la cabeza.

Dos personas, en un comercio sin apenas actividad en La HabanaAnadolu via Getty Images

Cuba ha sido una pieza maestra de la confrontación ideológica mundial durante muchas décadas. La victoria de los revolucionarios comandados por Fidel Castro el 1 de enero de 1959, fecha en la que huyó del país el dictador Fulgencio Batista, y su alineación posterior con el hemisferio soviético, fue el arranque de un régimen experimental construido a partir de los dogmas leninistas, que desde el primer momento fue recibido con franca hostilidad por el gobierno de los Estados Unidos, país que respondió a los avances revolucionarios el 14 de marzo de 1958 con un bloqueo decretado por la administración de Eisenhower. 

En abril de 1961, fracasó una poco profesional tentativa de invasión mediante un desembarco en la Bahía de Cochinos a cargo del Frente Revolucionario Democrático Cubano (FRD), integrado por exiliados cubanos que se oponían a Fidel Castro, formados y financiados de forma clandestina y directa por el gobierno estadounidense.

En sus comienzos, la cuba comunista, que intentó con escaso éxito exportar su revolución a otros países latinoamericanos, fue el ariete soviético en aquel hemisferio y a punto estuvo de provocar la hecatombe nuclear: en octubre de 1962, la URSS intentó desplegar baterías de misiles nucleares en la isla, apenas a unas noventa millas de la Florida. 

Washington lanzó un ultimátum… que afortunadamente fue respondido por Moscú con la retirada de aquel armamento. De cualquier modo, Cuba intentó desarrollar su modelo igualitario-leninista con el apoyo soviético, que fue decayendo con el tiempo… Y que se redujo a la mínima expresión después de que la caída del Muro de Berlín pusiera fin a la guerra fría en 1992.

Se inició en aquel punto un declive imparable del estado cubano, que fue paliado durante un tiempo por la beneficencia —esta es la palabra— venezolana, que salvó de la miseria el fallido experimento del colectivismo, incapaz de modernizarse, de probar nuevas vías, de renunciar a determinados dogmas que hacían técnicamente inviable la prosperidad del modelo. 

El golpe de mano de Trump contra al jefe del Estado venezolano Nicolás Maduro ha supuesto el derrumbe sin paliativos de los restos del sistema económico de Cuba, que prácticamente está ya en manos del ejército. La situación de la isla es dramática, no solo está falta de alimentos —es tremenda la improductividad que ha engendrado el colectivismo— sino también de energía, y la exhausta población está decayendo en una mortífera pasividad que es consecuencia de la ruina de todas sus infraestructuras.

Esta situación real de hambre y necesidades primarias no cubiertas se sobrepone al significado político de la acción norteamericana en el Caribe. Y no tiene sentido a estas alturas alegar el significado romántico de una revolución que no supo dosificarse ni mantenerse asida a la realidad de las cosas. Los Estados Unidos, que han actuado unilateralmente en Venezuela, están ahora moralmente obligados a rescatar del hambre a los cubanos. 

Lo que sucede es que la situación está tan deteriorada que será muy difícil ese rescate. El secretario de Estado USA, Marco Rubio, en un mensaje de vídeo dirigido al pueblo cubano, ha ofrecido ayudar a "construir un futuro mejor" para Cuba. Pero la oligarquía dirigente cubana, comandada ahora por Miguel Díaz-Canel y en la que todavía figura el nonagenario Raúl Castro, no parece sin embargo dispuesta a facilitar el tránsito. 

Y menos después de que Washington, en un anacronismo poco realista, haya imputado al hermano de Fidel, quien, siendo ministro de Defensa, ordenó el derribo de dos avionetas, en las que murieron cuatro norteamericanos.

El problema real más grave que plantea la reconstrucción de Cuba es que quienes deberían ponerse a frente de tal aventura, los cubanos exiliados en USA que han generado una amplia próspera comunidad, no están ni mucho menos decididos a retornar a la isla o a invertir en ella, a menos que se cree un clima propicio y se asegure la estabilidad de sus iniciativas empresariales. 

El senador Rick Scott, republicano de Florida, ha resumido así la situación: "He creado empresas toda mi vida, he invertido toda mi vida. Pero nadie va a invertir en riesgos a menos que sea un idiota. Así que [en Cuba] se necesita una democracia clara, un estado de derecho claro. La gente no va a invertir dinero. No una cantidad significativa". Los empresarios que han sido sondeados para que participen en ese esfuerzo han lamentado que "no exista una Delcy cubana".

De lo anterior se desprende que la reversión del declive cubano, la recuperación de la actividad y de la inversión, dependen de la apertura política de la isla, de la instalación rápida de una democracia parlamentaria en ella. Hace falta, pues, un proceso político de transición, sobre el que la Unión Europea debería sentirse interpelada, con España a la cabeza (España fue la potencia colonial hasta 1898, y en los años setenta del pasado siglo protagonizó una transición magistral). 

Es difícil saber si Trump prestaría o no oídos a semejantes iniciativas, pero no habrá modo de conocer su reacción si no se intenta. La mediación de Bruselas entre Washington y La Habana podría llegar a ser un vehículo muy útil hacia la distensión, el aparcamiento de todos los recelos y una amnistía general que resolviera globalmente los problemas económicos y jurídicos derivados de la confiscación de bienes por la dictadura.

No sé si la España de hoy, ensimismada en sus propias turbulencias, tiene energías para instar o participar en tal empresa, pero sería bueno que todos los implicados de un modo u otro en la historia de Cuba recnociéramos nuestra obligación de ayudar a redimir a los cubanos.

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Mallorquín, de Palma de Mallorca, y ascendencia ampurdanesa. Vive en Madrid.

 

Antonio Papell es ingeniero de Caminos, Canales y Puertos del Estado, por oposición. En la Transición, fue director general de Difusión Cultural en el Ministerio de Cultura y vocal asesor de varios ministros y del Gabinete de Adolfo Suárez. Ha sido durante más de dos décadas Director de Publicaciones de la Agencia Española de Cooperación Internacional (Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación). Entre 2012 y 2020 ha sido Director de Comunicación del Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos y director de la centenaria Revista de Obras Públicas, cuyo consejo estuvo presidido en esta etapa por Miguel Aguiló. Patrono de la Fundación Caminos hasta 2024, en la actualidad es asesor de la Fundación. Ha sido durante varios años codirector del Foro Global de la Ingeniería y Obras Públicas que se celebra anualmente en colaboración con la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo en Santander.

 

Fue articulista de la agencia de prensa Colpisa desde los años setenta, con Manu Leguineche; editorialista de Diario 16 entre 1981 y 1989, editorialista y articulista del grupo Vocento desde 1989 hasta el 2021; y después de unos meses como articulista del Grupo Prensa Ibérica, es articulista del Huffington Post. También publica asiduamente en el diario mallorquín Última Hora. Ha sido colaborador del Diario de Barcelona, El País, La Vanguardia, El Periódico, Diario de Mallorca, etc. Ha participado y/o participa como analista político en TVE, RNE, Cuatro, Punto Radio, Cope, TV de Castilla-La Mancha, La Sexta, Telemadrid, etc. Ha sido director adjunto de “El Noticiero de las Ideas”, revista de pensamiento de Vocento. Ha publicado varias novelas y diversos ensayos políticos; el último de ellos, “Elogio de la Transición”, Foca/Akal, 2016.

 

Asimismo, ha publicado para la Ed. Deusto (Planeta) sendas biografías profesionales de los ingenieros de Caminos Juan Miguel Villar Mir y José Luis Manzanares. También es autor de un gran libro conmemorativo sobre el Real Madrid: “Real Madrid, C.F.: El mejor del mundo” (Edit. Global Institute).

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