El odio arrasa también a Cisjordania
Nadie se extrañaría de que Netanyahu y los suyos decidieran acabar con el problema cisjordano mediante un simple anejo al gran genocidio gazatí.
Tras la destrucción Gaza, el cómputo de muertos palestinos por la invasión hasta que se dio esta por concluida en mayo de 2026 fue de unas 73.000 personas, en su gran mayoría civiles (el 83%). Además, ha habido más de 14.000 desaparecidos, por lo que la cifra de fallecidos seria aún más alta.
Cuando se cerró el cómputo mencionado, en Cisjordania, donde no opera Hamás, los ataques del Ejército israelí y la violencia de los colonos israelíes radicales habían provocado la muerte de al menos 1.001 personas (incluidos 213 niños).
Israel sufrió el gran atentado de Hamás del 7 de octubre de 2023, que dejó un rastro sanguinario de más de 1.400 muertos y más de 200 secuestrados. Conviene no dejar de reseñar este terrible suceso si no se quiere perder ni un adarme de la ecuanimidad debida al enjuiciar lo sucedido.
Como todo el mundo sabe, la llegada de Trump a la Casa Blanca ha fortalecido la posición israelí, ya que Norteamérica respalda incondicionalmente cualesquiera políticas israelíes contra los palestinos. No es, pues, extraño que no haya sido posible prestar atención internacional a las víctimas de aquella guerra, que continúan en condiciones humanitarias penosas e inaceptables y que no tienen horizonte alguno. Las únicas propuestas que Occidente ha hecho sobre el futuro de Gaza han sido las de Trump, quien irónicamente pretende crear allí, sobre las ruinas de la matanza, un resort para millonarios. Israel habla ahora de llenar la franja de asentamientos judíos.
Los ciudadanos del mundo que alentamos principios humanitarios, que estamos al parecer en lamentable minoría, nos encontramos lógicamente consternados por las políticas que Trump, en cooperación estrecha con Netanyahu, practica en la zona, víctima ahora de la agresión unilateral de Washington a Teheran, mientras Israel destruye el Líbano. La pasividad de la comunidad internacional, incluida la Unión Europea, ante la ciega y sistemática violencia de las fuerzas armadas de la teórica democracia israelí es la prueba de que estamos gobernados por unas elites sin principios.
Lo más grave del caso es que el conflicto no solo no cesa sino que se agrava. Ahora ya se da por descontada la laminación del pueblo iraní, y ha aparecido un nuevo foco de violencia injustificable: arrecian las agresiones del ejército de Israel y de los colonos judíos en Cisjordania, territorio indubitablemente palestino... hasta ahora. Hay muertos a diario, hay terror creciente en las familias palestinas, hay odio reconcentrado en todos rincones. Nadie se extrañaría de que Netanyahu y los suyos decidieran acabar con el problema cisjordano mediante un simple anejo al gran genocidio gazatí. Hasta que los judíos no perciban la hostilidad de todo el orbe, no pararán en su escalada mortal contra una etnia que a este paso acabará desapareciendo.
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