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La fiebre

La fiebre

"La mentira organizada puede quebrar la confianza común de la que depende cualquier democracia". 

Zapatillas y flotadores en el mar tras la entrada masiva de migrantes a Ceuta, el pasado jueves
Zapatillas y flotadores en el mar tras la entrada masiva de migrantes a Ceuta, el pasado juevesEuropa Press via Getty Images

En tiempos de incertidumbre surgen los falsos profetas. Su aparición rara vez es espontánea: crecen al calor del miedo, encuentran patrocinadores interesados en el desorden y convierten un malestar colectivo en beneficio individual. Desde las bambalinas, sus instigadores agitan un avispero envuelto en la bandera de una patria reducida, ombliguista y poco representativa de la realidad plural de España.

Algunas de esas criaturas concurren a las elecciones. Otras prosperan alrededor de las instituciones mediante un pseudoperiodismo militante, siempre dispuesto a incomodar al adversario y cuidadosamente dócil ante quienes lo sostienen. Lo mismo atribuyen a Pedro Sánchez cualquier contratiempo cotidiano mediante una imagen generada por inteligencia artificial que recurren al consabido "España tiene que despertar", una fórmula habitual de la propaganda ultraderechista. Despertar sí, aunque eso de madrugar no lo tienen muy claro los de Abascal. En resumen, la consigna importa menos por lo que dice que por lo que pretende provocar: alarma, agravio y movilización. Fiebre.

En ese caldo de cultivo también caen los influencers. Algunos pasan, sin transición ni conocimiento acreditado, de comentar marcas de ropa a sentar cátedra sobre la gestión forestal, la inmigración o la geopolítica. El patrón se vuelve reconocible cuando difunden teorías sobre aviones que supuestamente fumigan el cielo para impedir que llueva o aseguran que la izquierda deja arder los bosques para instalar placas solares. No ofrecen pruebas: ofrecen culpables. Y, en una economía de la atención gobernada por el escándalo, un culpable sencillo suele ser más rentable que una explicación compleja.

A pesar de los esfuerzos por ocultar el truco, las coordenadas se unen con frecuencia. Muestra de ello fue el recibimiento a Vito Quiles en Ceuta por representantes del Partido Popular el pasado domingo, un acontecimiento que permite observar otra pieza del engranaje: la relación, cada vez menos disimulada, entre la agitación digital y determinados intereses partidistas.

Quienes convierten la provocación en una profesión ganan notoriedad y seguidores; quienes llevan más tiempo del previsto en la oposición y encuentran en ellos una herramienta para movilizar el descontento. Frustración de una ciudadanía ingenua que aún piensa que Feijóo y VOX defenderán más la soberanía de España que a Israel o EEUU. Cada cual obtiene su recompensa. A río revuelto, ganancia de pescadores.

La operación se reviste además de una retórica patriótica que no siempre resiste el contraste con los hechos. Se invoca la soberanía nacional mientras se aceptan sin demasiadas reservas los intereses de potencias extranjeras. Se apela al cristianismo mientras se presenta al migrante como una amenaza abstracta. Se habla de "seguridad" para normalizar discursos racistas y se añaden constantes objeciones a los derechos humanos.

Desde posiciones de privilegio resulta fácil contemplar la frontera como una abstracción. Más difícil es recordar que, detrás de cada crisis migratoria, hay personas utilizadas por redes criminales, gobiernos o actores políticos como instrumentos de presión. Los mismos flotadores que para los privilegiados son juguetes de verano en sus piscinas constituyen para otros el último y precario recurso frente a la muerte. Esa distancia pija y moral permite odiar a la izquierda, al progreso y a la diversidad con mayor intensidad de la que se dice amar a España. Una España que conocen únicamente por un algoritmo radicalizante, en una pantalla y gracias al ‘scroll’ que fomenta el conspiracionismo.

Pero el fenómeno no termina en nuestras fronteras. Forma parte de una disputa geopolítica más amplia, desarrollada en un escenario que algunos describen como una jungla enfrentada a los jardines soberanos que aspiran a proteger sus modelos de bienestar. Actores transnacionales explotan las fracturas internas de las democracias para debilitar su cohesión y erosionar a una Unión Europea que trata de preservar, con dificultades crecientes, los principios liberales y democráticos sobre los que fue construida. Por eso las instituciones sitúan la desinformación entre las principales amenazas para la seguridad: no porque toda discrepancia sea peligrosa, sino porque la mentira organizada puede quebrar la confianza común de la que depende cualquier democracia.

Las victorias recientes del populismo en instituciones que hasta hace poco parecían resistentes han disipado muchas dudas. Una falsedad bien orientada puede alterar una campaña electoral, alimentar procedimientos judiciales y ocupar durante semanas periódicos, tertulias y redes sociales. La llamada democracia sentimental se juega precisamente en esa tensión: entre la emoción inmediata que provoca una noticia, la facilidad con la que un vídeo de treinta segundos amplifica el rechazo a la legitimidad que todavía merecen las instituciones.

La fiebre polarizadora se contagia de ese modo: con cálculo, dinero y estrategia. Sus promotores hablan obsesivamente de las fronteras de España, aunque a menudo parecen más interesados en los límites de sus cuentas corrientes, su influencia o sus réditos partidistas. El patriotismo se convierte entonces en una mercancía y el miedo, en su principal campaña publicitaria.

Frente a esa fiebre todavía existe un contrapunto. España sigue siendo una democracia con amplios derechos, libertades y niveles de igualdad comparables, e incluso superiores en algunos aspectos, a los de otros países de nuestro entorno. Es también una sociedad capaz de afrontar crisis y amenazas híbridas sin renunciar a la dignidad ni al humanismo. Cada migrante engañado o utilizado como instrumento de presión es, ante todo, una víctima; y una democracia se reconoce en la manera en que trata a quien llega en esas condiciones. Algo similar a la ‘ley de Zeus’ que siglos después vuelve a la conversación pública tras la adaptación cinematográfica de “La Odisea” realizada por Nolan.

Esa es también la España de 2026: imperfecta, crispada y vulnerable a la mentira, pero todavía capaz de defender la razón frente al ruido y la humanidad frente al odio. No todo está perdido.

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Víctor Camino es diputado del PSOE en el Congreso por València

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